miércoles, 31 de julio de 2013

La muerte de Jane Seymour

El nacimiento de un príncipe


Jane Seymour y su hijo Eduardo

La reina Jane se retiró a su cámara a fines de septiembre. Luego, la tarde del 9 de octubre, la reina se puso de parto. Estaba tendida en los apartamentos reales recién reacondicionados en Hampton Court,. La agonía de Jane no terminó pronto, como tampoco la del país que esperaba. Al cabo de dos días una solemne procesión recorría la ciudad para "orar por la reina que estaba entonces de parto". Finalmente, a las dos de la mañana del día siguiente, 12 de octubre, nació el niño. 
El niño fue bautizado con el nombre de Eduardo, por su bisabuelo, pero más en particular porque era la víspera de San Eduardo. Antonio de Guaras se enteró de que el rey lloró al tomar al hijo en sus brazos.

A pesar de la duración del parto el bebé no nació por cesárea, como se rumoreó luego. La operación se conoce desde tiempos antiguos; probablemente su nombre deriva de la ley romana, la lex Caesarea, respecto del sepelio de mujeres que morían mientras estaban embarazadas (no por el nacimiento de Julio César, como a veces se sugiere). Pero por entonces era impensable que una mujer sobreviviera a ella.

El futuro Eduardo VI

Entretanto, todo el mundo, o así parecía, se volvió loco de júbilo. Los Te Deum, las fogatas, los barriles que rebosaban vino para los pobres, siempre dispuestos a "beber hasta que quedasen tendidos", las campanas que sonaban de la mañana a la noche en cada iglesia, el ruido de los cañones —2.000 dispararon desde la torre— que las ahogaban, todo eso puede imaginarse.


El bautismo, el 15 de octubre, fue suntuoso. En ausencia de la marquesa de Dorset en Croydon, Gertrude marquesa de Exeter llevó al bebé, asistida con su preciosa carga por su esposo y el duque de Suffolk. La cola de su manto fue levantada por el conde de Arundel, hijo de Norfolk. Entre los caballeros de la cámara privada que sostenían el dosel sobre la cabeza del bebé estaba su tío, Thomas Seymour. María actuó como madrina del niño que al fin ocupaba su lugar como heredero del trono inglés. El 18 de octubre, el bebé fue proclamado príncipe de Gales, duque de Cornualles y conde de Carnavon.


La muerte de una reina
En aquellos tiempos, la fiebre puerperal era la causa mas común de muerte en mujeres embarazadas, ya que el tratamiento y limpieza no eran adecuados. La cantidad de mujeres que morían de fiebre puerperal tras el parto en esa época es imposible de precisar; las estimaciones varían del diez al treinta por ciento. 

Semmelweis fue un personaje del siglo XIX que descubrió un método para prevenir la fiebre puerperal 

El hecho de que un tercio de las esposas del rey murieran de esa manera, sin embargo, destaca el hecho de que el privilegio no significaba protección. Por el contrario, las mujeres de la realeza y aristocráticas tenían más peligro en ese sentido que las mujeres del pueblo. Dar el pecho protegía en parte a estas últimas de los reiterados embarazos, mientras que las mujeres aristocráticas, con sus infantes con casas enteras para cuidarlos además de las amas de cría, debían volver a la tarea de proporcionar otros herederos tan pronto como fuera posible. 

Jane se debatió por un tiempo y la tarde del 23 su chambelán, lord Rutland, anunció que estaba levemente mejor gracias a "una evacuación natural". Pero la mejoría no duró. 

Detalle de Jane Seymour en el mural de Whitehall

Pronto comenzó delirar y a la mañana siguiente mando a llamar a su confesor. La reina Jane murió a medianoche el 24 de octubre, sólo doce días después del nacimiento de su hijo. Tenía veintiocho años y había sido reina de Inglaterra menos de dieciocho meses. Las mismas iglesias que habían celebrado el nacimiento con tal entusiasmo estaban ahora cubiertas de crespones. Misas solemnes por el reposo de "el alma de nuestra muy bondadosa reina" reemplazaron los jubilosos Te Deum. Como el rey Enrique le dijo al rey de Francia, que lo felicitaba por el nacimiento de su hijo: "La divina providencia ha mezclado mi alegría con la amargura de la muerte de la que me trajo esta felicidad".


El sepelio de la reina Jane estaba previsto para el 12 de noviembre. Mucho antes de esa fecha ya que se había discutido la cuestión de una nueva reina. De manera fría, Cromwell procedía a revisar la posibilidad de una princesa francesa, una vez más. 



Enteramente amada
Esto no implica que el pesar del rey no fuera sincero. El rey Enrique quedó con un recuerdo sentimental permanente de una joven mujer pálida y dócil que había sido la esposa perfecta. La recordaría el resto de su vida y continuaría visitando nostálgicamente el hogar familiar de ella en Wolf Hall, donde había comenzado el romance de ambos. En su último testamento, Jane Seymour fue ensalzada como su "verdadera y amante esposa"

 
Enrique VIII, Jane y Eduardo. 

El rey Enrique dejó los arreglos para el sepelio de la reina Jane, según su costumbre, al duque de Norfolk, como conde mariscal, y a sir William Paulet, tesorero de la casa. El rey se "retiró a un lugar solitario para atender sus penas". Los funcionarios mandaron llamar al heraldo de la Jarretera "para estudiar los precedentes", ya que, si bien tenían cierta experiencia en el sepelio de reinas anteriores, una reina "buena y legal" no había sido enterrada desde Isabel de York, hacía casi treinta y cinco años. 


Primero el cerero "hizo su tarea" de embalsamamiento, luego el cuerpo de la reina fue "emplomado, soldado y encajonado" por los plomeros. Después, damas y caballeros de luto, con pañuelos blancos que caían sobre su cabeza y hombros , mantuvieron una guardia perpetua en torno del ataúd real en "una cámara de presencia" iluminada por veintiuna velas hasta el 31 de octubre, vigilia de Todos los Santos, cuando la capilla de Hampton Court y la gran cámara y las galerías que conducían a ella fueron cubiertas por crespones y "decoradas con ricas imágenes". El ataúd, tras ser perfumado con incienso, fue llevado en procesión de antorchas a la capilla, donde el heraldo Lancaster, en voz alta, pidió a los presentes que "por su caridad" rogaran por el alma de la reina Jane.

Tumba de Jane Seymour

Un monumento magnífico se planeó para la tumba que el rey pensaba compartir con la reina Jane en la plenitud del tiempo: debía haber una estatua de la reina reclinada como en el sueño, no en la muerte, y debían haber niños sentados en los ángulos de la tumba, con canastas de las que surgieran rosas rojas y blancas de jaspe, cornelina y ágata, esmaltadas y doradas. 


Las propias joyas de la difunta reina, incluidas cuentas, bolas y "tabletas" fueron distribuidas entre sus hijastras y las damas de la corte (María fue la principal beneficiaria). Cadenas y broches de oro fueron para los hermanos de la reina, Thomas y Henry Seymour. Pero los bienes y la dote de la reina Jane volvieron a ser del rey. 




Bibliografia
Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

2 comentarios:

  1. ¿Tan espantoso fue este parto? Pobre Jane, yo creo que le ofreció un amor limpio a Enrique y él la amó porque no sabía lo que era realmente el amor, la paz que este da. Con Catalina solo debió estar por el deber y los arrebatos pasionales con Ana están genial para las películas pero ¿hasta que punto había amor ahí? Ana tenía demasiado caracter para el egoísta Enrique! Jane era la esposa perfecta para el: una mosquita muerta. Pero en mi opinión Jane Seymour sentía miedo más que ser mosquita muerta. Bueno voy a seguir con los personajes de la biblia.

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  2. Para que haya durado tres días, debió haber sido horrible. Enrique era prepotente y pues Ana fue la última de sus esposas que se atrevió a contradecirlo. Jane debió haberse percatado de eso. Y gracias por tu comentario (me encanta responderlos), y pienso escribir este fin sobre Jezabel.

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