domingo, 23 de junio de 2013

Las bodas de María Tudor, hermana menor de Enrique VIII

Matrimonio francés
El rey Enrique empezó a negociar la unión de su hermana, la princesa María, con Luis XII, que acababa de enviudar. El matrimonio por poderes de ambos tuvo lugar el 13 de agosto de 1514 y Catalina de Aragón estuvo entre los que viajaron en octubre a Dover para acompañar a "la reina francesa", como llamaban a la princesa María, que partía hacia su nuevo país.


La boda de María Tudor con Luis XII

Como la princesa María había estado formalmente comprometida con Carlos de Austria durante los últimos seis años (aunque nunca se habían conocido) no puede sorprender que los representantes de los Habsburgo hablaran "vergonzosamente" del matrimonio de "una dama tan bella" y "un hombre débil, viejo y picado de viruelas". La princesa tenía dieciocho años, su esposo cincuenta y dos. La salud del rey Luis era terrible, pero como sólo tenía dos hijas necesitaba un heredero varón. 

Encabezaba la escolta de la "reina francesa" en el exterior Charles Brandon, de treinta años, que había sido nombrado duque de Suffolk la primavera anterior. Suffolk era uno de esos ingleses grandes, apuestos y directos, al parecer irresistibles para las mujeres, cuya lealtad más profunda era no obstante hacia su señor y amigo, Enrique VIII. En los torneos, se decía, se comportaban "como Héctor y Aquiles". No particularmente inteligente o sutil, a diferencia del rey, el duque Charles era un hombre franco. Pero esas características no impidieron el meteórico ascenso de Suffolk, ayudado no sólo por el rey sino también por una serie de dudosas maniobras matrimoniales en que Suffolk al menos siempre terminaba económicamente favorecido. Por ejemplo, se casó con una dama, que quedó embarazada, y a la que luego repudió en favor de su tía, veinte años mayor, para obtener una herencia también mayor. Luego hizo invalidar su matrimonio basándose en la relación entre tía y sobrina y, mientras se guardaba la herencia, volvió a casarse con la primera dama...


Enrique VIII

Una de las mujeres que hallaban irresistible a Suffolk era evidentemente la princesa María. Mientras sollozaba "junto al agua" antes de su partida de Dover, parece haberle sacado cierta promesa a su hermano en el sentido de que, si cumplía ese desagradable deber del matrimonio francés con el enfermo rey Luis por razones de Estado, cuando éste muriera a ella se le permitiera volver para elegir a su propio esposo. La imagen de Suffolk, glorioso en su juventud, blandiendo su gran lanza con su enorme vara de madera una y otra vez en el torneo por la boda francesa, es inolvidable. Él era observado por la joven reina, sentada muy erguida, mientras el esposo estaba demasiado débil para hacer otra cosa que permanecer tendido a su lado, después de intentar, probablemente sin éxito, consumar su matrimonio la noche anterior.  


El temerario matrimonio de Suffolk con la princesa María

María Tudor y Charles Brandon

Cuando murió el rey Luis, el 1 de enero de 1515, la "reina francesa" reclamó su promesa de un futuro más satisfactorio. Es decir, en una conmoción de lagrimas, logró persuadir a Suffolk para que se anticipara con sus actos a una futura ceremonia de matrimonio y luego anunció, tal vez mintiendo, que estaba embarazada. Suffolk se encontró explicándole a su furioso monarca que "nunca se vio llorar así a una mujer". 

Para la época, no era injustificada la ira del rey Enrique. Su promesa "junto al agua" no tenía valor porque la había hecho bajo presión emocional, del mismo modo que Suffolk se había sentido obligado. La mano de su hermana en matrimonio había asegurado una alianza con Francia; ella volvía a ser libre, la princesa más bella de Europa, y el hecho de que estuviera disponible podía aportarle otras ventajas. Es cierto que el nuevo rey de Francia, Francisco I, podía reclamar en segundo matrimonio a la reina viuda de Francia: al menos, el compromiso secreto con Suffolk le había puesto fin a eso. 

María Tudor

De todos modos, ése fue el método por el cual la nueva pareja, de vuelta en Inglaterra, finalmente obtuvo el perdón del rey. Ése fue el aspecto más interesante de todo el asunto desde el punto de vista del carácter de Enrique VIII. Gracias a las negociaciones de Wolsey, el rey recibió las más abyectas disculpas tanto de su amigo como de su hermana: ellos no habían deseado oponerse a su voluntad y pagaron además un precio considerable en joyas y vajillas de María. En vista del profundo afecto del rey por ambos, de la satisfactoria humillación de éstos y de su propia ventaja económica, permitió a la pareja volver a la corte en el verano.


Bibliografia                                                                                                         Fraser, Antonia: Las seis esposas de Enrique VIII, Byblos, Barcelona, 2007.

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