miércoles, 3 de abril de 2013

Ana Bolena (Parte 6 y última)


 La acción vuelve ahora a Greenwich, donde se estaba celebrando el lunes 1 de Mayo el tradicional torneo presidido por el rey y la reina.  Iba a comenzar la justa entre lord Rochford y sir Henry Norris, cuidador de la Bolsa Privada y prometido de la enamorada anterior del rey, Madge Shelton, cuando, inesperadamente, el rey recibió un mensaje. Su contenido sólo puede conjeturarse, pero cualquiera que haya sido, lo hizo ponerse de pie y llevarse a Norris consigo. No le dio ninguna explicación a su esposa. Tal como se había ido de caza desde Windsor sin decirle adiós a la reina Catalina, ahora salió de Greenwich sin despedirse de la reina Ana. Nunca volvió a verla.


Enrique le recrimina a Henry Norris sobre su adulterio con la reina, escena de The Tudors


En su viaje de regreso a Londres, el rey le comentó a Norris ciertas revelaciones hechas por Smeaton; a pesar de sus incrédulas negativas. Norris fue llevado a la Torre de Londres. Aún más impresionante para quienes veían desarrollarse la tragedia —y hacía todo lo posible por no verse implicados— fue el arresto de lord Rochford. Si caía el hermano de la reina, ¿quién podía considerarse seguro?


Lord Rochford, el hermano de la reina, es arrestado

El arresto de la reina
El martes 2 de mayo la propia reina fue arrestada en Greenwich y llevada ante los comisionados que había realizado la investigación, presididos por su tío Norfolk, para oír las acusaciones que se formulaban contra ella. No sólo se le acusaba de adulterio sino también de incesto (la pena para ese cargo podía ser la hoguera) y, lo más terrible desde luego, de conspiración para asesinar al rey. Después la reina fue llevada a la Torre. Tardaron en llegar alrededor de dos horas. La reina Ana estuvo al borde del colapso en el momento en que llegó a la Torre.

Al ver la Torre, en cuyos calabozos tantos infortunados habían desaparecido, la reina comenzó a gritar. Se la oyó exclamar: "Fui recibida con mayor ceremonial la última vez que estuve aquí". El condestable de la Torre, sir William Kingston, un hombre justo y bondadoso, trató de consolarla. Le aseguró que no sería albergada en un calabozo sino en las habitaciones que había ocupado antes de su coronación. Ella lo recompensó arrodillándose y exclamando: "Es demasiado bueno para mí". Luego lloró y entonces "se puso a reír". 
Después, la reina consiguió atravesar el patio, pero finalmente pareció que las fuerzas la abandonaban. Cayó de rodillas. Frente a su escolta de lores, imploró a Dios que la ayudara "ya que no era culpable de la acusación". Entonces suplicó la ayuda de los lores mismos, ¿implorarían ellos al rey "que fuera bueno con ella"?


Pero el rey Enrique estaba muy lejos de esa escena tan desagradable, soñando en su vida futura con la modesta Jane Seymour. El juicio de Ana Bolena fue una cínica farsa. Sólo se proponía un resultado: su muerte. Esa muerte era necesaria para que el rey pudiera contraer un tercer matrimonio. 



¿Por qué se consideró esencial eliminar de manera definitiva a la reina Ana? La respuesta está en la conducta de su predecesora. Un nuevo divorcio hubiese cargado al rey con otra ex esposa sólo pocos meses después de haberse librado de la primera.

Ahora el sentimiento de culpa por la solitaria muerte de esa mujer triste y enferma en Kimbolton, que lo había amado hasta el fin, fácilmente se convirtió en ira contra la reina Ana: lo había seducido, por la magia o como fuera, alejándolo de la "buena reina Catalina". Entre lágrimas, el rey le dijo al joven duque de Richmond que Ana Bolena era "una puta envenenadora" que había planeado matar tanto al muchacho como a su hermanastra María.

La dama de la Torre



La reina Ana probablemente estuviera alojada en las denominadas Habitaciones Reales, en la Guardia Interior, hacia el sur de la Torre Blanca que había ocupado antes de su coronación, pues eso le había prometido sir William Kingston; los apartamentos de la reina estaban en un ala que se extendía hacia el norte desde la Torre Lanthorn. Las condiciones de su reclusión no eran duras. Tomaba sus comidas con el condestable, como era costumbre que hicieran los prisioneros de Estado, y la presencia de cuatro o cinco damas para atenderla demostraba que aún se la trataba como a la reina. No obstante, la reina Ana permaneció en estado de postración precipitado por la inquietud de su viaje y el terror a su llegada. Siempre había sido una mujer muy tensa, que fácilmente sucumbía a la ira o a las lágrimas. 

Parecía que la reina se había derrumbado por completo. Kingston informó a Cromwell que ella pasaba constantemente de la risa al llanto, tal como había hecho al ser recibida en la Torre. Pero sus palabras fueron cuidadosamente anotadas por sus damas. La reina Ana se referiría más tarde a esas mujeres con ira como a sus "guardianas". Ciertamente, eran mujeres leales al rey (y a Cromwell) que a su señora: una de ellas era la tía de Ana, lady Shelton, que había ocupado el puesto de gobernanta de la princesa Isabel; también estaban lady Kingston y la señora Margaret Coffin, esposa del Maestro del Caballo de la reina, y cierta señora Stoner. 

Aun en sus momentos de cordura, la reina Ana estaba muy atemorizada, y con motivo. No tenía ni idea de en qué se basaban concretamente los cargos contra ella. Se arrestó a otros cortesanos a los que se imputaba haber estado imprudentemente relacionados con la reina. El 4 de mayo fueron apresados sir Francis Weston y William Brereton, camarero de la cámara privada: aunque había cierta inquietud oficial, como escribió sir Edward Baynton, "porque ningún hombre confiesa nada contra ella, salvo Mark [Smeaton] acerca de nada". El 8 de mayo fue arrestado el antiguo admirador de Ana Bolena, sir Thomas Wyatt, aunque luego fue puesto en libertad. 


Brereton es apresado

Los fríos procesos de la ley seguían en el mundo exterior. La maquinaria del Estado Tudor podía tener efectos tiránicos, pero existía, y se evitaba cuidadosamente dar la impresión de tiranía. Las acusaciones de traición se presentaban ante grandes jurados tanto en Middlesex como en Kent: esos se hacía para cubrir las áreas geográficas donde supuestamente habían tenido lugar los diversos delitos. 

Los supuestos amantes
Lo que resultaba tan atemorizador para la reina, era la posición de cercanía en la corte de los arrestados. Había mantenido encuentros íntimos con los cuatro hombres —Smeaton, Norris, Weston y Brereton— que fueron procesados primero. ¿Cómo podían no serlo? Y los encuentros íntimos implicaban la clase de galanteo romántico pero sin consumación que el rey se había permitido alegremente desde el principio de su matrimonio y, siguiendo su ejemplo, eran parte de la costumbre en una corte del Renacimiento. 


Ana Bolena con Smeaton

En cuanto al juicio de Smeaton, Norris, Weston y Brereton, que tuvo lugar en Westminster Hall el 12 de mayo, hay un contraste entre la larga lista de adulterios y conspiraciones en Hampton Court, Greenwich y York Place (Whitehall) que se leyó y las habladurías de entonces, adornadas posteriormente. Los cargos eran en su mayoría absurdos: por ejemplo, que la reina cometió adulterio con Norris pocas semanas después del nacimiento de la princesa Isabel en una época en que todavía permanecía retirada en Greenwich. En cuanto a las habladurías, no constituyen ninguna prueba. 



El joven y apuesto músico Mark Smeaton fue acusado de estar enamorado de la reina y de recibir dinero de ella. Sus finas ropas habían desatado los celos, considerando sus pobres antecedentes y la magra remuneración del rey. A Weston también se lo acusó de recibir dinero de la reina, pero ella se lo daba a muchos jóvenes cortesanos; era parte de su papel tradicional como protectora. Tal vez Smeaton estuviera enamorado de ella, lo que en sí mismo no era un delito, pero sin duda no había pruebas de que la reina correspondiera a su amor. 


Se suponía que sir Francis Weston había hecho insinuaciones semejantes —aunque con más elegancia—a la reina un año antes. El coqueteo de Weston con la prima hermana de la reina, Madge Shelton, comprometida con sir Henry Norris, había fastidiado a la reina, que lo había reprobado por ello. Weston se excusó osadamente diciendo que en realidad había ido a la cámara de la reina para ver a otra persona: "A vos". Pero al oír eso la reina "lo retó", es decir, le prohibió seguir avanzando con su lanza en la justa cortesana.

Los cargos contra Brereton nunca se concretaron. Pero es interesante observar que la acusación más grave contra sir Henry Norris también tenía que ver con Madge Shelton. Se sugería que su compromiso con Madge Shelton había sido un modo de encubrir su pasión por la señora de Madge. En ese sentido, se suponía que la reina le había hecho un comentario notablemente imprudentemente a Norris. Las palabras incriminadoras fueron éstas: "Buscáis zapatos del hombre muerto, porque si algo malo le sucediera al rey me pretenderíais". El añadido del significante detalle sobre la muerte del rey conllevaba el tinte fatal de la traición.



Ninguna de esas consideraciones tuvo en cuenta el jurado que se reunió en Westminster Hall el 12 de mayo como consecuencia de los informes enviados por los grandes jurados de Middleesex y Kent. Las reglas de la justicia de la época no permitían la asistencia de abogados defensores si los cargos eran de traición. Los cuatro hombres fueron condenados a morir en Tyburn con las penalidades extremas de la ley: ser destripados en vida, castrados, y luego desmembrados. 

El juicio de los hermanos Bolena 


Escena de Anne of the Thousand Days

El lunes 15 de mayo tuvo lugar el juicio de lord Rochford y de la reina Ana en la Gran Sala de la Torre de Londres. No fue un juicio a puerta cerrada. Chapuys estimó que unas 2.000 personas asistieron al espectáculo, para las cuales se erigieron plataformas especiales. Ninguno de los veintiséis pares que tomaron parte en el juicio era desconocido para el hermano y la hermana, y con algunos tenían una relación muy estrecha. El tío de ambos, el duque de Norfolk, lo presidió como gran administrador. Participó el suegro de lord Rochford, lord Morley. Hasta el juvenil enamorado de la reina, Henry Percy, conde de Northumberland desde la muerte de su padre, estaba entre los pares presentes, aunque alegó una repentina enfermedad y se marchó antes de que concluyeran las actuaciones.



No era novedoso repudiar públicamente vínculos estrechos. Aunque Thomas Bolena, conde de Whiltshire, fue excusado de la tarea de condenar a sus propios hijos, no hay ningún indicio de que el hombre que había sido un fiel servidor del rey durante toda su vida adulta (y que intentaba seguir siéndolo) hiciera algún intento por oponerse a los acontecimientos que conducían a la inevitable condena de ambos. En cuanto a Norfolk, lloró —"el agua corría por sus ojos"—pero presidió. La reina fue juzgada primero. Llegó en un estado de ánimo tranquilo. Según el heraldo Charles Wriothesley, que se hallaba presente, dio "prudentes y discretas respuestas a sus acusadores", excusándose con sus palabras tan claramente "como si no fuera realmente culpable". Pero luego las pruebas presentadas no eran suficientemente convincentes como para producir un cambio de actitud y una confesión. 

Sin duda no era culpable. La reina Ana nunca admitió haber cometido delito alguno y las pruebas en su contra eran una mezcla de verdaderas a medias y de mentiras descaradas. Es menos probable todavía que la reina pusiera en peligro su posición cometiendo adulterio y mucho menos deseara la destrucción del único hombre cuyo favor dependía por completo, el rey. 

El juicio de lord Rochford siguió al de la reina. Las pruebas contra él de incesto con su hermana eran patéticas. Los comentarios negativos que se hicieron mucho después sugerían que la reina "deseando mucho tener un hijo varón que sucediera al padre, y al hallar que el rey no la contentaba", usó a su hermano (entre otros) para concebir un hijo. Eso era muy diferente de la prueba presentada en su momento. La esposa de Rochford, Jane, se refirió a una "indebida familiaridad" entre hermano y hermana. Eso fue todo. Rochford mismo habría exclamado con amargura ante sus jueces: "Sobre la evidencia de sólo una mujer estáis dispuestos a creer ese gran mal de mí". Hubo por otra parte un vago comentario acerca de que lord Rochford estaba "siempre en el cuarto de su hermana", algo que no constituye ningún delito ni, pensaría uno, es prueba de incesto. No hubo ningún intento de demostrar conspiración para el asesinato. 

El papel de lady Rochford en el juicio


Jane Parker, esposa de George Bolena

La cuestión de la impotencia del rey, sobre la cual se especulaba mucho en privado, podía emplearse para eliminar a la reina Ana. Fue entonces cuando se presentaron las palabras fatales de la reina Ana a lady Rochford, "que le Roy n´estait habile en cas de soy copuler avec femme, et qu´il n´avait ni vertu ni puissance" (que el rey era incapaz de hacer el amor con su esposa y que no tenía ni habilidad ni virilidad). Aunque el documento se había redactado en la corte, lord Rochford tuvo la presencia de ánimo de leerlo en voz alta. Fue mucho más perjudicial que la insensatez relativa al incesto, porque tenía mayores probabilidades de ser veraz. 



Los motivos de Jane Rochford se desconocen: su padre, lord Morley, había sido un devoto partidario de la reina Catalina, y ella misma podía estar tratando de contribuir a la causa de María, la hija de Catalina. O tal vez simplemente tratara de permanecer en el lado ganador (como en realidad sucedió) a pesar de la desventaja de la "culpa" de esposo. En todo caso, tan terribles palabras condenaron a la reina Ana todavía más. Nadie podía insultar al monarca de manera tan devastadora en lo más íntimo y vivir (en especial si había una inquietante posibilidad de que la acusación fuera cierta).

La sentencia, pronunciada por Norfolk, fue la misma en ambos casos: la reina y su hermano debían ser quemados o ejecutados de acuerdo con el deseo del rey. Lord Rochford había negado su culpabilidad y la reina Ana había hecho otro tanto. Tras la sentencia, los dos admitieron formalmente que merecían el castigo. Era lo habitual en la época: proporcionaba un adecuado marco de referencia para pedir el perdón y, dado el caso, evitar la confiscación de propiedades. 

Dos días más tarde, el 17 de mayo, los cinco hombres condenados fueron ejecutados en Tower Hill. Por deseo del rey, les fueron conmutadas las terribles penas que debían pagar en Tyburn. Los cinco murieron declarándose leales a su señor, aunque sólo Smeaton pidió perdón por sus "faltas". Lord Rochford, ejerciendo el privilegio del hombre condenado de dirigirse a la gran multitud que siempre se reunía para asistir a tales espectáculos populares, mantuvo su estoicismo hasta el fin. 




"Señores todos —empezó con voz vibrante—, vengo aquí no para predicar y dar un sermón sino para morir, ya que la ley lo ha decidido, y a la ley me someto." Luego recomendó a su audiencia que confiara en Dios y no en las "vanidades del mundo". Esos sentimientos de resignación y piedad tuvieron mucha aprobación entre aquellos que poco antes habían estado apostando por su absolución, pues era inocente.  


"La espada de Calais"



Ahora la reina Ana vivía esperando su muerte hora a hora. Después de la dignidad de su conducta en el juicio, volvió a una conducta más errática. Podía estar "muy contenta" y tomar "una gran comida", o hecha un mar de lagrimas. A veces, decía Kingston, la reina decididamente deseaba morir y "a la hora siguiente todo lo contrario de eso". Oscilaba entre hablar de retirarse a un convento —"y tiene esperanzas de vida"— y discutir su propia ejecución.  

Esta última perspectiva llevó a la reina a hacer un chiste negro. El "verdugo de Calais" había sido convocado especialmente (a un coste de 24 libras) ya que era un experto con la espada; así, en el caso de Ana, la afilada y eficiente "espada de Calais" reemplazaría el hacha. Ése era un favor para la victima, ya que su muerte probablemente fuera rápida (el uso del hacha podía ser a veces un asunto terriblemente largo). 



Cuando la reina se enteró, había "oído decir que el verdugo era muy bueno", dijo que estaba muy bien pues ella tenía "un cuello pequeño". Luego se lo rodeó con la mano, ese "cuello marfileño...muy erguido", una vez elogiado por un admirador como su belleza característica. Todo el tiempo, según Kingston, ella "rió de corazón". Kingston agregó que había visto a "muchos hombres y mujeres" ejecutados que habían estado "en gran pena", mientras "esa dama tiene mucha dicha y placer en la muerte". 

Un matrimonio inválido


Pero Ana Bolena no moriría como una reina, ese título por el cual había tenido al rey en juego siete largos años granjeándose la hostilidad de casi todo el país. Antes de que llegara la hora de su muerte, debía tener lugar un ritual extravagante: al rey se le aseguró un segundo divorcio.  Es decir, el matrimonio de Ana con el rey Enrique VIII fue declarado inválido por el arzobispo Cranmer. No se sabe con seguridad por qué se creyó necesaria esa farsa judicial. Tampoco se entiende su lógica, porque si Ana nunca había estado casada legalmente con el rey, no podía haber cometido adulterio como su esposa. 

Pueden suponerse las razones que satisficieron a Cranmer para poder declarar legalmente inválido el matrimonio del rey con Ana Bolena. Posiblemente Ana le confiara a Cranmer, en una entrevista del 16 de mayo, que ella había tenido no sólo un precontrato con lord Percy sino que también se había casado en secreto con él; o bien que la relación de ambos se había consumado después del compromiso. En eso, Ana puede haber estado exagerando para salvar su vida, o tal vez, como se ha comentado, dijera la verdad ahora que le interesaba ser sincera. Su relación con Percy había sido al parecer bastante ambivalente como para justificar una dispensa del Papa a fines de 1527 para cubrirla; la posterior esposa de Percy adujo que su esposo había tenido un precontrato con Ana, aunque el propio Percy lo negó rotundamente. 


Cranmer

El decreto de nulidad fue fechado el 17 de mayo, la copia oficial firmada el 10 de junio y suscrita por las dos cámaras del Parlamento el 28 del mismo mes, una semana después de la convocatoria. El matrimonio del rey y su segunda esposa quedaba oficialmente disuelto. Pero para entonces la ex reina Ana hacia tiempo que había muerto. Fueron a buscarla temprano por la mañana: hacia las ocho, el viernes 19 de mayo. Le había hecho una extensa confesión al arzobispo Cranmer el día antes y había recibido los sacramentos; mantuvo con fuerza su inocencia de los cargos contra ella y manifestó humildemente su amor al rey. 

Preparando la ejecución
Hubo cierta preocupación por el carácter público de la ejecución de la ex reina. Se temía lo que ella podía decir a la multitud en sus palabras de despedida; ¿podía confiarse en que siguiera el excelente ejemplo de su hermano? Se decidió ejecutar la sentencia no en Tower Hill, donde el público tenía libre acceso, sino dentro de la Torre, sobre el prado convenientemente contiguo a la capilla. Una ventaja más de emplear ese punto más privado era el hecho de que los portones de la Torre solían estar cerrados por la noche, de modo que podía controlarse la entrada.

De ese modo, en la Torre se congregó poca gente esa mañana de viernes, aunque no se trató de una ejecución a puerta cerrada. Thomas Cromwell estuvo presente, para supervisar la adecuada realización de su plan, con el lord canciller Audley, acompañado del heraldo Wriothesley. Los duques de Norfolk y Suffolk también estuvieron allí, así como el enfermizo joven duque de Richmond al que Ana Bolena supuestamente había tratado de envenenar. 


Henry Fitzroy


Charles Brandon

Presentes estaban el alcalde de Londres y sus sheriffs. Además acudieron los habitantes de la Torre, prácticamente una pequeña ciudad con sus múltiples viviendas. Antonio de Guaras, por ejemplo, que vivía muy cerca y tenía amigos que vivían dentro de la Torre, consiguió entrar la noche anterior, y así pudo contar de primera mano la ejecución en su Spanish Chronicle, a pesar del celo de las autoridades en no permitir la presencia de imperialistas. 

Ana Bolena llevaba una capa de armiño sobre un traje suelto de damasco gris oscuro, con detalles de piel y enagua carmesí. Una cofia de lino blanco le sostenía el cabello debajo del tocado. Había prometido no decir nada "sino lo que fuera bueno" cuando pidió autorización para dirigirse al pueblo, y mantuvo su palabra. 

El último discurso
Habló simple y conmovedoramente. 
«Buena gente cristiana, he venido aquí para morir, de acuerdo a la ley, y según la ley se juzga que yo muera, y por lo tanto no diré nada contra ello. He venido aquí no para acusar a ningún hombre, ni a decir nada de eso, de que yo soy acusada y condenada a morir, sino que rezo a Dios para que salve al rey y le de mucho tiempo para reinar sobre ustedes, para el más generoso príncipe misericordioso que no hubo nunca: y para mí él fue siempre bueno, un señor gentil y soberano. Y si alguna persona se entremete en mi causa, requiero que ellos juzguen lo mejor. Y así tomo mi partida del mundo y de todos ustedes, y cordialmente les pido que recen por mí»

Pronunció esas palabras, según escribió Wriothesley, "con un semblante sonriente". 

La ejecución



Luego Ana se arrodilló. Sus damas le quitaron el tocado, dejándole la cofia blanca que le sostenía el espeso cabello negro apartado del largo cuello. Una de las damas le puso una venda sobre los ojos. Ella dijo: "A Jesucristo encomiendo mi alma". 


Decapitación de Ana

A los presentes les pareció entonces que "de pronto el verdugo le arrancó la cabeza de un golpe" con su espada que apareció como por arte de magia, inadvertida para todos, incluida la mujer arrodillada. De hecho, la famosa "espada de Calais" había sido escondida en la paja que rodeaba el estrado. Para conseguir que Ana pusiera la cabeza en la posición correcta y dejara de mirar instintivamente hacia atrás, el verdugo había gritado "traedme la espada" a alguien que estaba de pie en los escalones próximos. Ana Bolena volvió la cabeza. La acción se cumplió. 

Después de cumplida la sentencia



Luego, una de las damas cubrió la cabeza con una tela blanca y las otras ayudaron con el cuerpo. Ambos fueron llevados veinte metros hasta la capilla de San Pedro ad Vincula. Allá fue enterrada discretamente la desgraciada mujer.


Enrique VIII y Jane Seymour

Enrique VIII y Jane Seymour se comprometieron secretamente en Hampton Court, temprano, en la mañana del 20 de mayo, veinticuatro horas después de la ejecución de Ana Bolena. Se atribuye a Jane el haber conseguido que el rey "reinstaurara" a su hija mayor, María Tudor. A diferencia de su predecesora, la cual nunca vio con buenos ojos a la hija de Catalina de Aragón y nieta de los reyes católicos. 



Ana Bolena represento el tumultuoso cambio que se dio en Inglaterra. El famoso segundo matrimonio de Enrique VIII que derrumbo los cimientos de la Iglesia católica en Inglaterra. Buena o mala, ¿acaso ella merecía tal castigo? Su único error fue no lograr concebir un heredero. Muchos dirán que suplanto a la bondadosa reina Catalina, y que su martirio fue bien merecido. Y sin embargo, la recatada y muy virtuosa Jane Seymour hizo algo parecido. Pero claro, al igual que a Enrique VIII y a la mayoría de sus súbditos, lo más fácil fue culpar a Ana Bolena. La joven Ana poseía un ingenio agudo, ya que Ana no se limitaba a aprender lo que le estaba permitido a las mujeres de su época. En cierta forma, Ana era considerada una mujer moderna para su tiempo, una damisela de tez morena observada con recelo por las facciones conservadoras. Jane Seymour logro el cometido en el que sus dos predecesoras habían fracasado. Pero con lo que sucedió años después nos damos cuenta de las ironías de la vida. El enfermizo niño que Jane dio a luz con tanta dificultad, Eduardo, falleció a los 15 años de edad. María Tudor, vivió 42 años, y paso a la historia como "Bloody Mary", debido a las persecuciones marianas durante su reinado. La niña cuyo nacimiento resulto ser una decepción para su padre, Isabel, tuvo un reinado de 44 años que fue llamado "La Edad de Oro". 


Capilla real de St. Peter ad Vincula

Ana Bolena, de treinta y cinco o treinta y seis años en el momento de su muerte, había sido reina durante casi tres años y medio, pero sólo hacía cuatro meses que había fallecido la primera esposa del rey. Como anticipo a la ejecución de la usurpadora, se dijo que las velas de cera que rodeaban la tumba de la reina Catalina en la catedral de Peterborough se "encendieron solas" en los maitines, el día anterior; del mismo modo misterioso, fueron "apagadas" sin ayuda humana en el Deo Gratias. En otras partes del país la gente juraba que había visto correr liebres —la liebre, el signo de la bruja— y seguiría viéndolas en el aniversario de la ejecución de Ana Bolena.


Tumba de Ana Bolena 


Bibliografia                                                                                                      Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

Ana Bolena (Parte 5)


El nacimiento de Elizabeth Tudor
En 26 agosto de 1533, Ana Bolena se encontraba en un avanzado estado de gestación. Según la costumbre, la reina Ana se recluyó en su cámara por anticipado, para aguardar el nacimiento de su hijo. El precedente era de suma importancia en esos asuntos, aunque hubiera habido un cambio de reina. 


Ana Bolena (Natalie Dormer) después del parto en The Tudor



El 7 de septiembre a las 3 de la tarde, Ana dio a luz a una niña a la que llamaron Elizabeth, igual que sus abuelas. La niña tenía el cabello rojo de su padre y los profundos ojos negros de su madre. 


El parto fue sencillo, tanto la niña como la reina estaban sanas. Los astrólogos y médicos habían pronosticado que nacería un varón. Demuestra lo desconcertante e inesperado que fue este acontecimiento el documento oficial con el que la reina Ana tuvo que dar la noticia al mundo. Era lo establecido que las reinas lo anunciaran. Ese documento, dirigido a su chambelán lord Cobham, ya estaba preparado. Comenzaba de un modo muy florido: "Y donde ha agradado a la bondad de Dios Todopoderoso, con su infinita merced y gracia, enviarnos, en este momento, gran rapidez en el parto y el alumbramiento de un príncipe..."
Terminaba en estilo semejante: "A Dios Todopoderoso, buena salud, prosperidad, alabanza y elogio, y rogad por la buena salud, prosperidad y continua preservación de dicho príncipe" Estaba sellado con un timbre en nombre de "Ana, la reina". Pero hubo que añadir apresuradamente una "s" a príncipe [prince en inglés] para convertirlo en una aceptable versión para el siglo XVI de "princesa" [princess en inglés]. Esa notable aliteración atestigua la sorpresa y el disgusto que causó el nacimiento de la futura reina Elizabeth. 

Enrique VIII

Enrique VIII estaba decepcionado por el sexo de la criatura, sin embargo, este suceso no disminuyo el amor del rey por Ana. Elizabeth era la prueba de que Enrique era capaz de tener hijos sanos. En la capilla Real se canto un Te Deum y se planeo un lujoso bautizo. 

El bautizo 

Para el bautismo de la princesa Elizabeth, la reina Ana solicitó una "tela triunfal" especial que su predecesora la reina Catalina había traído consigo de España para los bautizos. Como era de esperar, Catalina se negó. "Dios no lo permita", se estremeció, que ella diera alguna "ayuda, asistencia o favor", directa o indirectamente, en "un caso tan horrible como éste". Parece ser que en esa ocasión Catalina sostuvo con éxito su negativa, a diferencia del año anterior, cuando una segunda orden del rey había tenido como consecuencia la entrega de sus joyas. Pero, al parecer, el rey no tenía interés en las telas triunfales. En todo caso, el bautismo de esa inesperada princesa fue un asunto de tono menor: por ejemplo, la espléndida justa planeada en honor de un príncipe se canceló de inmediato. 


Thomas Cranmer

El arzobispo Cranmer fue el padrino, como el cardenal Wolsey lo había sido de la princesa María. La madrina de bautismo fue la matriarca de la familia Howard, Agnes, duquesa viuda de Norfolk, una elección muy apropiada: también había sido una de las patrocinadoras de la hija mayor del rey. Pero en la confirmación que siguió de inmediato, Gertrude, marquesa de Exeter, leal amiga de la reina Catalina, se vió obligada a ser la madrina y a obsequiar a la princesa bebé tres cuencos grabados de oro y plata. Como gesto, la invitación a lady Exeter —que ella no pudo rehusar— fue tal vez  menos tajante que la petición a Catalina de la tela para el bautimo.




María Tudor, la hermanastra ilegítima de Elizabeth


El heraldo real remarcó el cambio de su condición de la hija primogénita del rey cuando proclamó a la recién nacida princesa Elizabeth como primera hija "legítima" del monarca. De inmediato, María fue la perdedora por el nacimiento de un bebé sano de la nueva esposa del rey. 
Si bien la disolución formal del matrimonio de sus padres en Dunstable, en mayo de 1533, había vuelto a María teóricamente ilegítima, hasta ese momento no se había tomado ninguna medida para remarcar el hecho.

Fue en noviembre de 1533 que la casa de María bajo la tutela de la condesa de Salisbury —la de una princesa real— fue disuelta y ella trasladada a la casa de la princesa Elizabeth, respecto de la cual era oficialmente inferior. 
Estaba también la desconcertante cuestión de la actitud del rey Enrique hacia su hija. Sin duda, en el momento del divorcio de 1533 aún le tenía mucho cariño; era un hombre afectuoso, muy amante de sus hijos —en tanto no se interpusieran en su camino— y la princesa María había sido en la infancia una niñita encantadora, sumisa y cariñosa, su "perla", como una vez la describió Enrique. Así como los derechos de María al trono no podían ser descartados a la ligera antes del nacimiento de Elizabeth, tampoco podía suponerse que el amor del rey por ella hubiese muerto junto con el amor por la madre. En octubre de 1532 hubo un grato encuentro entre padre e hija en el campo que se ha sugerido que no fue mera coincidencia. El rey no dijo mucho, salvo preguntarle a María cómo estaba, y asegurarle que en adelante la visitaría con mayor frecuencia. En cuanto a la relación de María con su madre, el rey no se mostraba resueltamente duro. Catalina y María podían escribirse mutuamente y en junio de 1533, cuando María enfermó, el rey permitió que el médico y el boticario de la reina Catalina la atendieran.
La nueva "lady María", que había usado el título de princesa desde que tenía uso de razón, fue humillada. Además, se le exigía que presentara sus respetos a su hermanastra Elizabeth: oficialmente una princesa real pero para ella no más que la hija de la odiada concubina. La salud de María se resintió. Ya no tenía su casa independiente sino que vivía en la estela de Elizabeth. Era particularmente intolerable tener que "mudarse y seguir a la BASTARDA", informó Chapuys, cuando la princesa María estaba indispuesta; eso lo hacía peor.



Los servidores de María, como los de su madre, estaban indignados con la relegación de que había sido objeto, y les costaba, como es lógico, no cometer equivocaciones. Lady Anne Hussey explicaba con cierta desesperación que la razón por la cual se había dirigido a lady María como a una princesa, era que estaba acostumbrada desde siempre a llamarla así.

Las amenazas vulgares que se comenta que la reina Ana hizo a María —"ella haría de la princesa una criada de su casa...o la casaría con algún sirviente", se jactó en abril de 1533— estaban obviamente enraizadas en los celos de ese afecto paternal, potencialmente peligroso para la posición de la propia Ana. Cabe imaginar que los informadores de Chapuys corrían a contarle los detalles del último estallido injurioso, cargando las tintas por supuesto. Pero si algunos detalles son tal vez demasiado coloristas, el cuadro general de la obsesión neurótica de Ana Bolena con la princesa María es bastante claro.


Un aborto en 1534
Para el Año Nuevo de 1534, la reina Ana le hizo al rey un regalo magnífico: una fuente dorada diseñada por Hans Holbein con su halcón heráldico. Pero el obsequio que Enrique VIII esperaba de su esposa era ese "nuevo hijo varón de la sangre del rey" que, citando otra vez las celebraciones de la coronación, produciría "un mundo dorado" para su pueblo. Como la responsabilidad de proporcionar un hijo por supuesto se consideraba que era de ella, debe haber sido una extraordinaria sensación de alivio que a comienzos de año la reina Ana descubrió que estaba embarazada. El 28 de enero de 1534, el rey Enrique le dijo en tono triunfal a Chapuys que pronto volvería a ser padre. 


La reina Ana le comunica al rey que esta embarazada de nuevo, escena de The Tudors

El embarazo de su esposa significaba que el rey tenía una base emocional satisfactoria para todo: sin duda se estaba cumpliendo el plan que Dios tenía previsto para Inglaterra y él mismo. Según le dijo a Chapuys a fines de febrero, la princesa Isabel no sería su heredera mucho tiempo, ya que esperaba que la reina alumbrara a un hijo varón "muy pronto". El rey Enrique era perfectamente capaz de ignorar el hecho de que, en marzo de 1534, mientras se preparaban una vez más las salas de los niños para el hijo de Ana Bolena, el Papa finalmente llegara a una decisión respecto de la reina Catalina. Al fin declaró que su matrimonio con el rey Enrique había sido siempre válido. 


Enrique VIII y Eleonor Luke, personaje ficticio de la serie inspirado en la dama que se gano el favor del rey en 1534.

Hubo "una joven muy hermosa" en otoño de 1534, según Chapuys. Había demostrado apego por "la princesa", que era como Chapuys se refería a María y no a Isabel, momento en que la inconstante corte empezó a tratar con más respeto a María. Luego estuvo Madge Shelton, cuyo goce de los favores reales parece haber durado unos seis meses; porque más tarde, en 1535, el rey tuvo otra de sus aventuras, esta vez con Jane Seymour. En el otoño de 1534, Ana le hizo una escena al rey "por la joven muy hermosa", quejándose de que ella no la trataba con suficiente respeto "en sus palabras y en sus acciones". El rey se marchó furioso. Pero con la ayuda de su cuñada Jane, vizcondesa de Rochford, fue fácil para la reina despedir a su rival de la corte. Madge Shelton, la siguiente en tener el favor del rey, no parece haber representado una amenaza; dada la estrecha relación de los Shelton con los Bolena, se ha sugerido incluso que la reina Ana fue quien proveyó a su bella prima para deleite del rey (aunque no hay ninguna prueba de ello).

Cuando la reina Ana alejó de la corte a "la joven muy hermosa", el rey estalló, diciéndole "que tenía buenos motivos para estar contenta con lo que había hecho por ella, que no lo haría ahora si la cosa debiera comenzar y que ella debía considerar de lo que había venido y otras cosas".


Ana Bolena aborta a su segundo bebé, escena de The Tudors

En ese contexto, entonces, el fracaso del embarazo de 1534 fue un duro golpe. El fin más probable debió de ser un hijo muerto, tal vez prematuro en un mes, pues la reina no se había retirado a su cámara. Pero no se anuncio: tales desgracias nunca eran el tema de los comunicados oficiales. 


Ana Bolena tras haber perdido a su bebé

Si bien se ha planteado la teoría de que ése fue un falso embarazo causado por la desesperada ansiedad de la reina, es una complicación innecesaria. La única prueba a su favor (aparte de la poco sorprendente carencia de información oficial) es un comentario del que Chapuys se hizo eco, de segunda o tercera mano probablemente. El flirteo del rey Enrique en el otoño de 1534, que enfureció a la reina Ana, se decía que se debió a las dudas del monarca en cuanto a que su esposa hubiera estado realmente enciente

El aborto de 1536
A lo largo de otoño de 1535 el estado de la reina se fue deteriorando. Para Navidad se informó que estaba muy grave. Pero en la corte, las tradicionales celebraciones de Año Nuevo fueron alegres, en particular para la reina Ana. No era tanto la enfermedad mortal de su predecesora lo que la llevaba al deleite sino el hecho de estar una vez más incuestionablemente embarazada: se acercaba a los tres meses a fin de año. En las primeras semanas de octubre de 1535, poco antes de la visita del rey a los Seymour de Wolf Hall, la reina Ana había concebido un hijo. A pesar de los amours de su esposo, de su creciente entusiasmo por la recatada Jane Seymour, Ana podía considerarse de nuevo "la más feliz"


Jane Seymour

A fines de enero —el 29 es una fecha probable— la reina Ana abortó. Era "un bebé varón", de algo más de tres meses. En ese momento, según el relato contemporáneo, la reina Ana estaba histérica por la decepción, y sin duda por la aprensión. El rey acababa de tener una caída en una justa que lo había dejado inconsciente dos horas. La reina estalló diciendo que esa desagradable conmoción había causado el aborto, tan grande era su amor por él. El alegato y las excusas cayeron en oídos igualmente sordos. Se supone que el rey comentó "de muy mal humor" que, cuando la reina se hubiera levantado de su lecho de enfermedad, "iré a hablar con vos". Pero una parte más ominosa de la misma historia tenía que ver con la exclamación del rey: "Veo que Dios no desea darme hijos varones". 



La biografía favorable de Ana Bolena de George Wyatt, que si bien escrita muchos años más tarde conserva las tradiciones de sus damas de compañía, transmite la misma impresión de una escena inquietante. Ahí el rey va a Ana "gimiendo y lamentando" la pérdida de su hijo, sólo para que Ana se derrumbe y se refiera a la "falta de bondad" de él. Las últimas palabras del rey fueron inequívocadamente amenazadoras: "Él no tendría más hijos con ella". 



Si el rey Enrique realmente encaró el aborto de su esposa con tal falta de simpatía no podemos saberlo con seguridad; pero que invocara la voluntad de Dios resulta más que plausible, dada la conocida tendencia del rey a interpretar sus propios infortunios a la luz de la divina desaprobación. Según otro relato contemporáneo de los Exeter, el rey le dijo a una persona de su círculo íntimo en la cámara privada que Dios le estaba negando un hijo varón. Lo más siniestro de todo esto fue la explicación que daba de ello: había sido embrujado por Ana Bolena, "seducido y obligado a ese segundo matrimonio mediante sortilegios y hechizos". Eso, después de todo, era negar definitivamente su responsabilidad personal en todo cuanto había hecho para abandonar a su primera esposa, ahora desaparecida para siempre.

Chapuys se enteró de que fue la noticia de los obsequios que el rey había dado recientemente a la "señorita Seymour" lo que causó el aborto de Ana. Según una historia de una fecha posterior, la reina Ana encontró a la señorita Seymour sentada sobre el regazo de su esposo; "reprochando" eso al rey, la reina Ana culpó de su aborto a ese desagradable descubrimiento. Se decía que había habido "muchos arañazos y golpes entre la reina y su doncella". 

Los complots contra la reina
Entretanto, la facción antibolena de la corte inglesa apoyaba la causa de Jane Seymour para que tuviera su propia cama grande ricamente ornamentada, que en ese caso el rey compartiría. 

En esa primavera de 1536, la corte inglesa era un lugar lleno de rumores de ascenso y de caída. Esa reina, a diferencia de su predecesora, nunca había podido construirse una base de poder, aparte de sus propios parientes (al menos uno de los cuales, el duque de Norfolk, sentía una fuerte antipatía por ella y no compartía sus ideas religiosas), mientras que por temperamento prefería desafiar antes que calmar. 


Thomas Howard, tercer duque de Norfolk



Sir Nicholas Carew

Formaban ya parte de esa facción no sólo los grandes como lord Montagu, que encabezaba la familia semirreal de los De la Pole, y los Exeter, sino también importantes miembros de la casa real, celosos de los Bolena. Sir Nicholas Carew, por ejemplo, el Maestro del Caballo, un hombre aproximadamente de la misma edad que el rey Enrique.

La alianza Imperial 


Carlos V

A los embrollos de la política inglesa y de sus luchas internas se sumaban ahora las presiones internacionales. Si debía haber un acuerdo entre España e Inglaterra entonces el emperador debía tragarse como fuera el insulto a España que representaba el trato dado a su tía. La muerte de Catalina, seguida por los rumores de que "la concubina" podía ser a su vez reemplazada, creaban una atmósfera en general favorable a un acuerdo. Si bien las demandas públicas del emperador en el sentido de que el rey Enrique reconociera una vez más la autoridad de Roma eran poco realistas, puesto que el rey Enrique seguía recibiendo los abundantes beneficios de la ex Iglesia católica en Inglaterra. 


Thomas Cromwell

Chapuys le aseguro a Cromwell que "el mundo nunca reconocería a Ana como esposa verdadera de Enrique pero que tal vez aceptaría a otra dama". El mismo Cromwell estaba consciente de que mientras Ana portara la corona de Inglaterra, la alianza con el emperador sería inestable. 

Caída inminente                                                                          La reina Ana era impotente. Sólo cabe sentir simpatía por la desesperada mujer. Después de todo, ¿qué crimen había cometido? (aparte de no alumbrar a un hijo varón). De modo que observaba cómo se deslizaba su destino alejándose de ella en medio de los espléndidos rituales de la corte: rituales que ella sabía muy bien cómo interpretar. En marzo se había informado de su "intensa ira" por el asunto amoroso del rey. 




Escena de The Tudors

El 23 de abril, una ceremonia constituyo el primer signo exterior de la revolución interna que se estaba produciendo. Sir Nicholas Carew fue nombrado candidato para la Orden de la Jarretera en lugar del hermano de la reina, George, vizconde de Rochford, que en general se esperaba que recibiera ese honor. Tales nombramientos eran valorados como una indicación pública del favor real. Todo el mundo sabía que Carew estaba "asesorando" a Jane Seymour. En privado, el 24 de abril, instigado por Cromwell, el rey Enrique firmó un documento crucial en el que nombraba al lord canciller Audley, a algunos jueces y a varios nobles, entre otros el tío de la reina, Norfolk, y el padre, para que investigaran ciertas actividades sin especificar que podían implicar traición. 

Intentos de reconciliación 


El rey Enrique y el embajador Chapuys en The Tudors

Ahora recurrió a métodos más suaves. Chapuys había declinado ir a la corte cuando la reina se encontraba allí y saludarla con el beso formal que correspondía a un embajador. Pero cuando, el mismo día en que los Seymour se instalaron en Greenwich, asistió a misa en la corte, la reina lo trató con mucha cortesía: "Porque cuando yo estaba detrás de la puerta por la cual entró ella, se dio la vuelta, sólo para hacerme una reverencia". Pero Chapuys, un sofisticado cortesano que entendía aquel lenguaje, respondió con la mayor frialdad. 


María Tudor respondiendo a Ana Bolena, escena de The Tudors

Aún más patéticos —en el sentido de que estaban condenados al fracaso— fueron los intentos de último minuto de la reina por establecer una relación más amistosa con su hijastra María, de los que informo Chapuys. Comprensiblemente, lady María no estaba dispuesta a ceder entonces y reconocer, como ella misma expresó, "a ninguna otra reina" salvo su difunta madre. 

Mark Smeaton es arrestado



En consecuencia, Mark Smeaton, el músico y "diestro bailarín" de la cámara del rey, fue alejado de la corte en Greenwich y arrestado el domingo 30 de abril. Posiblemente fuese torturado. No era noble para merecer un trato considerado, sino un joven de origen humilde (tal vez flamenco, su apellido pudo haber sido originalmente Smet o Smedt). Smeaton no contaba con otro sustento salvo su talento musical —las cuentas reales muestran pagos por sus camisas, medias y zapatos, y "gorras" desde 1529—; eso, y el hecho de que por consenso general era "un hombre muy apuesto". Si la historia de una cuerda anudada alrededor de su cabeza y apretada con un garrote es improbable, hubo otra historia "de que fue primero penosamente atormentado". Pero en todo caso, aquel joven asustado tenía pocas probabilidades contra el poder del Estado. Mark Smeaton hizo una confesión. 


Ana Bolena (Parte 4)

La caída del cardenal Wolsey



Pero el proceso y su fracaso tuvieron una consecuencia evidente. En otoño, el gran cardenal y el legado papal, Wolsey, cayó del poder. Según Cavendish, fue la propia Ana la responsable de darle el golpe de gracia; no le había perdonado nunca a Wolsey que la privara despóticamente de su enamorado, lord Percy. Ciertamente, muchos contemporáneos atribuyeron la desgracia del cardenal a la influencia de "la señora". 
En política, el cardenal tenía enemigos más poderosos: Thomas, tercer duque de Norfolk, tío de Ana, y el cuñado de Enrique, el duque de Suffolk, si bien no eran aliados eran ambos hostiles al prelado. Eso si no bastaba la paranoia del rey, su convicción de que el cardenal de alguna manera lo había traicionado, puesto que los planes habían fracasado. El rey se separó de su servidor en los términos más afables, sin dar ninguna muestra de sus intenciones. El soberano se encontraban en Grafton en su visita de otoño; estaba montado en el patio a punto de partir. La noche anterior Cavendish había observado que el rey le hacía un gesto al cardenal para que se cubriera la cabeza, un marcado signo de favor. El rey se marchó y nunca volvió a ver a Wolsey. 
El ascenso del cardenal había sido largo y duro, ganado paso a paso con trabajo, paciencia y arduo servicio. Su caída fue rápida. Una serie de golpes brutales lo despojaron de su poder. El fiscal de la corona, el 9 de octubre, lo acusó de ejercer sus poderes como legado papal en el reino del rey, suplantando la autoridad legal del rey. Fue relevado como lord canciller (reemplazado por sir Tomas Moro) y sentenciado a prisión. Se confiscó su fortuna y todos sus bienes fueron puestos "en las manos del rey", en las palabras del embajador francés.


Tomás Moro

Pero por el momento se permitió al cardenal permanecer en una de sus casas menores, en Esher, desde donde escribió una carta a Thomas Cromwell, sobre su deteriorada salud: cómo había estado "en tal ansiedad de la mente, que esta noche mi respiración y mi aliento...fue tan breve, que por un espacio de tres horas estuve como quien debió morir". Esperaba saber "si el disgusto de mi señora Ana se ha atenuado un poco, como le ruego a Dios que suceda". En un sentido, su plegaria fue escuchada. El médico del rey fue enviado a visitarlo en diciembre y Ana también le envió una joya de su cinturón con sus buenos deseos de recuperación. Pero había terminado la época del cardenal: murió un año más tarde, el 29 de noviembre de 1530, camino de Londres para el juicio. El padre de Ana Bolena dio un gran banquete que incluyó una representación en la que se veía al cardenal descendiendo al infierno, cuyo texto había impreso el duque de Norfolk.

La teoría de la supremacía real
El rey de Inglaterra estaba empezando a considerar una solución más radical prescindiendo de la autoridad del Papa. Él había sugerido los peligros de una escisión en los últimos años: el pueblo inglés podía volcarse en el luteranismo si no se le permitía el divorcio a su rey. No obstante, la bendición papal a la segunda unión de Enrique seguía siendo la respuesta más conveniente —porque tal unión no sería entonces cuestionada— y, después de todo, él había aceptado la autoridad papal para la dispensa relacionada con Ana. Pero dado que esa bendición estaba siendo penosamente escatimada, ¿necesitaba realmente reconocer la soberanía de Roma en tales asuntos? ¿Cuál era la naturaleza precisa de esa soberanía papal? ¿Por qué se extendía sobre los príncipes, a los que sin duda Dios mismo había destinado a gobernar? En diciembre de 1530 el Papa solicitó que se despidiera a Ana Bolena de la corte —el rey lo consideró "una medida muy injuriosa"— y, en enero de 1531, le prohibió al rey casarse mientras el caso de divorcio estuviera en sub judice en Roma: todo hijo nacido de tal unión sería considerado un bastardo. 

La teoría de la supremacía real no nació de la cabeza del rey armada como la diosa Atenea. El Parlamento reunido por primera vez el 3 de noviembre de 1529, que estaría destinado a llevar a cabo en siete años una revolución religiosa, tenía al principio objetivos diferentes. Moro, el nuevo lord canciller, se inclinaba personalmente por la erradicación del luteranismo, mientras que la estrella al servicio del rey, Thomas Cromwell, su secretario desde 1530, veía las cosas desde el punto de vista financiero. Cromwell vio la manera de solucionar las dificultades económicas del rey y de llevar al clero a la sumisión amenazándolo con el cargo de praemunire [delito de cuestionar la supremacía de la Corona], el mismo que había derribado a Wolsey. El clero, convocado en enero de 1531, tembló ante el cargo, ya que podía entender perfectamente bien cuál podía ser el castigo. Entregó al rey 100.00 libras para cubrir la posible complicidad con Wolsey. También aceptó que el rey tuviera un nuevo título: jefe supremo de la Iglesia y el Clero de Inglaterra. Aunque el envejecido arzobispo Warham agregó las palabras "en la medida en que la ley de Cristo lo permite" (lo que, tomado al pie de la letra, invalidaba el título) y el obispo Fisher protestó vigorosamente, se trataba sin duda de un alejamiento de Roma.

El incidente con el cocinero de Fisher


Fisher
Hubo un desagradable incidente cuando el cocinero del obispo Fisher le agregó un nocivo polvo blanco a la sopa de su señor, posiblemente con el fin de perjudicar a ciertos otros miembros de la casa a los que no quería; en realidad, la mezcla mató a unos mendigos a los que se alimentaba en la casa y puso al propio Fisher al borde de la muerte. Fue típico de la reputación de Ana Bolena por entonces que se rumoreara que su familia había organizado el envenenamiento: acusación de la cual no hay ninguna prueba. Pero el rey Enrique vio con claridad lo que tenía que hacer. Se permitió el placer de demostrar horror por tal conducta criminal ordenando que se matara lentamente al infeliz cocinero en aceite hirviente. 


El rey abandona a Catalina



El rey Enrique vio a la reina Catalina por última vez en julio de 1531. No le brindó una despedida afable, aunque hipócrita, como a Wolsey. Después de veintidós años de matrimonio no hubo despedida alguna. Se limitó a marcharse al amanecer a caballo de Windsor, donde se alojaba entonces la corte, para ir a cazar a Woodstock con lady Ana. Dejó que la infeliz reina descubriera por otros que él se había marchado. Luego, cuando Catalina le escribió una cortés carta de pesar pudo dar libre curso a la exasperación por las recriminaciones. 
"Dígale a la reina —le gritó el rey al mensajero— que no deseo ninguno de sus adioses". No le importaba que ella preguntara o no por su salud ya que le había causado infinitos problemas, rechazando todas las razonables peticiones de su Consejo Privado. 


La visita real a Francia
Enrique VIII acariciaba el proyecto de una visita francesa, una versión reducida del Campo del Paño de Oro, con el rey francés en Boulogne y el rey inglés en su propio territorio, en Calais. Enrique VIII deseaba el apoyo del rey Francisco para contrarrestar la hostilidad del emperador y, de ser posible, para intimidar al Papa. Por el principio del péndulo, se creía que el rey Francisco veía con aprobación el propuesto matrimonio del rey Enrique, ya que Carlos V lo condenaba (aunque el rey Francisco se había casado hacía poco con la hermana del emperador, Leonor de Austria, según los términos de la paz entre ellos después de Pavía). 


La tarea era delicada, no sólo por la condición de lady Ana —¿qué era, si no era la de esposa del rey, que obviamente no era?—, sino también porque la nueva reina de Francia era la sobrina de la reina Catalina. 

El rey Enrique se expresó de manera enérgica con su buen amigo Du Bellay, quien transmitió debidamente el mensaje: que la (hispano-austríaca) reina Leonor se mantuviera alejada, ya que él sentía horror por las mujeres vestidas à l´espagnole (según la moda española): le parecían demonios. Este comentario nada galante, pero fácilmente explicable, iba acompañado del ferviente deseo de que el rey Francisco llevara a su gran familia, "los Hijos de Francia", como se conocía a príncipes y princesas. También recibiría de buen grado a la hermana del rey, Margarita de Angulema, recientemente casada con el rey de Navarra; a esta petición lady Ana agregó sus propias súplicas, reivindicando la antigua amistad ya comentada. 


Margarita de Angulema

Dado que la bien criada Leonor de Austria no tenía intenciones de recibir a la mujer que estaba suplantando a su tía, la falta de galantería del rey Enrique probablemente estuviera haciendo de la necesidad una virtud; no pudo haber creído seriamente otra cosa. Pero la "amiga" de lady Ana, Margarita de Angulema, tampoco asistió al encuentro. 


Leonor de Austria

Entretanto, en Inglaterra, el rey Enrique tomaba medidas para dejar en claro que, con independencia de los remilgos de los franceses, lady Ana era ahora su esposa en todo menos en el nombre. En realidad, si título debía adecuarse a su nueva posición. El 1 de septiembre, lady Ana Rochford fue nombrada formalmente "marqués" de Pembroke: los gastos privados para ese mes incluían pagos para los mantos ceremoniales de seda con detalles de piel. El uso de ese título masculino (en lugar del de marquesa) no era significativo: la palabra marquesa rara vez se usaba por entonces, y a la esposa de un marqués se la solía llamar "la señora marqués". 

Catalina es despojadas de las joyas reales

Catalina de Aragón

Los ingleses, en especial las mujeres, podían gritar y protestar cuando veían a la amante real cazando, pero en Calais la nueva dama marqués sería tratada con todos los honores. Y eso era lo que contaba. Incluso luciría las joyas reales. El rey le envió un mensaje a la reina Catalina pidiéndoselas. Recibió una ácida réplica que demostraba al menos el espíritu de ella no estaba quebrado. ¿Por qué debía entregar voluntariamente las joyas que había lucido por tantos años como su esposa legal a "una persona que es un escándalo para la Cristiandad y que está causándole vergüenza y desgracia al rey por llevarla a tal reunión como ésa en Francia?" Que él le enviara una orden y ella obedecería. 

El rey envió debidamente la orden por medio de un miembro de su cámara privada: tenía la fuerza de una orden real. La reina, de acuerdo con su política de someterse a las órdenes del rey en todos los asuntos en que su autoridad era legal, cumplió. Envió "todo lo que tenía, con lo cual el rey quedó muy complacido". De modo que le fueron entregadas las joyas, incluidos veinte rubíes y dos diamantes "reservados para mi señora marqués". 

La visita entre los monarcas
La fraternal visita entre los reyes se dividió en dos partes. Primero el rey Enrique y una gran comitiva llegaron a Boulogne el 21 de octubre para ser agasajados durante cuatro días en territorio francés. El informe oficial del primer encuentro de ambos reyes (desde el verano de 1520 ) describía "la reunión más afectuosa que jamás había visto; porque uno abrazó al otro cinco o seis veces de a caballo; y otro tanto hicieron los lores de cada parte con los otros, y así cabalgaron tomados de la mano con gran afecto el espacio de una milla".


Enrique VIII

Pero el séquito del rey no incluía a la señora marqués de Pembroke ni a las damas reales francesas: todas las maquinaciones del rey inglés no lo habían podido lograr. Pero Enrique se reunión con los Hijos de Francia —el envidiable trío de hijos varones del rey Francisco— y arregló que su propio hijo, Henry Fitzroy, duque de Richmond, de catorce años, volviera a la corte francesa al final de las celebraciones, para completar su educación y pulirse. 

El turno de Ana llegaría durante los posteriores cuatro días pasados en Calais: del 25 al 29 de octubre. Entonces floreció: fue tratada como primera dama de la corte inglesa (el papel hasta entonces ocupado por la reina Catalina o por una representante real designada, como la hermana María del rey Enrique) y como tal abrió el baile con el rey francés. 


Francisco I de Francia

El rey Francisco también estuvo presente cuando el preboste de París la obsequió con su nombre con un fino diamante, saludándola cuando estaba sentada de manera graciosa y con el porte de una reina entre sus damas de honor. La señora marqués también abrió el baile de máscaras después de la cena, acompañada por varias damas, entre ellas "lady Mary", presumiblemente su hermana Mary, viuda de William Carey, ya que no hay ninguna otra mención que indique que estuviera presente la hija del rey. Todas iban magníficamente ataviadas con tela dorada y raso carmesí, con lazos dorados y antifaz. 

A pesar de todas esas demostraciones de afecto, de todos los abrazos afectuosos entre los monarcas, se vería luego que la franqueza del rey Francisco dejaba mucho que desear. Le aseguró al rey Enrique que no tenía ninguna intención de casar a su hijo con la sobrina del Papa (el matrimonio se celebró al año siguiente) y luego le aseguraría al Papa que había intentado disuadir a Enrique de casarse con Ana (ella, por el contrario, volvió de la expedición convencida de que tenía en Francia una firme amistad, mientras que Enrique pensaba que se casaría con ella con la bendición de Francisco). Tal era la naturaleza engañosa del rey francés. Pero por el momento su encanto y su afabilidad dejaron una agradable impresión. 

La coronación 


La procesión de Ana Bolena

La coronación de la reina Ana el 1 de junio de 1533, cuando estaba embarazada de casi seis meses, supuso su apoteosis. La coronación de una reina era un acto simbólico y solemne, con una significación que transcendía la del matrimonio con un rey (que en general, como se ha visto, se celebraba privadamente). No todas las reinas eran coronadas. Aquellas que eran «ungidas realmente» —una parte de la ceremonia de coronación— tenían conciencia de la santidad especial que eso confería. 


Para prepararse para la ceremonia, la reina Ana fue llevada primero de Greenwich a la Torre de Londres por agua, como era la costumbre. Era el 29 de mayo, el jueves anterior al domingo de Pentecostés. Ella iba «ataviada con rica tela dorada» y escoltada por cincuenta «grandes barcas, convenientemente arregladas», pertenecientes a los diversos sectores de la ciudad, que habían ido a saludarla. En consecuencia, Antonio de Guaras, autor de Spanish Chronicle —y testigo presencial—, describió cómo no se veía nada en seis kilómetros salvo «barcas y botes todos adornados con toldos y alfombrados, que daban gran placer de contemplar». En cada barca, según el posterior relato oficial iban «trovadores que producían una dulce armonía».
Cuando la reina Ana llegó a la Torre de Londres, el rey Enrique la recibió "con amoroso semblante en la puerta posterior, junto al agua" y la besó públicamente. Pasaron las dos noches siguientes juntos en la Torre. La antigua estructura había sido objeto de reparaciones importantes en los últimos tiempos, puestos en marcha por Thomas Cromwell en el verano de 1532. Fueron necesarias casi 3.000 toneladas de piedra en Caen, y se gastaron más de 3.500 libras con cuatrocientos trabajadores; se construyó tanto una nueva galería para la reina, entre la del rey y el extremo del guardarropa del rey, como techos y suelos de las habitaciones de la reina. El sábado, la nueva reina debía ser llevada en solemne y magnífica procesión a través de la ciudad de Londres a Westminster. 



Bibliografia
Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.


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