viernes, 19 de enero de 2018

¿Cómo era la apariencia de Cristóbal Colón?

"El Almirante era un hombre apuesto, de estatura más que mediana, de rostro alargado y mejillas bien definidas; ni delgado ni grueso. Tenía nariz fina y ojos muy claros; el tono de la piel también era claro (a veces un poco sonrosado). De joven tuvo cabellos rubios, pero encaneció a los 30 años de edad. En cuanto a bebida, mujeres y ropa siempre dio señales de ser razonable y modesto."


Monumento a Cristóbal Colón en el Paseo Colón de Lima.

Ninguno de sus contemporáneos -escritor o pintor- se afanó por dar un retrato de Cristóbal Colón medianamente auténtico. Las imágenes que han llegado hasta nosotros -obras de composición literaria o imaginativa más que testimonios auténticos- son todas tardías y fueron forjadas después de la muerte del héroe por escritores que, en su mayoría, no lo conocieron y rinden pleitesía a cierto género sin preocuparse mucho por decir la verdad. En todos esos retratos se perciben claramente el artificio o el encargo y, casi siempre, el deseo de exaltar virtudes extraordinarias en un hombre llamado a realizar elevadas hazañas. 

Parafraseando y adornando -según su costumbre- el Diario del primer viaje, Las Casas nos ofrece una descripción del primer encuentro entre españoles e indios, que no ha perdido celebridad y se cita hasta en manuales destinados a niños de escuela primaria.

El gran número de indios que allí se encontraba quedaron embobados al mirar a los cristianos. Contemplaron estupefactos sus barbas, la blancura de su piel y su ropa. Se dirigieron a quienes llevaban barba y, sobre todo, al Almirante, al darse cuenta de que era el personaje de mayor consideración, porque sobresalía, por la autoridad que emanaba de su persona y porque estaba vestido de escarlata. Le tocaron las barbas con los dedos, y se maravillaron porque ellos no tenían. Contemplaron con gran atención la blancura de manos y rostros. Al ver su candor, el Almirante y los suyos complacientemente los dejaron hacer.

Es una escena muy bella del género idílico. En todo caso, la imagen que pinta Las Casas contradice en algunos puntos la que se debe a Fernando Colón. Aquí aparece un hombre que se coloca en primera fila y es de gran prestancia; el color escarlata, rojo vivo de su vestimenta no responde en absoluto a la virtuosa modestia tan alabada por el hijo.  

Los responsables de la exposición de Chicago, consagrada en 1893 a Cristóbal Colón y al descubrimiento de América, pudieron, por consiguiente, ofrecer a los visitantes 71 retratos (originales o copias). Por supuesto, no existía entre ellos ningún parecido. Todos presentaban rasgos diferentes: tez clara o morena, e incluso aceitunada; tipo mediterráneo (incluso oriental), o nórdico (dentro de la tradición de los más célebres bárbaros); rostro ovalado o alargado (a veces con perfil de directa herencia griega).


Virgen de los Navegantes (Alejo Fernández), 1531-37. Óleo sobre tabla. 

Cristóbal Colón

Unos cuantos dibujos o pinturas de caballete han logrado retener más la atención debido a cierto aroma de autenticidad. Morison, con cierta simpática ingenuidad, demuestra gran ternura por un cuadro pintado en 1520 por un artista cordobés, Alejo Fernández, para la confraternidad de marinos, armadores y pilotos de Sevilla. Se trata de una Nuestra Señora del Buen Aire, donde aparece una virgen muy joven y sonriente, que envuelve entre los pliegues de su capa a varios personajes arrodillados. Uno de esos hombres, a la izquierda, según se dice es Cristóbal Colón. Se trata sin duda de una seductora hipótesis, pero no tiene otra base que el suponer que el pintor conoció en su juventud al Almirante, el cual entonces residía en Córdoba. En 1520 ese encuentro había tenido lugar, por lo menos, 30 años atrás, y el propio Colón ya tenía 15 de muerto.

Otro retrato a menudo considerado "auténtico": éste, se afirma, fue pintado entre 1530 y 1540, o sea, más tarde que el anterior, para el obispo de Como, Paolo Giovo. Este prelado, humanista y médico, había reunido una galería de retratos de hombres célebres en aquella época, descritos, por otra parte, en su Elogío de hombres ilustres, publicado el año de 1551, donde efectivamente habla de Colón. Ahora bien, la colección de retratos de la galería Giovo compuesta e ilustrada en esa época, las Musei Joviani Imagines, la cual reúne en cuatro gruesos volúmenes 130 grabados en madera con sus respectivos comentarios, asignan al Almirante un tipo físico e incluso una ropa (el hábito franciscano) muy diferentes a los de la pintura de caballete conocida hoy en día.

S. E. Morison nos lo presenta en estos términos: "...Esbelto, bien puesto, pelirrojo, de faz encendida con algunas pecas, nariz de trazo firme, rostro alargado, ojos azules, pómulos salientes..."

Durante el siglo XVI (incluso más tarde) el descubrimiento y la conversión: el Almirante con atuendo cortesano, casaca entallada, gran sombrero, la ropa siempre adornada con cintas y encajes, desembarca en tierra desconocida; lo acompañan dos soldados con arcabuz al hombro; otros plantan una cruz en el suelo; un cacique -casi siempre el célebre cacique Guacanagari, según afirman los textos explicativos-, acompañado de algunos salvajes más o menos desnudos, le lleva presentes de oro y plata: magníficas piezas de orfebrería ricamente labradas, cofrecillos, copas e incensarios, todo ello del más puro estilo europeo de aquella época. 


Bibliografía:

Heers, Jacques. (1992). Primera colonización de las Indias Occidentales. En Cristóbal Colón(pp. 9-12). México: Fondo de Cultura Económica.


miércoles, 17 de enero de 2018

Los conventos en la época virreinal

Los conventos de monjas fueron en la época virreinal una institución característica, diferente a los cenobios fundados en la Edad Media y aun a los monasterios españoles, de cuyas características, sin embargo, participaban. El convento mexicano femenino participó, también, en la obra de catequización emprendida por los misioneros ocupándose de la enseñanza de las niñas indias, fue un refugio para la mujer soltera sin vocación para el matrimonio y centro de cultura y de trabajo a pesar de todos los inconvenientes que pueden señalarse en la enclaustración. 

El convento mexicano fue a un tiempo, lugar de oración y penitencia, centro de reunión social, taller de artes y oficios y escuela de enseñanza primaria para niñas que venían de fuera. 

Margo Glantz, Sor Juana Inés de la Cruz: Saberes y placeres, Toluca, Instituto Mexiquense de Cultura, 1996

Cada una de las órdenes masculinas tenía su correspondiente convento femenino. La orden franciscana inspiró y aun dirigió los conventos de Santa Clara, San Juan de la Penitencia, San Felipe de Jesús, de las capuchinas, Nuestra Señora de Guadalupe y Corpus Christi; la agustina, el de San Lorenzo; la dominicana, el de Santa Catalina de Sena; la carmelitana, el de San José o Santa Teresa la Antigua y el de Santa Teresa la Nueva; los jesuitas, los llamados de la Compañía de María, que fueron el de Nuestra Señora del Pilar o de la Enseñanza y el de Nuestra Señora de Guadalupe o la Enseñanza Nueva. Además hubo monasterios independientes de las órdenes establecidas como el de la Orden concepcionista, el más antiguo de México y seminario de otros muchos y el de la Orden del Salvador o de las Brígidas. 

El primero en fundarse fue el de la Concepción. Cuatro monjas venidas del convento de Santa Isabel de Salamanca: Paula de Santa Ana, Luisa de San Francisco, Francisca de San Juan Evangelista, dirigidas por la superiora Elena Medrano o Mediano, arribaron a México acatando la cédula del Emperador Carlos V de 1540 y la bula de Paulo III y auxiliadas por Fray Antonio de la Cruz. 

El obispo Zumárraga se había empeñado mucho en la fundación de este monasterio. El Papa sólo había otorgado a las monjas los votos simples; pero a partir de 1586 ya se concede a ellas los solemnes y en 1760, adquiere el título de Real Convento de la Concepción y el derecho a usar de las armas reales en la portada. Fueron favorecidas con las limosnas que recogió Fray Juan de Zumárraga y gozaron del patronato de Tomás Aguirre de Suanzabar y de su esposa Isabel Estrada y Alvarado. El patronato para los conventos femeninos fue de singular importancia. Ricos mineros, comerciantes, viudas ricas, encomenderos, hacendados más tarde, acuden en auxilio de los conventos dando el dinero necesario para la construcción de los edificios, celebrando un contrato con la comunidad que se elevaba a escritura pública ante notario eclesiástico, con la autorización del prelado y en el que se estipulaban las multas, obligaciones y derechos. Es curioso este tipo de contrato porque una de las partes se obligaba a la prestación de servicios materiales, como era la de proporcionar el dinero necesario para la construcción del convento y por la otra se especificaban prestaciones de carácter espiritual: rezos por el bienestar del patrono y su familia en vida y por la salvación de sus almas. El entierro de los donantes se hacía en lugar preferente de la iglesia; sus armas se colocaban en lugar visible y los benefactores disponían de lugar de honor en todas las ceremonias. El patronato era, además, hereditario.

¿Cuáles eran las reglas que normaban la vida de las monjas en los conventos mexicanos? Las mismas en realidad que las seguidas en los europeos, levemente modificadas por las condiciones especiales del medio mexicano. Desde luego con excepción del de Corpus Christi y la Enseñanza Nueva, que se destinaron a las indias, los monasterios mexicanos estaban destinados a las españolas y criollas, hijas legítimas, que gozaran de buena salud, que supieran leer y escribir, que manifestaran su voluntad, libre de toda coacción de profesar y que pronunciaran los votos de castidad, pobreza y obediencia. En algunos conventos como los dependientes de la orden franciscana, el voto de pobreza era absoluto; en otros, como el de las concepcionistas, el voto era particular pues el convento podía poseer bienes propios. Las monjas estaban sujetas a la clausura que sólo podía romperse en casos excepcionales, por ejemplo, incendio, terremoto, o salida a otras casas para fundar nuevos conventos. 

Guido Caprotti, Monjas carmelitas ante Ávila, 1937
Óleo sobre lienzo
Foto: BlamaraPhoto

La admisión de las solicitantes al monjío la concedía el consejo del convento mediante votación secreta. La edad mínima para entrar como novicia era la de 12 años. Después de dos de instrucción cambiaba el velo blanco por el negro de las profesas, siempre que hubiera cumplido los 16 de edad. La joven era confiada a alguna familia honorable conocida del monasterio para que la llevase a lo que entonces se llamaba "el paseo". Casi siempre se encargaba de eso la madrina; la vestía de sus mejores galas, la alhajaba con sus mejores riquezas y después de haberla paseado por la ciudad la presentaba al monasterio en donde se despojaba de sus galas en solemne ceremonia y vestido el hábito de la orden hacía su profesión. La dote que otorgaban las monjas o sus padrinos al entrar al convento generalmente era de 2000 a 4000 pesos. Algunas se les dispensaba, por ejemplo, si demostraban conocimientos matemáticos útiles en la administración o buenas voces aprovechables en el coro. La autoridad dentro del convento era la abadesa, priora o superiora que se elegía dentro de la comunidad de profesas, por voto secreto y ante la autoridad del delegado arzobispal cuando la vigilancia del convento recaía en el ordinario o de la del delegado de la orden masculina cuando correspondía a ella la dirección. La superiora estaba asistida por la vicaria, la maestra de novicias, la portera mayor y la contadora. 

Generalmente los conventos de monjas en México ocuparon amplios solares, ya que al primitivo claustro se le fue agregando casas vecinas hasta constituir pequeñas villas en las que las monjas vivían con cierta independencia. 

Retrato de Sor Juana Inés de la Cruz,
Miguel Cabrera, ca. 1750 (castillo de Chapultepec).

Famoso fue el convento de San Jerónimo por haber vivido en él una de las más claras inteligencias femeninas que haya producido el mundo de habla española: Sor Juana Inés de la Cruz. Aportaron dinero para la fundación don Diego de Guzmán y su mujer doña Isabel de Barrios. El 29 de septiembre de 1585, cuatro religiosas del convento de la Concepción fundaban solemnemente el convento bajo la advocación de Santa Paula. Estaba sujeto a la vigilancia del ordinario. Podían ingresar a él españolas y criollas, mediante el pago de 3000 pesos de dote. Tenían dormitorios comunes y la regla era menos austera que la de los conventos de capuchinas y carmelitas. Podían poseer libros y el consejo estaba formado por la priora, las vicarias, las correctoras, las procuradoras y las definidoras.

El hábito que usaban es el que muestra el retrato tan conocido de Sor Juana: hábito blanco, doble manga, manto y escapulario de "paño de buriel negro", toca blanca, cinturón de cuero, medias y zapatos lisos, rosario al cuello con la cruz cayendo hacia el hombro derecho, escudo con el santo de la advocación de la religiosa con el marco de carey.

El convento de monjas contribuyó eficazmente en dar a la niñez femenina una educación que tenía que ser, naturalmente, la de la época, religiosa de preferencia; fue centro de actividad social y artística. Contribuyó en buena parte a la exaltación del arte barroco en el adorno de sus retablos, en el primor que alcanzaron las artes del bordado y de la costura y coadyuvó a la creación de una cocina y de una repostería mexicana de la que todavía disfrutamos en sus guisos, sus postres y pasteles. 



Bibliografía:
Jimenez Rueda, Julio. (1960). La Iglesia y el Estado. En Historia de la cultura en México(pp.128-135). México: Cvltvra.

martes, 16 de enero de 2018

Portugal y España: Repartición del Nuevo Mundo

Biblioteca Estense Universitaria, Modena, Italy, 1502

Los soberanos realizaban una campaña diplomática de gran envergadura para asegurarse derechos indiscutibles. El descubrimiento de islas, costas y golfos en tierra firme abría inmensas posibilidades a la expansión española. Pero los portugueses, omnipotentes en el mar, habían reafirmado su ambición de descubrir y dominar nuevos mundos. Además -y sobre todo- había que evangelizar a los pueblos paganos, por lo cual el Papa debía tomar una decisión sobre las intenciones y proyectos de los dos reinos ibéricos. No era asunto fácil. Casi un año se dedicó a las negociaciones, al intercambio de misivas y de embajadas, a los discursos y a las advertencias.

El Papa era español: Alejandro VI, de la familia de los Borgia. No era creación de los soberanos católicos pero sí les debía mucho, empezando por su elección. Dedicó a este asunto cuatro bulas sucesivas, lo cual pone de manifiesto la importancia de la cuestión y las vacilaciones de Roma. La primera bula, del 3 de mayo de 1493, Inter caetera, escrita cuando Colón se hallaba en Barcelona, fue enviada inmediatamente a España y debía llegar a la corte antes de que terminara el mes. Contenía, a título probatorio, largos resúmenes de la famosa Carta o relato del Almirante. El documento pontificio se contenta con afirmar que nadie había tenido antes conocimiento de la existencia de las tierras recién descubiertas; que los habitantes de aquellas regiones, "pueblos muy numerosos y pacíficos que viven desnudos y no comen carne humana", están dispuestos a recibir la fe cristiana. El Papa confirma asimismo la soberanía de los reyes de Castilla sobre esas tierras descubiertas o por descubrir. Una fórmula bastante ambigua. Por una parte, el mencionar a Castilla sin aludir ni a Cataluña ni a Aragón, puede parecer un mero arcaísmo: sólo Castilla, antes del matrimonio de los Reyes, se había interesado en los viajes atlánticos, y la bula se adaptaba a la costumbre de la época. Muchos comentaristas e historiadores se han preguntado si los catalanes no quedaron en alguna forma excluidos de esos privilegios. Incluso subrayan que aun cuando Colón estuviese de visita en la corte, entonces en Barcelona, su descubrimiento no había tenido gran eco en Cataluña: los cronistas o no hablan de él o lo hacen mucho después. Por otra parte, Alejandro VI parece haber olvidado totalmente los derechos adquiridos por Portugal y los privilegios que les había concedido la Santa Sede, en la época de sus viajes a África y las islas, sobre todo a Madera. 

Alejandro VI

Por esto la bula pontificia provocó muy pronto una virulenta protesta por parte del rey de Portugal, Juan II, ya enterado del paso de Colón por Lisboa y de algunas partes del Diario.  El embajador portugués hizo valer una bula de fecha anterior (1481), Aeterni Regis, que confería a Juan II todos los territorios por descubrir al sur de las Canarias, a fin de proteger los derechos portugueses sobre las costas y territorios africanos, pero que también podía aplicarse muy lejos hacia el Poniente, más allá del mar océano. Complicaba y envenenaba la situación el descubrimiento de esas islas por parte de los españoles. 

Por aquellas fechas, también los Reyes Católicos enviaron embajadores: el arzobispo de Toledo y Diego López de Haro. Ambos llegaron a Roma el 25 de mayo y, tres semanas después, adelantándose a tomar la ofensiva, reprocharon públicamente al Papa su mala administración en Italia, la venalidad de sus funcionarios y la corrupción que reinaba en la corte romana. En ese mismo momento, Carvajal ensalzó en un verdadero sermón, pronto impreso, las acciones de los soberanos en apoyo y gloria de la Iglesia, y reivindicó para ellos el descubrimiento "de las islas desconocidas del lado de las Indias". Lo hizo tan bien Carvajal que en vez de recurrir a los privilegios portugueses, el Papa cedió y promulgó una tras otra dos bulas en las que se establece una partición muy favorable a España. En primer lugar, Eximiae devotionis, donde sencillamente se confirma que las tierras descubiertas le tocaban a Castilla. Después, otra bula también titulada Inter caetera, que traza una línea de demarcación entre los dos futuros imperios. Esta línea debía pasar a 100 leguas al oeste y a 100 leguas al sur de todas "las tierras denominadas Azores e islas de Cabo Verde". Un poco después, en una cuarta bula, Alejandro VI, el 26 de septiembre de 1493, extendió en forma bastante vaga las "posesiones" de España y le garantizó, en algún sentido, todas las tierras por descubrir, sin importar donde se encontrasen. Roma tomó partido y, sin matizar, se puso al servicio de los intereses españoles. El prestigio logrado con la toma de Granada y con el regreso triunfal de Colón favoreció mucho a los Reyes Católicos. Los portugueses no podían dar su anuencia y se propusieron tratar directamente sin recurrir al arbitraje pontificio. Nuevas y muy vivas protestas de Juan II hicieron que Fernando e Isabel decidieran llegar a un entendimiento. El 7 de junio de 1994, por el tratado que se firmó en Tordesillas, Portugal, la separación entre ambas potencias se fijó en una línea meridiana que va mucho más lejos que la anterior, a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde, lo que para nosotros equivaldría a 46° y medio de longitud oeste. Esta línea asignaba a España todas las islas descubiertas o por descubrir en las Indias Occidentales, y cortaba el continente sudamericano en Brasil, un poco al este de la desembocadura del Amazonas. Por lo demás, la línea de 100 leguas (38° oeste) pasaba entre los sitios actuales de Recife y de Salvador. En principio, los negociadores de Tordesillas habían previsto que dos carabelas, una por cada nación, llevando a bordo pilotos, astrólogos, patrones, marinos y cartógrafos partirían de las Canarias, se dirigirían a Cabo Verde, de donde singlarían en dirección oeste para llegar a la línea a 370 leguas de distancia. Era una actitud muy optimista, y los soberanos pronto reconocieron que tales navegaciones y mediciones en línea recta eran utópicas. 

Las decisiones de Tordesillas se oponen a las ideas y pretensiones del genovés, quien, en diversas ocasiones, justificó la línea de 100 leguas y le atribuyó validez absoluta. La Relación dirigida a los reyes en agosto de 1498, por tanto mucho después de Tordesillas, dice e insiste con toda claridad: 
...Recordé muy bien entonces que cada vez, rumbo a las Indias, pasaba algunos centenares de leguas al oeste de las Azores, notaba cómo, en ese lugar, la temperatura cambiaba a lo largo de una línea que va de Norte a Sur.

Así puede verse con claridad que los límites jurídicos fijados a la expansión española se situaban al contrario de lo que deseaban ambiciosos navegantes, pobladores o monjes. Las disposiciones de Tordesillas que contradecían una opinión muy arraigada no constituyeron un éxito diplomático. Pero en el terreno de los hechos, durante algún tiempo, dejaron un vasto campo de acción totalmente libre, y no lograron desviar la voluntad de los Reyes Católicos, quienes, sin reticencia y con muchos medios, acometieron la aventura. 



Bibliografía:
Heers, Jacques. (1992). Primera colonización de las Indias Occidentales. En Cristóbal Colón(pp. 370-373). México: Fondo de Cultura Económica.

Las naves de Cristóbal Colón

Todos los textos concuerdan en lo relativo a los navíos: son carabelas, casi sin excepción. Colón escribe a veces nave (nau) para designar, desde el primer viaje, a su Santa María, pero sin duda lo hacía para indicar un tonelaje algo más considerable, un origen (gallego) diferente y el hecho de que se trataba de la capitana; pero en ningún caso podría afirmarse que quiso designar un navío de otro tipo. Emplea espontáneamente el mismo término, nau, para hablar de navíos en general, sin asignarles características especiales. 
Los descubrimientos marítimos realizados tanto en las costas africanas por los portugueses, como en la ruta a las Indias por Colón, parecen así íntimamente ligados a un tipo de navío que todos los patrones, armadores, mercaderes y administradores reales denominan carabela con bastante precisión. 
Pero, ¿cómo era una carabela? ¿Cómo definirla? ¿Se le puede asignar cierta superioridad sobre otros navíos de la época?

Réplica de la carabela Santa María, en el Muelle de las Carabelas de Palos de la Frontera, 3 August 2007, Miguel Ángel "fotógrafo"

La carabela no era una buena nave mercante. Leyendo centenares e incluso millares de contratos de fletamento, de seguros, de actas de litigios y testimonios, de contratos de venta, de reparticiones y asociaciones, ese término no se emplea, salvo en rarísimas excepciones, cuando se trata de transportes de alguna importancia y gran capacidad. Notarios y magistrados hablan de naves, cascos, balleneros, carracas o cabanas, incluso de barcas, pero no de carabelas. Sólo aparecen a menudo en los grandes viajes de exploración, después de los primeros reconocimientos al sur de Marruecos, hacia 1420. En la época de Colón, por lo tanto, ya podía asignárseles un pasado glorioso.

Para describirlos faltan datos seguros. Es verdad que bastantes historiadores de la marina o de las técnicas de la navegación y de arqueólogos navales se han esforzado por reconstruir esos navíos, o por lo menos describir sus formas, dimensiones y aparejos. 

Con todo, se puede afirmar sin peligro que la carabela es un navío corto que sobresale relativamente poco del nivel del agua. Las estimaciones más corrientes establecidas después de los ensayos de reconstrucción asignan más o menos las mismas dimensiones a la Niña y a la Pinta: alrededor de 20 m de longitud, 6.5 m en el punto más ancho y 3 m de profundidad. La Santa María, según las cuatro principales maquetas, era más "redonda": sólo medía entre 16.5 m y 19 m en la quilla, y entre 23 y 26 m de longitud total; entre 7 y 8.5 m de ancho y de 3.5 a 4.5 de profundidad. Tenía un palo mayor de 24 a 27 m de alto (la cifra varía de un escritor a otro) y un puente superior de 18 m de largo. 

Lo más común es expresar el arqueo en toneladas porque aquellos navíos a menudo transportaban productos más bien estorbosos que pesados y lo principal era conocer su capacidad. En el Atlántico se calculaba entonces en toneladas brutas, parecidas a las de Burdeos, de cerca de 1000 litros o 1m3. Las dos carabelas más pequeñas, la Niña y la Pinta, tenían un arqueo de unas 60 toneladas cada una y el de la Santa María quizá fuese de 120. Desde hacía mucho éstas eran las dimensiones más ordinarias de la carabela ibérica. Bastante tiempo después, en 1523, entre 69 carabelas registradas en puertos portugueses, ninguna sobrepasaba las 160 toneladas y 56 de ellas se situaban entre 40 y 50 toneladas. 

¿Por qué la carabela? Eran embarcaciones pequeñas: menos de 100 toneladas de arqueo, cuando las galeras mercantes de Venecia o de Florencia podían transportar 300, de 300 a 400 las de Barcelona o de Marsella y alrededor de 1000 las enormes naves genovesas. Estos reducidos tonelajes tienen doble ventaja. 

Por una parte, el costo poco elevado del equipo: construcción, aparejamiento, velamen, tripulación, provisiones. Era un requisito indispensable teniendo en cuenta el desinterés por la operación de los grandes mercaderes, financieros, banqueros y armadores pertenecientes a compañías muy fuertes. En todo caso, no se veía por qué habrían de lanzarse grandes embarcaciones a tales empresas. Segunda ventaja de la carabela: la posibilidad de acercarse a la costa sin gran riesgo, de navegar en aguas de poca profundidad, de seguir todos los accidentes del litoral e incluso de surcar ríos. Navío por excelencia a propósito para viajes de descubrimiento.


Bibliografía:
Heers, Jacques. (1992). Navegación; técnicas y vicisitudes. En Cristóbal Colón(pp. 218-224). México: Fondo de Cultura Económica.

viernes, 5 de enero de 2018

Noción de derecho penal

El derecho penal es el conjunto normativo perteneciente al derecho público interno, que tiene por objeto al delito, al delincuente y a la pena o medida de seguridad, para mantener el orden social mediante el respeto de los bienes jurídicos tutelados por la ley. 



Nociones del derecho penal
  • Objetivo: Normas jurídicas emanadas del poder público que establecen delitos penas y medidas de seguridad y su forma de aplicación. 
  • Subjetivo: Es la potestad jurídica del Estado de amenazar, mediante la imposición de una pena, al merecedor de ella. 
  • Sustantivo: Normas relativas al delito, al delincuente y a la pena o medida de seguridad. También se conoce como derecho material.
  • Adjetivo: Normas que se ocupan de aplicar el derecho sustantivo. Llamado comúnmente derecho procesal o instrumental.

Relaciones del derecho penal con otras ramas, ciencias y disciplinas

Jurídicas No jurídicas
Derecho romano: Es antecedente directo del actual derecho mexicano, de modo que diversas instituciones actuales provienen de aquel.
Filosofía: Existen fundamentos que dan luz al derecho penal, como la valoración de determinados bienes jurídicos tutelados por el derecho penal, argumentaciones acerca de la pena de muerte, etc. 
Derecho civil: Implica conocer nociones civiles, por ejemplo, para entender el adulterio, el incesto y la bigamia, se debe saber lo que es el matrimonio, el parentesco y la noción de persona física; asimismo, para entender cualquier delito patrimonial, se requiere conocer la noción civilista de patrimonio y clasificación de bienes, etcétera. 
Sociología: El estudio del grupo social y su comportamiento es vital para el derecho penal y ciencias afines.
Derecho procesal: Las normas procesales constituyen el complemento indispensable del derecho penal sustantivo, pues el procedimiento penal es consecuencia directa que ocurre una vez cometido un delito.
Psicología: Mediante las aportaciones de la psicología, es posible analizar el comportamiento humano para entender el por qué del delito.
Derecho constitucional: En la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos se establecen las bases a que debe sujetarse el derecho penal (como todo el derecho mexicano).
Psiquiatría: La aportación de esta ciencia en materia penal es de incalculable valor, pues ayuda al juez a resolver los problemas derivados de la comisión de delitos por parte de inimputables.
Derecho administrativo: Diversos delitos acontecen en el ámbito administrativo; por otra parte, esta rama del derecho público prevé la organización de organismos que atañen al derecho penal.
Criminología: Esta ciencia estudia la conducta antisocial y al delito, así como al autor de éste desde punto de vista distinto del normativo, se considera básica en el análisis del derecho penal, pues permite examinar las causas del delito y la personalidad del delincuente. 
Derecho agrario: Materia en la que pueden ocurrir delitos, por ejemplo, el despojo de parcelas, otros ilícitos en materia de ejidos, etcétera. 
Criminalística: Al igual que la medicina forense, esta disciplina, basada en conocimientos científicos, ayuda en la investigación del delito. Balística, dactiloscopia y retrato hablado son algunos de los ejemplos que evidencian la valiosa aportación de dicha disciplina.
Derecho laboral: Surgimiento de delitos, como fraude en materia de salario, de ascensos, plazas y prestaciones diversas, además de lesiones, homicidio, etc, entre trabajadores y patrones.
Medicina forense: Esta rama de la medicina general coadyuva en la investigación de determinados delitos, como lesiones, aborto, infanticidio, homicidio y algunos sexuales principalmente, con lo cual logra una adecuada administración de justicia.
Derecho mercantil: Como rama del derecho privado, tiene una relación con el derecho penal, toda vez que en materia de sociedades mercantiles y títulos de crédito se presentan diversas figuras típicas.
Derecho internacional
Derecho fiscal: En materia impositiva, es frecuente la defraudación fiscal. 
Derecho económico




Bibliografía:
Amuchategui Requena, Irma. (1993). Generalidades del derecho penal. En Derecho Penal(pp. 14-18). México: Harla.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Isabel de Baviera "Sissi" (parte 4)

Salida de Viena
En la primavera de 1859, el emperador partió a los territorios en guerra de la Alta Italia para supervisar las operaciones militares. Cuando Sissi se entera, queda muy afligida. Tras despedirse de su esposo, regresó al palacio de Schönbrunn para encerrarse en sus aposentos. La niñera de sus hijos, Leopoldina Nischer, escribiría en su diario: «El desconsuelo de la emperatriz sobrepasa todo lo imaginable. No ha dejado de llorar desde ayer por la mañana, no come nada  y está siempre sola, como no sea con los niños». La emperatriz, nerviosa y deprimida, abandona por completo sus obligaciones oficiales y casi no sale de sus aposentos. Dormía muy poco y sufría frecuentes crisis de angustia.

Mientras las noticias que llegan desde el frente son cada vez más preocupante, el emperador sigue escribiendo a su esposa tiernas cartas tratando de calmar su angustia. Tras las derrotas militares en Magenta y Solferino contra las tropas de Napoleón III, Francisco José por primera vez deberá asumir la responsabilidad de su fracaso. Nunca será tan impopular en su país como en aquellos difíciles días. Sissi se muestra cada vez más contraria al régimen absolutista y militar. Está convencida de que las ideas de Sofía en política exterior llevaran al imperio a la ruina.

Por primera vez se atrevió a darle un consejo político a su esposo: que firmara la paz con Napoleón III lo antes posible. Francisco José no le hizo ningún caso, y se mostró molesto por lo que consideraba una intromisión en sus asuntos. Finalmente, Austria firmaría la paz con Francia, cediendo la Lombardía, su provincia más rica, y manteniendo por poco tiempo Venecia. El emperador aprobará el Diploma de Octubre, un decreto que supone un primer paso para establecer un régimen parlamentario y otorgar al imperio una Constitución. 

En el invierno de 1859, Sissi sufre su primera crisis matrimonial. El emperador, que hasta entonces se había mostrado muy paciente con su caprichosa mujer, se harta de las discusiones entre la emperatriz y la archiduquesa Sofía, surgiendo rumores de amoríos.

Sissi estuvo enferma desde su boda, pues de niña había sido muy sana. Ahora sufría vértigos, dolor de cabeza, insomnio, fiebre y fatiga. Su estado había empeorado tras el nacimiento de Rodolfo. Padecía una tos que le impedía dormir y sus ayunos la habían dejado anémica. Un consomé compuesto por una mezcla de carne de ternera, pollo, venado y perdiz; carne fría, sangre de buey cruda, leche, tartas y helados constituían sus únicos alimentos. Vivía obsesionada por mantener su peso de cincuenta kilos y su cintura de cuarenta y siete centímetros. Medía un metro setenta y dos, siendo más alta que su esposo, aun cuando en los retratos la hicieran parecer más baja que Francisco José. La emperatriz encontró en la gimnasia una de sus actividades predilectas que practicaba a diario, algo inusual para una dama de su época y rango.  Isabel tenía todos los síntomas de una enfermedad entonces desconocida: la anorexia nerviosa.


A punto de cumplir los veintitrés años, anuncia al emperador que quiere irse lejos de Viena. El doctor Skoda, temiendo una tuberculosis, le recomienda que se traslade a un lugar más cálido. Sissi elige la isla de Madeira tras escuchar a su cuñado favorito —el archiduque Maximiliano— alabar las bellezas de aquella isla donde residió una larga temporada. Como de costumbre, Sofía la critica por esta decisión.

Con este viaje da comienzo la vida errática de la soberana, que intentará pasar en Viena el menor tiempo posible. En Madeira la emperatriz se instala en una hermosa villa encalada, Quinta Vigia, con espléndidas vistas al mar. Se entretiene con sus perros, sus papagayos y con los ponis que ha mandado comprar para revivir su infancia en Possenhofen. El clima primaveral contribuye a mejorar su salud y está de buen humor. Pero a medida que pasan los días comienza a sentir una gran añoranza de su esposo y de sus hijos. 

A principios de abril de 1861 la emperatriz piensa en el retorno a Hofburg con sentimientos encontrados. Antes de reunirse con su esposo en Trieste, la emperatriz Isabel llegaba a las costas de Cádiz a bordo del yate de la reina Victoria. El viaje continúa por Gibraltar hasta Mallorca, y de ahí a Corfú. Esta isla, entonces en manos de Inglaterra, la cautivó desde el primer instante y aunque quiso detenerse en ella más tiempo y visitar el resto de islas Jónicas, Francisco José impaciente salió a su encuentro en Trieste. Tras seis meses de separación la pareja imperial se abrazó de nuevo con lágrimas en los ojos. 

Pero apenas llevaba unos días en Viena cuando su salud empeoró de nuevo. El doctor Skoda le recomienda instalarse en Corfú. El cambio de clima le sienta bien y al poco tiempo desaparece la tos, el dolor de pecho y recupera el color de sus mejillas. El emperador decide viajar a Corfú para ver a su esposa. Sissi le confiesa que sufre mucho al verse privada de sus  hijos, pero que no desea pasar el invierno en Viena por miedo a recaer.Finalmente llegan a un acuerdo y el emperador, al ver su mejoría, permite que los niños viajen a Venecia para estar allí unos meses con ella, pese a las protestas de Sofía. 

Después de permanecer un año entero en Corfú y Venecia, la emperatriz aún no se atrevía a volver a Hofburg y prefirió quedarse un tiempo en Possenhofen. Las semanas que pasó en ese lugar que tan felices recuerdos le traían la ayudaron a coger fuerzas para enfrentarse de nuevo a la vida cortesana de Viena. Aunque a Sissi le hubiera gustado pasar más tiempo en su amada Baviera, a mediados de agosto de 1862 tuvo que regresar a Viena porque era el cumpleaños del emperador. Francisco José cumplía treinta y dos años.
En su breve encuentro con el emperador en la isla de Corfú, también consiguió la autorización para destituir a su camarera mayor, la condesa de Esterházy, a la que tuvo que soportar durante ocho largos años.
Once años había tardado Sissi en encontrar el valor suficiente para enfrentarse a su esposo y a su suegra Sofía. Al imponerse de manera tan enérgica al emperador, amenazándole incluso en que si no cumplía con sus exigencias abandonaba para siempre Austria, Francisco José cedió. Para Isabel lo importante es que había conseguido librar a su hijo de la severa educación militar que le infligía Gondrecourt y sustituirlo por un preceptor que sentía verdadero afecto por el niño. La emperatriz también se encargó de elegir a los profesores de su hijo apostando por intelectuales burgueses y liberales cuyas enseñanzas calaron hondo en su pupilo. Con el tiempo el príncipe heredero Rodolfo de Habsburgo llegó a ser un liberal convencido, lo que le acarrearía graves enfrentamientos con su padre el emperador. Sin embargo su madre siempre lamentaría no haber intervenido antes porque el príncipe padecería graves secuelas —como trastornos psíquicos y pesadillas— a lo largo de toda su vida.

Vanidad
Si el emperador cedía a los caprichos de su esposa, no sólo era porque estuviese en juego el prestigio de los Habsburgo, sino porque aún estaba enamorado de ella. En esa época, Isabel estaba el apogeo de su belleza. El ejercicio y las dietas habían cumplido con su función de mantener su aspecto juvenil. Hacia 1860 la fama de la belleza de la emperatriz Isabel de Baviera se había extendido por toda Europa. Consciente de su poder de seducción, Sissi se fue volviendo más arrogante, caprichosa y egocéntrica.


Fue en sus primeros viajes a las islas de Madeira y Corfú donde sufrió una gran transformación y fue consciente por primera vez de su belleza. Los jóvenes caballeros que viajaban con ella, como su ardiente admirador el conde de Hunyady, no dudaban en alabar sus virtudes y su atractivo físico. Con el tiempo Sissi iba a desarrollar un auténtico culto a la belleza. En 1862, durante su estancia en Venecia, Isabel comenzó su afición a coleccionar fotografías de bellezas de toda Europa. También los diplomáticos austríacos recibieron la indicación de enviarle al ministro de Asuntos Exteriores fotos de mujeres hermosas para la emperatriz. Ante tal extraña petición, muchos pensaron que las fotografías en realidad eran para el emperador de Austria y no para su esposa.

Pero era su larga cabellera lo que provocaba la mayor admiración. Sissi rendía un auténtico culto a su cabello, cuyo color rubio se hacía teñir de un tono castaño, y lo mimaba en extremo. En una ocasión llegó a confesar: «Soy esclava de mi pelo». Tenía una espléndida melena, sana y abundante,que en su juventud le llegaba hasta los tobillos. Generalmente lo llevaba recogido porque le pesaba tanto que le provocaba dolores de cabeza. 

Se lo lavaba cada tres semanas con costosas esencias y la ayuda de una mezcla de coñac y yema de huevo. Ese proceso le llevaba un día entero, en el que la soberana no estaba para nada más. El peinado diario de su melena requería no menos de tres horas —vestirse, otras tres— y aprovechaba el tiempo para leer y escribir cartas. A medida que se hacía mayor, Isabel se obsesionó con mantener su legendaria belleza. En su lucha por no envejecer, recorría los más afamados balnearios europeos de Karlovy Vary, Gastein, Baden-Baden o Bad Kissinger para someterse a largos y costosos tratamientos. Para mantener el cutis terso se aplicaba mascarillas de carne fresca  de ternera, o fresas trituradas. Por las noches dormía con paños húmedos sobre las caderas pues creía que así no perdería su esbelta figura.

En el Palacio Imperial de Hofburg la emperatriz mandó construir detrás de su tocador un cuarto de baño propio —inexistente en el resto de los aposentos reales—, en el que instaló una bañera de chapa de cobre. Allí tomaba sus baños de vapor y de aceite de oliva para hidratar la piel, y contrató a una especialista en masajes e hidroterapia.

Reyes de Hungría
Isabel nunca disimuló las simpatías que sentía hacia el pueblo húngaro. Con el tiempo se convirtió en una ardiente defensora de sus peticiones nacionalistas. En 1864, llegó a la corte vienesa Ida Ferenczy, una joven campesina de origen húngaro que ejercería gran influencia sobre la soberana. Su nombramiento como dama de compañía de la emperatriz fue muy criticado en Hofburg porque la elegida no pertenecía a la alta aristocracia. Durante treinta y cuatro años, hasta la muerte de Sissi, fue su más íntima confidente. Ida conocía todos sus secretos, se ocupaba de su correspondencia más privada y acabó siendo su amiga. Fue ella quien le presentó al conde Gyula Andrássy, uno de los líderes de la revolución del 48 y héroe nacional.

Coronación de Francisco José e Isabel como reyes de Hungría

En la corte vienesa se rumoreaba que eran amantes, pero la emperatriz admiraba a Andrássy por su inteligencia y valentía al poner en peligro su vida por defender una causa justa. Francisco José lo había condenado a muerte por alta traición, pero Andrássy consiguió huir a París y regresó tiempo después al ser concedida una amnistía. Tras largos años de negociaciones con la Corona austríaca, en 1867 el emperador restauró su antigua Constitución y reconoció sus privilegios como reino independiente dentro del imperio. Fue un triunfo político de Isabel, que desde ese instante contó con el sincero afecto del pueblo húngaro. El 8 de junio, en una ceremonia de auténtico lujo asiático celebrada en la iglesia de Matías en Budapest, los emperadores de Austria fueron coronados como reyes de Hungría. Francisco José vestía el uniforme de mariscal húngaro y la emperatriz, un vaporoso vestido de inspiración húngara de brocado y plata confeccionado en París por el modisto Worth, un corpiño de terciopelo y una corona de diamantes. 

María Valeria

A los diez meses de la coronación, nació en Budapest la archiduquesa María Valeria, «su hija húngara», como ella la llamaba. La emperatriz cuidó de la niña con una dedicación exclusiva y un amor maternal exagerado. Aunque en Viena corría el rumor de que Andrássy era el padre de la pequeña, la paternidad de Francisco José quedó fuera de toda duda. En aquel tiempo los soberanos habían reanudado sus relaciones íntimas y ante el enorme parecido de Valeria con el emperador, los rumores se acallaron. La admiración de Andrássy, nombrado primer ministro de Hungría, se mantuvo hasta la muerte de este político. En su frecuente correspondencia con la emperatriz se refleja su incondicional lealtad y agradecimiento. El bautizo de la princesa tuvo lugar en el castillo húngaro de Ofen, lo que indignó aún más a la archiduquesa Sofía y a la sociedad cortesana. Isabel quiso a esta niña con un amor tan posesivo y asfixiante que en la corte de Viena era conocida irónicamente como «la Única». Años más tarde la propia Valeria confesaría: «El excesivo amor de mamá pesa sobre mí como una carga  insoportable». Las prolongadas estancias de Isabel en Hungría y los triunfos obtenidos en este país que tanto amaba provocaron un gran malestar en Viena.

Declive y tragedias
En julio de 1867, Maximiliano fue asesinado en México. Sofía, a sus sesenta y dos años, ya no era ni la sombra de la enérgica archiduquesa de antaño. La noticia de la muerte de su hijo había quebrantado el ánimo de la archiduquesa, a tal punto que abandonó el conflicto con su nuera. Tras el nacimiento de Valeria, la emperatriz pasaba la mayor parte del año en Hungría o en su palacio familiar de Baviera. Sissi ya no se ocupaba de sus hijos mayores, pero dedicaba todo su tiempo a Valeria, siendo la única hija que no le fue arrebatada por su suegra. 


Mientras tanto, Francisco José contemplaba la decadencia de Austria, un país envuelto por luchas internas y guerras. La archiduquesa Sofía no viviría para ser testigo del derrumbe del Imperio, muriendo el 28 de mayo de 1872. Sin embargo, nada cambió para Sissi con la muerte de la suegra que la había atormentado durante dieciocho años. La emperatriz continuó sin cumplir con sus funciones de primera dama y la estricta etiqueta se mantuvo. 

A partir de los treinta y cinco años, la emperatriz empezó a mostrarse huraña. No quería que nadie fuera testigo de su decadencia física, aunque siguiera siendo hermosa. Se refugiaba en el castillo de Gödöllö, donde se dedicaba a la equitación. Incluso llegaron rumores a Viena de que había mandado construir una pista de circo. Alrededor de 1883, Sissi perdió su entusiasmo por los caballos. Retomo la costumbre de caminar a un ritmo que agotaba a sus damas de compañía, pues su soberana podía resistir entre ocho y diez horas de caminata.

En abril de 1870, la pareja imperial celebró sus bodas de plata, ocasión en la que posaron para el que sería su último retrato oficial. Era bien sabido que los emperadores ya no compartían lecho desde el nacimiento de Valeria. Aunque la influencia de Sissi sobre su marido era innegable, el cual nada podía negar a su mujer. Y pese a los rumores de infidelidad de Sissi, no hay prueba de que ésta traicionara a Francisco José. Simplemente era una mujer que le gustaba rodearse de aduladores (hasta que se aburría de ellos).

Katharina Schratt, una actriz austríaca, se convirtió en amante del emperador, a quien acompañó hasta la muerte de éste en 1916. Sissi consintió esta relación.

Hacia 1886 Isabel pareció intuir que una serie de terribles desgracias la iban a golpear e incluso que su muerte estaba próxima. Alguien le contó la maldición que pesaba sobre los Habsburgo. Según la leyenda, desde tiempos lejanos una figura desvaída y misteriosa, la Dama Blanca, solía aparecerse a los miembros de la familia para anunciar una tragedia. Sissi la había visto en varias ocasiones, pero ahora pensaba que ya no podría rehuirla: «Sé que voy hacia un fin espantoso que me ha sido asignado por el destino y que sólo atraigo hacia mí la desgracia», le dijo un día paseando a su leal condesa de Festetics. 
Primero fue la muerte en extrañas circunstancias de Luis II de Baviera, su primo más querido, que apareció ahogado en las aguas del lago de Starnberg. La noticia de su trágica muerte, al día siguiente de haber sido recluido a la fuerza en el castillo de Berg, agravó el extravagante comportamiento de Sissi. Se aficionó al espiritismo para contactar con él y afirmaba que Luis se le había aparecido en varias ocasiones. 

Rodolfo de Habsburgo

El 30 de enero de 1889, la emperatriz recibió un duro golpe, al enterarse del suicidio de su hijo. El heredero del Imperio había sido encontrado junto a su amante, María Vetsera. Sissi estaba devastada. Se deshizo de todos sus vestidos y joyas, que repartió entre sus hijas y damas. A partir de ese momento, vistió luto y nunca más se dejó fotografiar ni retratar. A sus sesenta años, seguía recorriendo el mundo, huyendo de su dolor.


Muerte

Asesinato de Isabel de Baviera

En sus últimos años Suiza se convirtió en uno de sus destinos favoritos. Ya casi nunca ponía un pie en Viena, pero mantenía una fluida correspondencia con su esposo. Tras más de cuatro décadas de matrimonio y tantas desavenencias, ahora se mostraban cariñosos y comprensivos el uno con el otro. Atrás quedaban los reproches, y trataban de consolarse mutuamente en el ocaso de sus vidas. 
Fue en Ginebra donde Sissi se encontró cara a cara con la Dama Blanca. En el mañana del 10 de septiembre de 1898, la emperatriz y su nueva dama de honor húngara, Irma de Sztáray, salieron del hotel Beau Rivage donde se alojaban, a orillas del lago Leman. Se disponían a coger el vapor de línea para Montreaux cuando en el embarcadero un individuo se abalanzó sobre ella y le clavó un estilete a la altura del corazón. Sissi cayó al suelo, pero no se dio cuenta de que la habían herido. Se levantó enseguida y las dos damas caminaron cien metros hasta subir al barco. Ya en cubierta la emperatriz se desplomó y los que la atendieron comprobaron que estaba muerta.

Luigi Lucheni

Su agresor, un anarquista italiano desquiciado de nombre Luigi Lucheni, confesó que se encontraba en Ginebra con la intención de asesinar al pretendiente al trono de Francia, Enrique de Orleans. Pero quiso el destino que éste no llegara a la ciudad como tenía previsto, y el asesino cambió de víctima. En un diario local leyó que la emperatriz de Austria se hallaba de paso en la ciudad y se alojaba en el Beau Rivage. Sólo tuvo que esperar y alcanzar a la dama de negro, que nunca llegó a su destino.

Sepulcro de Francisco José, Isabel y Rodolfo

Cuando el emperador se enteró en el palacio de Schönbrunn de la muerte de Sissi a través de un escueto telegrama, intentó mantener la compostura pero se le saltaron las lágrimas. Isabel quería ser enterrada junto al mar, en su refugio de Corfú, muy lejos de Viena, que para ella se había convertido en una «ciudad maldita». En su lugar, y siguiendo el tradicional protocolo de los Habsburgo que Sissi tanto aborrecía, su cadáver embalsamado comenzó un macabro ritual. Su corazón herido fue depositado en la capilla de Loreto de la iglesia de los Agustinos, en una urna de plata. En la catedral de San Esteban quedaron custodiadas en un nicho sus vísceras, junto a las de otros augustos monarcas. El féretro cubierto de flores blancas, acompañado de doscientos jinetes montados en caballos negros, fue conducido a la iglesia de los Capuchinos donde llegó a las nueve de la noche. En su lúgubre y húmeda cripta Isabel de Baviera, descansa entre los Habsburgo, como una extraña y en contra de su voluntad.



Fuente:
Morato, Cristina Morato, "Reinas malditas", Plaza&Janes, 2014.



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