lunes, 3 de julio de 2017

Enrique VII de Inglaterra, padre de la dinastía Tudor (Parte 3)

Nace una dinastía
Para el joven Enrique VII, la batalla de Bosworth Field era sólo el comienzo. A la edad de 28 años, él se enfrentó a la desalentadora tarea de aferrarse al trono y pasarlo a sus herederos (algo que los reyes ingleses, desde Enrique V, no habían podido hacer). En una tierra de la que poco sabía, rodeado de enemigos, él esperaba traer paz y estabilidad. Treinta años de guerra civil habían entregado un peligroso grado de poder en las manos de los barones ingleses. Las arcas reales estaban vacías y la reputación del país entre sus rivales extranjeros estaba peligrosamente baja. El reino necesitaba sanar y el pueblo inglés esperaba que su nuevo rey realizara el milagro.

A primera vista, Enrique estaba poco preparado para su rol como rey. Separado de su madre a los cuatro años, él había sido educado en el exilio en Gales y Francia sin un padre que lo guiara. Cuando sólo tenía doce años, perdió a su guardián de confianza (lord Herbert) y obligado a gastar su juventud temprana en ociosidad forzada en la corte bretona. Mientras que todos los nobles ingleses estaban acostumbrados a regir grandes propiedades, Enrique nunca había dirigido ni una pequeña casa solariega. A pesar de sus evidentes desventajas, la problemática juventud le proporcionó varias cualidades útiles. Desde temprana edad, había observado los juegos de poder protagonizados por otros, adquiriendo una comprensión íntima del peligroso mundo de la política. Dentro de su pequeño circulo de amigos y asesores de confianza, Enrique había aprendido a no confiar en los juicios de otros. En cambio, creció acostumbrado a juzgar personajes y situaciones por sí mismo, tomar acción sólo después de una cuidadosa consideración. Sobre todo, sus años inseguros le habían dejado un deseo abrumador de estabilidad. 

Primeramente, estaba la cuestión de los partidarios de Ricardo III. La primera acción que tuvo lugar fue la exhibición del cuerpo mutilado del rey Ricardo (un gesto espantosamente brutal para los ojos modernos, pero que en ese entonces era habitual). Probando que Ricardo había muerto, Enrique acallaba los rumores de que el ex rey había sobrevivido, eliminando así una potencial fuente de rebelión en el futuro. También se ocupó rápidamente de otra potencial amenaza a su corona. El sobrino de Ricardo de diez años, Eduardo, conde de Warwick, era una posible figura para un levantamiento York. Enrique envió tropas a Yorkshire con órdenes de capturar a Eduardo y enviarlo a la Torre de Londres, donde vivió con comodidades pero encerrado bajo llave. Antes de su muerte, Ricardo III había nombrado a su sobrino, John de la Pole, conde de Lincoln, su heredero, pero Lincoln y su padre, el duque de Suffolk, habían ofrecido su lealtad a Enrique después de Bosworth. Lincoln fue invitado a formar parte del Consejo Real. 


Después del caos de la guerra, Enrique tuvo que afrontar el desafío de mantener un gobierno estable. Como regla general, todo funcionario público que no desempeñó un papel activo en Bosworth podía mantener su puesto. Naturalmente, algunos de los partidarios más cercanos de Enrique recibieron puestos de alto estatus. John Morton fue hecho arzobispo de Canterbury y Lord Canciller. Su tío Jasper fue convertido en duque de Bedford y miembro del Consejo Real, mientras que los hermanos Stanley fueron nombrados consejeros reales. Para John de Vere, conde de Oxford, que había jugado un rol en la invasión Tudor, Enrique había reservado el puesto de Alto Almirante de Inglaterra y condestable de la Torre.

Actual Westminster

El 30 de octubre de 1485, Enrique Tudor fue coronado rey en la abadía de Westminster. Era su primera aparición como rey, por lo que tomó gran cuidado para impresionar a sus súbditos, vistiendo con elegancia y joyas. Una semana después, el Parlamento concedió las riquezas de la corona a Enrique y sus herederos. Finalmente, firmemente establecido su rol como monarca, volvió su atención a otra ceremonia que aseguraría su lugar en el trono inglés: el matrimonio con la princesa Elizabeth de York. 

La rosa roja y blanca
Desde que había hecho su voto solemne en la catedral de Rennes, Enrique había decidido casarse con Elizabeth. Como hija de Eduardo IV, esperaba que al tomar como esposa a la princesa York los partidarios de la casa de York se convirtieran en aliados. Esta unión era crucial para el destino de la nación. El matrimonio tuvo lugar el 18 de enero de 1486 y marcó el fin del conflicto que había rasgado al país por treinta años. La rosa roja de Lancaster y la rosa blanca de York se unieron en un poderoso símbolo de la dinastía que había nacido: la rosa Tudor. 



Aunque fue una boda por conveniencia política, su unión no careció de amor y cercanía. Enrique VII fue el único Tudor que tuvo la fortuna de una larga y estable vida familiar. Al momento de su matrimonio, el panorama no podía ser más alentador; una pareja joven y hermosa, símbolo de la unión entre Lancaster y York, y no menos importante, pronto dieron a Inglaterra un heredero, lo cual podía ser interpretado como una señal de que la Providencia Divina aprobaba el nuevo mandato. En septiembre de 1486, Elizabeth dio a luz a un hijo en Winchester, la antigua capital del reino del legendario rey Arturo. El niño fue llamado Arturo en un deliberado intento por vincular la dinastía Tudor con el antiguo rey. Desde muy temprana edad, se consideró como futura esposa para el príncipe Arturo a una de las infantas de Castilla y Aragón, Catalina. Una alianza anglo española sería beneficiosa para Inglaterra con el fin de reforzar la legitimidad de los Tudor ante los reinos europeos, ya que la casa de Trastámara era prestigiosa y el poderío de los Reyes Católicos más que evidente. 

En 1489, nació una niña en el palacio de Westminster, llamada Margarita. Su mano fue destinada al rey Jacobo IV de Escocia. Uno de los fines de esta alianza era alejar a Escocia de la influencia francesa y poner fin al apoyo del rey escocés a Perkin Warbeck (de quien hablaremos más adelante). Esta unión daría lugar a la unión de las coronas, con el ascenso de su bisnieto, Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia. 

Erasmo visitando a los hijos de Enrique VII. Margarita (vestido rojo), Enrique y María.

En 1491 nace uno de los más famosos y absolutos monarcas de Inglaterra, Enrique. A pesar de ello, no se sabe mucho sobre sus primeros años, ya que no se esperaba que fuera a convertirse en rey. El joven Enrique era muy cercano a su madre, sufrió mucho por su muerte y siempre la recordaría con sumo cariño. Enrique VIII llegó a tener seis esposas, una vida matrimonial turbulenta contraria a la que gozaron sus padres. Es probable que Enrique buscara a la esposa ideal en cada mujer a la que desposó, como su madre, y ello es la razón de sus fracasos maritales.     



Fuente:
Bingham, Jane, "The Tudors", Metro Books, New York, 2012. 

domingo, 30 de abril de 2017

Serie Isabel (Reseña)

Esta reseña puede contener spoilers (sé que son hechos históricos, pero habrá quienes no estén tan familiarizados con la historia de Isabel de Castilla)
La serie Isabel es una de mis favoritas del género histórico. Realmente, yo nunca había visto una serie española y ésta la encontré por casualidad. Es protagonizada por Michelle Jenner y Rodolfo Sancho en los personajes de los Reyes Católicos. Tiene tres temporadas: la primera desde su niñez hasta su proclamación como reina y los conflictos por la sucesión castellana; la segunda se enfoca en la conquista de Granada, la instauración de la Inquisición y la expulsión de los judíos; y la tercera culmina con la muerte de la reina y las desgracias de sus hijos. 

Primera temporada
Michelle Jenner ofrece una actuación casi impecable desde el principio. Es una niña religiosa y firme, que poco a poco verá incrementada su fortaleza de espíritu. Pablo Derqui como Enrique IV y Ginés García Millán como Juan Pacheco me parecieron personajes memorables, por sus ocurrencias y el carácter complejo que demuestran. La actuación de Víctor Elías como Alfonso de Castilla no me impresiono realmente, aunque casi al final de la primera temporada nos regala una maravillosa y desgarradora escena junto a su hermana. Chacón, el tutor de los infantes Alfonso e Isabel, es un personaje recurrente a lo largo de las tres temporadas. Ya desde la primera temporada aparece Fernando de Aragón, con una interpretación aceptable, sin más, pero que mejora muchísimo conforme avanza la trama. 


Bárbara Lennie, pese a que en ocasiones su tono de voz resultaba exagerado, me gusto por el hecho de que mostró una faceta más profunda de Juana de Avis; una mujer dura y frívola, en el fondo infeliz por una vida desprovista de pasión y verdadera alegría. El asunto de la paternidad de su hija no es aclarado, sino que se dejan pistas en el aire. Se deja entrever la sincera lealtad de Beltrán a Enrique IV, pero llaman la atención los comentarios que recibe de la reina.  


A mi parecer, la primera temporada fue la que mostró más desnudos y escenas sangrientas, sin embargo, no estoy de acuerdo con la comparación que se hace con la serie The Tudors. Después de la primera temporada, las escenas de desnudos se tornan esporádicas y varias son noches de bodas en las que no se muestra nada explícito. Hay varios errores en cuanto a vestuario, como los zapatos de los varones o el hecho de que mujeres casadas aparezcan con el cabello suelto. También es curioso que en la primera temporada los reyes de Castilla son llamados "majestad" y en la segunda "alteza".  

Segunda temporada
En esta temporada, hay tres personajes que sufren un gran cambio: Isabel, Fernando y Juana la Beltraneja. Fernando sigue siendo el carismático  y persistente líder de un ejército que combate contra las fuerzas juanistas, pero ahora parece haberse convertido tanto en esposo como rival de la reina Isabel, a quienes une el amor y la ambición. Ambos son poderosos, inteligentes y dispuestos a obtenerlo todo. En este punto de la historia, Fernando se da cuenta de que Isabel no será la esposa obediente que todo rey deseaba en esa época. En cuanto a Juana la Beltraneja, también ha dejado de ser la tierna niña que era antes de morir su madre. Aunque hubo comentarios acerca de que este personaje se torno aborrecible, también inspira pena ya que, tal como menciona en un capítulo, ya no puede confiar en nadie. Un gran problema en la serie es que los personajes no siempre aparentan la edad que deberían aparentar. En este caso, hay una escena en la que Juana se ve casi de la misma edad que la infanta Isabel de Aragón. 


En cuanto a Isabel, debo decir que no estoy de acuerdo con los comentarios acerca de que en esta serie se le representa como una mujer santa. Piadosa si, porque se muestra la confianza plena que Isabel mantiene por su fe. Hay quienes dicen que la reina no fue una verdadera mujer cristiana por sus acciones contra los judíos y musulmanes, eso sin duda se piensa desde la perspectiva del siglo XXI. Pero hay que tomar en cuenta que en el siglo XV se tenía un concepto distinto acerca de una persona devota. Si en la actualidad la Iglesia predica acerca de la tolerancia hacia quienes piensan diferente, en los tiempos de Isabel se aplaudía a quien expulsará a los judíos de sus reinos. Pero, claro esta que la reina no es presentada como una santa. Ella esta dispuesta a lo que sea por mantener el poder y doblegar a los nobles que se rebelan contra su reinado. Esta en su ánimo vengarse de quienes la separaron de su madre y hermano. 


Debo hacer un comentario acerca de Gina Laline en su papel como la infanta Isabel de Aragón. Empezando por su aspecto, que no corresponde a la bella infanta de ojos claros que describen los cronistas, hasta su actuación pobre y poco creíble. De la actuación del joven que interpreta a Alfonso de Portugal no hay mucha diferencia con la de Gina Laline. Realmente ninguno parece haberse adentrado en los papeles de Isabel y Alfonso, hasta el tono de voz que emplean para declararse su amor es terriblemente monótono. La escena de la muerte del príncipe portugués se salvo un poco gracias a la presencia de Álvaro Monje como el rey Juan II de Portugal. En un principio, Monje me convencía como príncipe, más no como rey, pero después del capítulo donde muere su hijo me agradó como rey de Portugal.

Hubo tres personajes que dieron lustre a esta temporada: Hernando de Talavera, Torquemada y Colón. Como fray Hernando intenta frenar a Torquemada, y éste último tan convincente en su papel que realmente llego a caerme muy mal. No me esperaba esa caracterización de Cristobal Colón, ya que desde la primaria he tenido una imagen de él completamente distinta (piel más clara, cabello un poco largo) pero algo que me gusto de este personaje es la química que tiene cuando esta con la reina Isabel.   

La trama judía me ha gustado, por ejemplo, cuando narran el caso del niño de la Guardia. La leyenda de la Susona es diferente a como la había leído, aunque también conmueve la historia de los Susón. En la temporada se puede ver como la antipatía de los cristianos viejos hacia los judíos y conversos va creciendo, hasta que la tensión llega a su punto culminante. La expulsión de los judíos fue una de mis escenas favoritas de la segunda temporada. 


Ahora, respecto a la trama granadina, me parece extraño como se desarrolla el romance entre el emir Muley Hacén y la cautiva Isabel de Solís. Es más comprensible de parte del emir, pero en cuanto a Isabel de Solís, es difícil comprender en que momento cayó enamorada de Muley Hacén. Isabel de Solís/Zoraida es representada por Nani Jiménez. Disculpen esta observación, pero la actriz no brilla ni por su actuación ni por su apariencia física. Nani es bonita, lo acepto, pero no resulta más atrayente que muchas de las mujeres del reparto. O tal vez yo tenía unas expectativas muy altas, porque cuando escuchó hablar sobre la cautiva de Granada, imagino a una mujer sorprendentemente hermosa. Yo tenía entendido que Zoraida era rubia y muy blanca. Roberto Enríquez (Muley Hacén), Javier Mora (el Zagal) y Alicia Borrachero (Aixa) son personajes impecables, el primero un poco desaprovechado, pero todos parecen adentrados en el papel asignado. Boabdil (Álex Martínez) en un principio me pareció soso, pero al final de la temporada se recupera. 

Tercera temporada
Luego de dos temporadas de fortaleza y esplendor de los Reyes Católicos, esta temporada resultará más oscura. Aquí destaca más Fernando de Aragón por sus estrategias contra los franceses y el Papa Rodrigo Borgia. Isabel sigue manteniendo su temple, pero se le nota la depresión por el futuro incierto de sus reinos y el destino de sus hijos. En esta temporada entramos en contacto con las cortes de Portugal, Flandes, Francia, Inglaterra y la de los Estados Pontificios. 


Una de las fallas más evidentes es el maquillaje de los actores. Me encanto la última escena del rey Juan de Portugal, pero resulta increíble que su sucesor, Manuel de Avis, aparente casi la misma edad que él. La participación de Nuria Gallardo como la madre de Manuel es más formidable en esta temporada. Juana la Beltaneja ya no aparece, pero es mencionada en varias ocasiones, demostrando que sigue siendo un fantasma que atormenta a la reina Isabel. 
En la corte de Francia vemos pasar a dos reyes: Carlos VIII y Luis XII. El primero es impulsivo e inestable, el segundo es más cauteloso y vigoroso. Ambos desposan a una prudente Ana de Bretaña, afanada en proteger la autonomía de Bretaña. 
En los Estados Pontificios vemos a Jorge Bosch y Nacho Aldeguer en los papeles de Rodrigo y César Borgia, respectivamente. Jorge Bosch hace una buena interpretación, aunque me hubiera agradado que conservara el aura misteriosa que demostró en la primera temporada, cuando otorga la dispensa a Isabel. El personaje de César Borgia me pareció insoportable, sin más, salvo por algunos comentarios sarcásticos. 
En la corte de Inglaterra sólo se presentan dos personajes: el rey Enrique VII y el príncipe Enrique. La trama inglesa me supo a poco, y no lo digo por la calidad actoral (que sin duda la hubo), pero habría cuadrado muy bien una escena de la boda de Catalina y Arturo, e incluso la controvertida noche de bodas. Debo agregar que Catalina (Natalia Rodríguez), pese a las pocas escenas en las que participó, fue entre los cinco hijos de Isabel la que más me cautivo. Lo de menos es la exquisita belleza de la actriz, sino la fuerza y sentido del deber que imprime en su personaje, haciendo pensar que es la que más se parece a sus padres. 


Para Isabel de Aragón, afortunadamente, se cambia de actriz por María Cantuel. Su fervor religioso, la pena por su difunto marido y el despecho hacia sus padres son reflejados de forma conmovedora. La espiritualidad de Isabel realmente la hacen parecer distinta a sus hermanos, como si ella no perteneciera al mundo terrenal. Llega a ser reina por su matrimonio con Manuel de Portugal. Algo que me desagradó es que se omitiera que el rey de Portugal estaba verdaderamente interesado en Isabel, no tanto por motivos políticos, sino debido a un enamoramiento producido cuando la infanta llegó a Portugal para desposar a Alfonso. Un breve cameo de Manuel me habría gustado en la segunda temporada, recibiendo  a la infanta Isabel o algo por el estilo. La penúltima de las infantas, María de Aragón (Susana Abaitua), que llega a ocupar el trono y lecho vacantes tras la muerte de Isabel, me sorprendió con una actuación que no esperaba de quien interpreta a la hija menos conocida de Isabel y Fernando. Salvo por el detalle de su cabello azabache, me gusto que Abaitua encarnara a una infanta suave de carácter y sensible, en el fondo adolorida por las desgracias que aquejan a su familia, que no ve esperanza en un mejor futuro para ella, pero que pronto se percata de que el destino esta dispuesto a ser generoso con ella. 

Ahora es momento de pasar a Juana. Aunque suene superficial, no pude evitar fijarme en el aspecto físico de Irene Escolar. Realmente no logró pensar en el personaje histórico de Juana de Castilla y asociarlo con Irene Escolar, como ha ocurrido con otros fans de la serie. Las facciones finas y el cabello oscuro no se distinguen en la actriz. Irene es guapa, pero no de la forma en que yo imaginaba a Juana. Respecto a la personalidad que plasma, note que el personaje contradecía con sus acciones muchas de sus frases. Hubo momentos en los que quise ponerme de pie ante las escenas de una dama formidable que confrontaba a Felipe, pero luego, repentinamente, volvía a ser una mujer frágil y mansa o salía con una escena sobreactuada. 

La relación con Felipe tampoco terminó por convencerme. Siento que no estuvo bien desarrollada o el resultado no fue el esperado por los productores. Estoy de acuerdo en que Felipe es un gobernante independiente y ambicioso, pero, mostrar ya desde el primer momento una ambición desmedida y poco creíble. Me hubiera encantado que Felipe demostrará una ambición sutil, disfrazada de carisma. Pero Raúl Mérida, aun con su porte y atractivo, desde su primera aparición parece un principito enfurruñado. Según las crónicas, si hubo pasión la primera vez que Juana y Felipe se vieron. El tema de los celos de Juana no es tratado con solidez. La primera demostración de celos la vemos cuando la archiduquesa corta los cabellos de una dama que ha estado pasando el rato con su esposo mientras ella estaba de luto por su hermana. Después de ahí, no hay más arranques de celos, de tal forma que el tema se olvida, pero no logró entender porque hasta varios capítulos después, se retoma el asunto de los celos y por una simple acción de cortesía por parte de Felipe (le recoge el pañuelo a una dama), como si en los anteriores capítulos no hubiera habido oportunidad de que alguna mujer despertará los recelos de Juana. 

La tercera temporada, si bien es verdad que es más sombría, es un final digno de una gran serie. 


Fuente de imágenes: www.rtve.es

sábado, 11 de marzo de 2017

Isabel de Baviera "Sissi" (parte 2)

Preparativos

Dominio público
Elena (izquierda) y Sissi (derecha)
Creado el: 1 de enero de 1853

Los primeros comentarios acerca de la futura emperatriz de Austria es que, aunque perteneciera a una familia de la alta aristocracia, no tenía la alcurnia de los Habsburgo. El 31 de agosto de 1853 la estancia en Bad Ischl terminó. El emperador debía regresar a sus deberes en Viena y Sissi al castillo de Possenhofen. Para el emperador no resultó fácil separarse de Sissi, e igualmente a Sissi le esperaba un intenso programa de estudios al regreso. La prometida del emperador tuvo que prepararse para su nuevo cometido; aprender francés e italiano, mejorar en poco tiempo su descuidada formación y aprender historia austríaca. Tres veces por semana la visitaba un historiador, el conde Johann Mailáth, quien se ganó el afecto de la futura emperatriz.


Docenas de modistas, bordadoras, zapateros y sombrereras de Baviera trabajaron para tener a tiempo el ajuar de la futura emperatriz. Mientras tanto, la archiduquesa Sofía no dejaba de dar consejos y recordar a su hermana que la princesa debía limpiarse mejor los dientes. Sissi demostró poco interés por los vestidos, joyas y demás regalos costosos. Ninguno de los presentes le causó tanta ilusión como un papagayo que el emperador envió a Baviera. El afecto de Sissi hacia su prometido iba en aumento y cada separación provocaba en ella un mayor desconsuelo.

A principios de marzo de 1854, una vez conseguida la dispensa papal, se firmó el contrato matrimonial. Isabel recibiría como dote la cantidad de cincuenta mil florines. El emperador se comprometió a aumentar esta modesta dote con otros cien mil ducados, a los que añadió doce mil ducados más en concepto del Morgengabe, el «regalo de la mañana», una antigua costumbre de la Casa Imperial que consistía en indemnizar a la esposa en la mañana siguiente de su noche de bodas por la pérdida de su virginidad. Además, la emperatriz obtendría cien mil ducados destinados solo a «vestidos, adornos y limosnas y otros gastos menores». Porque todo lo demás (mesa, ropa de casa y caballos, mantenimiento y pago de la servidumbre, así como lo relativo al mobiliario y decoración de los palacios imperiales) corría a cargo de Francisco José. La asignación anual de que Sissi iba a disponer tras ser coronada emperatriz de Austria era cinco veces mayor que la de la archiduquesa Sofía.

En su última visita a Munich antes de contraer matrimonio, Francisco José entregó a su prometida una valiosa joya que debía lucir el día de la boda. Era una diadema de ópalos y brillantes a juego con el collar y los pendientes, obsequio de Sofía. Por el momento, Sissi no podía quejarse de la forma en que su futura suegra se comportaba con ella. Además de espléndidos regalos, la archiduquesa se volcó en decorar con el máximo lujo la vivienda destinada a los recién casados. El juego de tocador de Sissi era de oro macizo. Sofía decoró los aposentos del apartamento imperial con numerosos tesoros artísticos, cuadros, objetos de plata, porcelanas chinas, estatuas y relojes provenientes de las diversas colecciones privadas de la Casa Imperial.

Cuando Sissi escribió una carta a su futura suegra para darle las gracias por todas las atenciones, a ésta no le gustó el tono de familiaridad que empleó y así se lo hizo saber a su hijo. Francisco José le dijo al respecto a Sissi: «No estaría bien que yo, su hijo verdadero, la tratase de usted pero todos los demás tienen que tratar a mi madre con el respeto y la consideración que merece por su edad y condición». Aquel incidente hirió su sensibilidad y le dejó un amargo recuerdo. Era solamente el comienzo de una relación imposible con su suegra marcada por las constantes desavenencias. Su tía y suegra Sofía de Baviera no iba a ser para ella una «segunda madre» como tanto deseaba Ludovica, sino su peor enemiga en la corte. 

En los días previos a la boda, el ajuar de la futura emperatriz quedó listo y fue enviado en veinticinco baúles a la corte de Viena. En el meticuloso inventario que se hizo de todas sus pertenencias queda patente que la novia del emperador no era lo que se consideraba entonces «un buen partido». La mayoría de las joyas que Sissi llevó consigo eran regalo del novio y de su suegra con ocasión de la petición de mano. Las damas de la corte pronto comenzarían a juzgar, a la vista de tan modesto ajuar, a la futura esposa del emperador, a quien desde el primer instante consideraron «una duquesa bávara sin fortuna ni alcurnia».

Para Isabel, que sólo tenía dieciséis años y pasaba sus días corriendo en zuecos libremente por los bosques y parques de Possenhofen, semejante ajuar representaba un lujo hasta entonces desconocido. Acostumbrada a una vida sencilla en el campo, la visión de aquellos elegantes vestidos de raso, de tul o de seda junto a tocados de plumas, encajes y perlas, y sus correspondientes corpiños y miriñaques, le pareció un sueño. El sueño infantil pronto se convirtió en pesadilla, pues a Sissi, que odiaba la altanería aristocrática, le resultó difícil encajar en una corte tan estricta y conservadora como la vienesa. El 27 de marzo de 1854, en un acto que tuvo lugar en la sala del trono del palacio ducal de Munich y en presencia de toda la corte, la princesa Isabel renunció a sus eventuales derechos al trono de Baviera. Aquel mismo día quedó fijada la fecha de la boda.

Boda 

A finales de abril la duquesa Isabel de Baviera abandonaba Munich en compañía de su madre y sus hermanas. Durante buena parte del viaje, que duró tres días enteros, apenas dejó de llorar, tal como fue testigo el enviado prusiano que escribió: «La joven duquesa, a pesar de todo el esplendor y la magnificencia de la posición que le aguarda junto a su egregio esposo, parece muy triste por verse forzada a alejarse de su familia y de su país. Y el dolor de esta separación parece proyectar una sombra de melancolía sobre su rostro…».  
Cuando el carruaje llegó a orillas del Danubio, les aguardaba un majestuoso vapor fluvial —el Francisco José—, puesto a disposición del emperador para trasladar a la comitiva nupcial. El barco estaba equipado con un lujo extraordinario: el camarote de Sissi era de terciopelo púrpura y la cubierta había sido transformada en un jardín florido con una glorieta de rosas en el centro para que la novia pudiera retirarse a descansar.


A lo largo de la travesía, miles de personas, en su mayoría pobres campesinos, se acercaron a las orillas con la esperanza de poder ver a la novia. Aunque se encontraba agotada por el fatigoso viaje, Sissi no dejó de saludar con un pañuelo de encaje y sonreír tímidamente. Aún estaban con ella su madre y sus hermanas, que intentaban entretenerla para aliviar su nerviosismo. Pero a la duquesa Ludovica, que conocía muy bien a su hija, le preocupaba verla tan pálida, silenciosa y asustada. Al llegar al embarcadero de Nussdorf, cerca de Viena, todos los pasajeros se cambiaron de ropa. La futura emperatriz de Austria fue recibida por los vieneses con grandes muestras de afecto y admiración. Autoridades, dignatarios del imperio, los miembros más destacados de la casa de Habsburgo-Lorena y aristócratas esperaban impacientes bajo un arco de flores construido para la ocasión. Sissi hizo su aparición ataviada con un vaporoso vestido de seda rosa, con un amplio miriñaque, mantilla de encaje blanco y un pequeño sombrero a juego. Antes de que el vapor atracara en el muelle, Francisco José, llevado por la impaciencia, saltó a bordo desde la orilla para saludar a su prometida.


Delante de miles de personas que se agolpaban para ver a la novia, la estrechó entre sus brazos y la besó con entusiasmo. Ante esta espontánea escena de amor, el público estalló en vítores y aplausos. Hacía mucho tiempo que los habitantes de Viena deseaban tener una emperatriz como Sissi. Ahora con este matrimonio los austríacos confiaban en que Viena recuperara su antiguo esplendor gracias al encanto y juventud de su emperatriz. Al ver al emperador tan enamorado, muchos pensaron que llegarían tiempos mejores y que, llevado por su felicidad, se mostraría menos déspota y más abierto a las reformas que tanto ansiaba el país. 


Tras abrirse paso entre la multitud la pareja imperial se subió a una carroza dorada y puso rumbo al palacio de Schönbrunn, la espléndida residencia de verano de los Habsburgo. Durante varias horas le fueron presentados, uno por uno, todos los miembros de la casa de Habsburgo —entre ellos los tres hermanos menores de su esposo, primos, tías y tíos—, así como los altos funcionarios de la corte. Tras el intercambio de los regalos de boda, Sissi se retiró a sus aposentos rendida de cansancio, pero la jornada aún no había acabado. Le quedaba por conocer a las personas que a partir de ahora estarían a su servicio en sustitución de sus damas bávaras, obligadas a regresar a Munich. Su camarera mayor era la condesa Sofía de Esterházy, nacida princesa de Liechtenstein y persona de suma confianza de la madre del emperador. Esta estirada dama de cincuenta y seis años, ceremoniosa y severa, prácticamente iba a ejercer de institutriz de la soberana. Desde el primer instante Isabel sintió un profundo desagrado hacia ella porque la consideraba una espía al servicio de su suegra. Tal como anotó un ayudante del emperador: «Por un lado trataba a la joven soberana con demasiados aires de institutriz, mientras que, por otro, veía una de sus principales tareas en iniciar a la futura esposa imperial en toda la chismografía de la alta aristocracia, por la que, naturalmente, la princesa bávara apenas  se interesaba». En cambio sus jóvenes damas de honor, encargadas de iniciarla en las costumbres y ceremonias de la corte, le resultaron bastante más simpáticas. La archiduquesa Sofía le advirtió que, como emperatriz, no debía estrechar lazos de amistad con ninguna persona de su servicio.


La casa de la emperatriz Isabel se componía, además de un secretario, de una camarera, dos doncellas, un mayordomo, un gentilhombre de entrada, cuatro lacayos, un criado y una sirvienta. Cuando ya muy avanzada la noche llegó al fin la hora de acostarse, Sissi recibió de manos de su camarera mayor un cuaderno con el siguiente epígrafe: «Ceremonial para la introducción en la Corte Imperial de Su Alteza Real la Serenísima princesa Isabel de Baviera»Debía estudiar su contenido al pie de la letra para que al día siguiente no cometiera ningún desliz y todo se desarrollara según una tradición que se mantenía inalterable desde siglos atrás.

La prometida del emperador de Austria hizo su entrada en la ciudad de Viena en una rica carroza tirada por ocho caballos blancos con las crines trenzadas y escoltada por dos lacayos vestidos de gala y peluca blanca. Sissi, acompañada por su madre la duquesa Ludovica, lucía un vaporoso vestido de color rosa bordado con hilos de plata y adornado con pequeñas guirnaldas rosas. En la cabeza portaba la diadema de brillantes regalo de su prometido. Con lágrimas en los ojos y un nudo en el estómago, Sissi llegó al que ahora sería su nuevo hogar: el impresionante Palacio Imperial de Hofburg, el edificio más grande de toda la capital. Ajena al sufrimiento y la tristeza de su futura nuera, la archiduquesa Sofía, que esperaba a la novia a la entrada del palacio en compañía de toda su familia, escribió en su diario: «El comportamiento de mi querida niña fue perfecto, lleno de dulce y graciosa dignidad».

La fastuosa boda imperial tuvo lugar en la tarde del 24 de abril de 1854 en la iglesia de los Agustinos y fue oficiada por el arzobispo de Viena. Sissi vestía un delicado vestido blanco, bordado en oro y plata y cola de encaje. En su cabello recogido lucía la diadema de brillantes y ópalos que había pertenecido a Sofía. Todos los cronistas coinciden en el insuperable boato y la magnificencia de este enlace pensado para mostrar al mundo el poderío del Imperio austríaco. Uno de los invitados, el embajador de Bélgica, dijo al respecto: «En una ciudad donde no hace mucho el espíritu revolucionario originó tantos estragos, convenía desplegar toda la grandeza y pompa monárquicas»



Fuente:
Morato, Cristina Morato, "Reinas malditas", Plaza&Janes, 2014.

viernes, 10 de marzo de 2017

Aviso

Un saludo a todos los seguidores. En los últimos meses he tenido dificultades para publicar debido a deberes de la universidad. En los próximos días continuare las biografías del emperador Carlos y Sissi de Baviera

sábado, 21 de enero de 2017

Isabel de Baviera "Sissi" (parte 1)



Nacimiento e infancia
La legendaria Sissi vino al mundo en el palacio ducal de Munich la fría noche del 24 de diciembre de 1837. Al ser domingo y día de Nochebuena, su llegada fue recibida como un feliz augurio. Su madre, la princesa Ludovica de Wittlesbach, era hija del rey Maximiliano I de Baviera y de su segunda esposa, Carolina de Baden. Ludovica era la pariente pobre de sus poderosas hermanas, todas ellas bien casadas con reyes y emperadores. Contrajo matrimonio en 1828 con un primo segundo, el duque Maximiliano de Baviera, hombre liberal y bastante excéntrico que pertenecía a una rama menor de la casa de Wittlesbach. 

Ludovica, madre de Isabel

Desde el principio, Maximiliano confesó a su esposa que no la amaba. Aunque fue un matrimonio de conveniencia, tuvieron diez hijos, de los que dos murieron al poco tiempo de nacer. Ludovica, una mujer de notable belleza en su juventud, contó más tarde a sus hijos que había pasado su primer aniversario de boda llorando todo el día porque se sentía inmensamente desgraciada. Fue una esposa sumisa que soportó las infidelidades del duque, quien solía almorzar en sus aposentos con sus dos hijas ilegítimas. Por su rango, los padres de Isabel no tenían que ejercer ninguna función oficial y llevaban una vida sencilla y despreocupada en el campo sin ningún tipo de obligaciones.

Maximiliano, padre de Isabel

Max, un hombre rico y juerguista, dilapidó su fortuna viviendo como quiso. Pero también era muy culto y poseía una magnífica biblioteca de casi treinta mil volúmenes que decía haber leído o consultado. De todos sus hijos sentía una especial debilidad por Sissi —se refería a ella como «su regalo de Navidad»—, que era la más parecida a él en gustos y carácter.

Sissi y el duque Max, escena "La princesa Sissi", protagonizada por Romy Schneider

Isabel pasó la mayor parte de su infancia y adolescencia en el castillo de Possenhofen, situado en un paraje a orillas del lago de Starnberg. Aunque veía poco a su padre, en el tiempo que Maximiliano pasó con sus hijos les inculcó su amor a la naturaleza, la libertad y la vida sencilla. Otra de sus pasiones eran los caballos purasangre, y en su palacio de Munich organizaba concursos de equitación en un hipódromo que mandó construir en su propio jardín. Como su padre, Sissi prefería el campo a la ciudad y no cambiaba los frondosos paisajes que rodeaban Possenhofen por el brillo de los salones palaciegos. Ya de niña amaba la vida al aire libre, montar a caballo, nadar en el lago, pescar con anzuelo, pasear sola por los bosques y practicar el montañismo. También le gustaba la cerveza y sentía debilidad por las salchichas bávaras, que tanto añorará en la corte de Viena.

Escena de película "La princesa Sissi", protagonizada por Romy Schneider

Ludovica, a pesar de ostentar desde su nacimiento el título de Su Alteza Real y Princesa Real de Baviera, se comportaba más como un ama de casa burguesa. Apenas disponía de servicio y ella misma educó a sus ocho hijos. La duquesa no tenía grandes ambiciones políticas, pero vivía bajo la influencia de su enérgica hermana, la archiduquesa Sofía de Austria.

Apariencia

La futura emperatriz Sissi fue considerada una de las mujeres más bellas de su época.  En su diario la archiduquesa Sofía escribió sus primeras impresiones sobre la joven: «¡Pero qué mona es Sissi! Se la ve fresca como una almendra cuando se abre, y… ¡qué espléndida corona de cabellos enmarca su cara! Tiene los ojos dulces y hermosos, y sus labios parecen fresas»

Alta, hermosa y con una figura envidiable, fue también una mujer culta, políglota e interesada en la política. Gastaba en recetas, maquillaje, sales de baño, productos de higiene dental y cuidado facial. Fue desde su niñez muy aficionada al deporte, fue una gran amazona y, ya como soberana, se hizo construir salas de gimnasia en sus palacios, como las que aún se pueden ver en Schönbrunn y en el Hofburg en Viena.
Pese a medir más de metro setenta, Sissi mantuvo su peso en la frontera de los cincuenta kilos y sus 49 centímetros de cintura fueron famosos en toda la corte. Su fijación por el peso y su negativa a comer podrían considerarse actualmente como anorexia. Sissi temía que su belleza se marchitara y tras cumplir los 35 no permitió que la volvieran a retratar. 

Juventud y compromiso
El 18 de agosto de 1848 Francisco José cumple dieciocho años y el sueño que su poderosa madre (hermana de Ludovica) acariciaba desde hace tiempo está a punto de cumplirse. Tras la abdicación de su tío Fernando I, que padecía una enfermedad mental, y la renuncia de su padre, el archiduque Francisco Carlos, el joven se convierte en jefe de la casa imperial de los Habsburgo. 

Emperador Francisco José

La emperatriz ejercerá una gran influencia sobre este hijo tan joven e inseguro, a pesar de haber afirmado que no se inmiscuiría en los asuntos de gobierno: «[…] en el advenimiento de mi hijo al trono, me propuse firmemente no intervenir en ningún asunto de Estado; no creo tener derecho a ello y lo dejo todo en tan buenas manos, después de trece años de penoso abandono, que siento profunda alegría de poder presenciar ahora con gran confianza, tras el espinoso año de 1848, el nuevo camino emprendido». Pero Sofía no cumplirá sus promesas y durante los siguientes años será ella la que moverá los hilos en Hofburg, centro del poder imperial.

La archiduquesa, que siempre juzgaría duramente a su nuera, olvidaba que también ella había sido una joven e inexperta princesa bávara perdida en una corte extranjera. Por entonces Austria se había convertido en una gran potencia mundial. El imperio abarcaba territorios que hoy pertenecen a Italia, la República Checa, Eslovaquia, Hungría, Polonia, Rumanía, Ucrania, Serbia, Bosnia-Herzegovina o Croacia. El emperador acababa de cumplir veinticuatro años. En los retratos oficiales que se conservan de él en aquella época se ve a un joven apuesto, rubio, de ojos claros, cuidado bigote y una figura esbelta a la que sienta como un guante el ceñido uniforme de militar. Era, además, un hombre atento, de exquisitos modales y buen bailarín.

Sofía de Baviera, madre de Francisco José

Sofía y su hermana Ludovica hace ya tiempo que acariciaban el proyecto de casar a Francisco José con Elena (Nené), la más responsable y preparada para convertirse en una buena emperatriz. Aunque la joven sólo procedía de una rama bávara secundaria, ambas coincidían en que era la mejor aspirante. Francisco José estaba tan dominado por su madre que sólo haría lo que ella dispusiera. 

Escena de película "La princesa Sissi", protagonizada por Romy Schneider. Ludovica y Elena reciben la misiva de la archiduquesa Sofía

En el verano de 1853, la archiduquesa Sofía invitó a su hermana Ludovica y a sus dos sobrinas, Elena e Isabel, a Bad Ischl, una famosa estación termal donde la familia imperial pasaba el verano. Francisco José celebraba su aniversario y es la excusa perfecta para que conociera a la candidata elegida por su madre para ser la emperatriz consorte. A primera vista, Elena era la prometida ideal: bella, discreta, dominaba el francés y el complicado ceremonial cortesano.

Isabel, que tenía quince años, se había enamorado de un apuesto conde de la corte al servicio de su padre. El incipiente romance fue rápidamente interrumpido por éste y el caballero fue enviado a alguna misión para alejarlo de Munich. Cuando regresó, estaba gravemente enfermo y murió poco después. Sissi cayó en una profunda tristeza y pasaba las horas en su habitación escribiendo poemas a su amado y llorando desconsoladamente. Ludovica pensó que un cambio de aires le sentaría bien y que su hija recuperaría la alegría. Además, abrigaba la secreta esperanza de que el hermano menor del emperador Francisco José, el archiduque Carlos Luis, aún se sintiera atraído por Sissi.

Carlos Luis de Austria

Ambos jóvenes se conocieron en 1848 en una reunión familiar en Innsbruck siendo apenas unos niños. Carlos Luis demostró un interés especial por su prima bávara, que entonces contaba once años. Durante un tiempo se intercambiaron románticas cartas de amor y algunos presentes, pero con el paso de los meses la relación se enfrió. La duquesa creyó que este viaje podría reavivar el interés del archiduque por su hija menor, que había cambiado mucho y ahora era una adolescente «bonita y lozana aunque no tuviera ningún rasgo especialmente hermoso».

Escena de película "La princesa Sissi", protagonizada por Romy Schneider. Escena del emperador y la archiduquesa Sofía

El 16 de agosto de 1853 la duquesa llegaba a Bad Ischl con sus hijas, pero tuvo que solventar varios contratiempos. Sufría una fuerte migraña que la obligó a posponer la salida y llegaron con bastante retraso a su destino. La archiduquesa Sofía les envió una camarera al hotel donde se alojaban para ayudar a peinar a Elena, que debía estar impecable antes de presentarse ante el emperador. Sissi, a quien nadie ayudó, se arregló ella misma el cabello que recogió en dos largas trenzas. Sofía invitó a su hermana y a sus dos hijas a tomar el té en la Kaiservilla (Villa Imperial), una lujosa y elegante mansión que la monarquía austríaca alquilaba como residencia de verano. En el salón principal Francisco José esperaba puntual y algo nervioso a sus invitadas, pues sabía muy bien lo que significaba aquella visita. Encontró a Elena bonita, elegante y distinguida, aunque algo fría y estirada. 

Escena de película "La princesa Sissi", protagonizada por Romy Schneider. Escena de Sissi y Carlos Luis

En cambio Sissi, más espontánea e infantil, le resultó encantadora y no pudo dejar de mirarla. Fue un amor a primera vista que a nadie pasó desapercibido. El archiduque Carlos Luis, contrariado y celoso ante el inesperado interés de su hermano por el que fue un amor de juventud, le confesó a su madre que «desde el momento en que el emperador vio a Isabel, apareció en su rostro tal expresión de contento, que ya no cupo duda de a quién elegiría».

Elena de Baviera

A diferencia de Nené, no estaba acostumbrada a las reuniones sociales y en público se sentía cohibida. Francisco José le comunicó a su madre que la pequeña Sissi le parecía adorable y que era con ella y no con Elena con quien deseaba casarse. De nada sirvió que Sofía le recordara a su hijo que Elena, a sus diecinueve años, era una muchacha más madura y preparada para compartir el peso de la corona. Por primera vez Francisco José, que tanto reverenciaba a su madre, se mostró inflexible en su decisión. Por la noche se celebró un baile donde el emperador elige a Sissi como su pareja dejando muy claro delante de todos los invitados el lugar que ocupa en su corazón. 


Escena de película "La princesa Sissi", protagonizada por Romy Schneider. Escena de Sissi y Francisco José

Tras el baile, en el que Sissi lució un sencillo vestido de seda rosa pálido, Sofía describió con todo lujo de detalles a su hermana María de Sajonia el aspecto de su sobrina: «En sus preciosos cabellos llevaba una gran peineta que mantenía las trenzas sujetas hacia atrás. Como es moda ahora, se aparta el pelo de la cara. ¡La actitud de la pequeña es tan delicada, tan modesta y perfecta y tan llena de una gracia casi sumisa cuando baila con el emperador! La encontré extraordinariamente atractiva, en su modestia de niña y, sin embargo, se mostraba muy natural con él. Lo único que la apocaba era el gran número de personas que la observaba»


A la mañana siguiente el destino de Sissi quedo decidido. Aquel 18 de agosto se celebró el cumpleaños de Francisco José en una ceremonia íntima y familiar. Durante el banquete ella se sentó junto al emperador, que no dejaba de agasajarla. Cuando Ludovica le preguntó a su hija «si se creía capaz de amar al emperador» la muchacha, angustiada y nerviosa, se puso a llorar. Entre sollozos le respondió que haría todo lo posible para que el emperador fuese feliz y ser una «hija cariñosa» para su tía Sofía. También añadió que no entendía cómo el soberano se podía haber fijado en ella siendo tan insignificante.

Isabel, ya siendo emperatriz de Austria, recordaba aquellos días con menos romanticismo y sentenciaba: «El matrimonio es una institución absurda. Una se ve vendida a los quince años y presta un juramento que no entiende y del que luego se arrepiente a lo largo de treinta años o más, pero que ya no se puede romper».


En los días siguientes Sissi vive en una nube, agasajada por un apuesto y cariñoso emperador que sólo tiene ojos para ella. Se suceden las fiestas, los bailes, los banquetes en su honor y los regalos que le llegan de todas partes. No deja de exhibir su felicidad, pero a su lado Sissi se muestra muy tímida, callada y llorosa. En aquellos días le confesaba a una amiga sus temores y «cuánto la asustaba la complicada tarea que aguardaba a su hija Isabel, que prácticamente ascendía al trono desde la nursery». Asimismo, sentía inquietud ante las mordaces críticas de las damas de la aristocracia vienesa.

El padre de la novia se enteró del compromiso de su hija preferida a través de un escueto telegrama que le mandó su esposa, y decía así: «El emperador pide la mano de Sissi y tu consentimiento; permaneceré en Bad Ischl hasta finales de agosto, todos muy contentos». Al conocer la noticia el duque primero creyó que se trataba de un error en la transcripción, ya que daba por sentado que era su hija Nené la elegida. Tras descubrir que el emperador de Austria había pedido la mano de su dulce Sissi, se encogió de hombros y le respondió: «Te lo desaconsejo, es un bobo».

Sissi cautivaba a todos los que la conocían, pero en la corte vienesa a algunos les preocupaba este enlace porque los novios no sólo eran primos hermanos sino que, además, pertenecía a la misma familia real. También los padres de la novia eran parientes próximos, y ambos de la familia Wittelsbach. Esta dinastía, que durante setecientos años reinó en Baviera, dio a lo largo de su historia una lista de príncipes y reyes excéntricos y trastornados. Se hablaba de que existía entre ellos una tara hereditaria, e incluso el abuelo de Sissi —el duque Pío, padre de Maximiliano— era un hombre demente. También dos primos de Sissi, el rey Luis II de Baviera (el famoso «Rey Loco») y su hermano Otón, fueron declarados incapacitados para gobernar debido a su extravagante comportamiento y serios trastornos mentales. 

Para que la boda imperial pudiera celebrarse sería necesaria la dispensa papal. Finalmente el 24 de agosto, apenas ocho días después del encuentro de Sissi con Francisco José, se anunció oficialmente su compromiso.


Fuente: 
Morato, Cristina Morato, "Reinas malditas", Plaza&Janes, 2014.
www.abc.e

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