viernes, 2 de agosto de 2013

Los pretendientes de María Tudor


File:Queen Mary I of England.jpg

Durante su vida, María Tudor fue comprometida o estuvo a punto de estarlo con diversos personajes de la realeza. E incluso fue relacionada con algunos nobles ingleses. Todos esos intentos fracasaron, por lo que María nunca se casó en vida de su padre Enrique VIII, ya que el rey siempre frustraba los planes matrimoniales. Fue hasta el 25 de julio de 1554 cuando la reina María se casó con Felipe de España, hijo de Carlos V. Estos son de los más conocidos, si me hace falta uno, agradecería mucho que me lo hicieran mencionar en un comentario. 

El delfín francés
La reina Catalina encarnaba en todos salvo un sentido —el aporte de un heredero varón— el ideal de la consorte de comienzos del siglo XVI. En 1518 pareció que remediaría su única deficiencia. En algún momento de la primavera, tal vez a fines de febrero, volvió a quedar encinta. 



El momento de ese embarazo de la reina tenía un sabor especial ya que, el 28 de febrero de 1518, la reina francesa le había dado al esposo un heredero. El rey de Inglaterra aceptó ser el padrino del delfín. Pero había otro aspecto en el nacimiento de un príncipe francés que valía la pena considerar puesto que existía una princesa inglesa de aproximadamente la misma edad: el diplomático. 

El propuesto compromiso del bebé delfín de Francia con la princesa María de Inglaterra, de dos años, fue la expresión simbólica de un nuevo acuerdo entre sus respectivos países  finalmente expresado en el Tratado de Londres el 4 de octubre de 1518. El momento es importante, porque en la habitual convicción optimista de que muy pronto Catalina daría a luz a un príncipe sano, a María no se la veía por entonces como la potencial heredera del trono inglés. Inglaterra y Francia se unieron para mantener la paz en Europa y la princesa María fue prometida oficialmente al delfín. 

La princesa María y el delfín, Los Tudor

La alianza con Francia era el sueño de Wolsey, no de la reina; él era ahora el confidente más íntimo del rey en cuestiones de política, así como su diligente servidor. En cuanto a la posición de la reina en ese punto, obviamente su prestigio político siempre era mayor cuando Inglaterra estaba persiguiendo una política proespañola que cuando el clima era favorable a Francia, enemigo ancestral de su familia. Por la misma razón, no podía desear ver a su hija casada con un príncipe francés: su sobrino Carlos seguía siendo el soltero más elegible de Europa. Pero también ella parecía haber aceptado el objetivo pacifista del tratado como auténtico. Luego, el 18 de noviembre, ocurrió la tragedia. El "príncipe" esperado tan confiadamente resulto ser una princesa que nació muerta. 

La alianza con Francia resultaba incómoda para muchos de la nobleza inglesa; luego estaba la posición de la princesa María como prometida del delfín. Aunque es importante comprender que, a comienzos de 1520, de ningún modo se habían perdido por completo las esperanzas de que la reina diera a luz a un heredero varón. Además había también disputas sin resolver entre Inglaterra y Francia que iban de lo material, a lo político. 

El emperador Carlos
Asegurar la reunión de su sobrino y su esposo se convirtió en el principal objetivo diplomático de la reina. El emperador llegó a Dover el 26 de mayo. El instinto político de Catalina no falló: el breve encuentro entre el emperador y el rey de Inglaterra fue un éxito. 


El muchacho serio, más bien desgarbado, de cara alargada con el prominente labio inferior de los Habsburgo, que ella abrazó con éxtasis en las afueras de Canterbury, acompañada de una cabalgata de sus damas, se presentó con aire desconfiado ante su magnífico tío. En un largo desayuno, se discutió el tema de la paz de Europa. Es muy posible que en esa ocasión se tocara el tema del compromiso de la princesa María con su primo hermano Carlos. 

Es cierto que en aquel momento la niña estaba oficialmente comprometida con el delfín francés, pero nadie mejor que esas tres figuras reales la naturaleza evanescente de tales compromisos. Contratos inflexibles se habían fundido con notable rapidez cuando las razones de Estado lo requerían. 

Con una hipocresía muy común en la época, el rey Enrique permitió que continuaran las ociosas conversaciones relativas al destino matrimonial de su hija María, a pesar de su compromiso con el "rubio...grande...y feliz" delfín. 



María Tudor

A comienzos de 1521, la princesa María, que cumplió cinco años en febrero, aún estaba técnicamente comprometida con el delfín de Francia. Pero el rey Enrique se inclinaba de modo creciente hacia lo que consideraba, comprensiblemente, un destino mejor: el matrimonio de María con su primo hermano (dieciséis años mayor). En agosto, el cardenal Wolsey, en Brujas, negoció el tratado de matrimonio como parte de la "Gran Empresa" por la cual Enrique y Carlos harían la guerra contra Francisco. Como siempre, los arreglos relativos a la dote fueron objeto de duras negociaciones. Se afirmaba: "En caso de que el rey de Inglaterra muera sin heredero varón, y la princesa María se convierta en reina de Inglaterra, el emperador electo no tiene derecho a ninguna porción del matrimonio". El texto del tratado se refería a la otra posibilidad —"Si nace un heredero varón del rey de Inglaterra, de modo que la princesa María no puede sucederlo en el trono"— que confirmaba la posición de la princesa. 

De modo que el rey Enrique se pasó jubilosamente al campo del emperador. Entretanto, la visita de Carlos V a Inglaterra en junio de 1522 constituyó un triunfo público para la reina Catalina. El emperador llegó con un séquito de 2.000 cortesanos y 1.000 caballos a Dover, donde el rey lo esperó y le mostró sus naves, que el joven elogió mucho. Sin embargo, el 2 de junio de 1522, ahí estaba ese gran emperador arrodillado ante Catalina a las puertas del palacio de Greenwich, pidiéndole su bendición: "Porque ésa es la tradición de España entre tía y sobrino". La reina Catalina sabía que los dos estaban unidos no sólo por la "consanguinidad" sino también por el "amor". Además, ese príncipe omnipotente se convertiría un día en el esposo de la niñita que había sido llevada a Greenwich para conocerlo. A los seis años y tres meses, la princesa María le dio a su prometido obsequios: caballos y halcones. 


Thomas Wolsey
El cardenal Wolsey

Después de la visita del emperador, el lenguaje de los ingleses, incluido el del cardenal Wolsey, hace evidente que la idea del matrimonio resultaba más atractiva con el paso del tiempo. Sobre todo el sueño de un nieto que gobernara toda Europa, "como Europa no había sido gobernada desde los tiempos de los romanos", sería "magnífica compensación" para Enrique VIII por su falta de un hijo varón. Ahora Enrique hablaba habitualmente de Carlos como su hijo, y fue especialmente afortunado que Carlos V no tuviera ningún padre vivo que compartiera con las pretensiones de Enrique. 



Para la reina Catalina, el matrimonio imperial prometía mucho y no era amenazador. Ni la reina ni el rey parecían haber prestado demasiada atención a la diferencia de edad de la pareja, aunque podría habérseles ocurrido que la necesidad práctica de Carlos V de un heredero haría el periodo de espera demasiado largo para el. El duodécimo cumpleaños de la princesa María (la edad mínima para la cohabitación, suponiendo que la muchacha estuviera lo suficientemente madura físicamente  no se celebraría hasta febrero de 1528). La reina descartaba tales pensamientos en favor de educar a su hija para ser reina de España, como una vez Isabel la había educado a ella para que fuera reina de Inglaterra. 



Jacobo V, rey de los escoceses 
Catalina seguía escribiéndole amorosamente a su sobrino y futuro hijo político. Pero para el rey y Wolsey, la maniobrabilidad de la hija era como una moneda de oro valiosa: otras negociaciones con la misma moneda no afectarían a su valor, en tanto no fuera entregada. Por tanto, comenzaron las negociaciones entre los ingleses y los escoceses por otra unión: la de María y su primo hermano, el joven Jacobo V, rey de los escoceses. 






Esa pareja hubiese sido una de las probabilidades más interesantes de la historia británica; ¿no habría adelantado en más de cincuenta años la unión de las coronas? Durante un tiempo parece que fue una opción seria, al menos para algunos escoceses y muchos ingleses. Sin duda, era inteligente. 

El obispo de Dunkeld, por los escoceses, predijo que ese "matrimonio conveniente" "uniría los reinos de Escocia e Inglaterra en perpetuo amor y unidad". En cuanto a los ingleses, muchos de ellos era suficientemente realistas para comprender que el ascenso de un Jacobo V al trono de Inglaterra, con María a su lado, no conduciría necesariamente a que Escocia devorara Inglaterra, sino más bien a lo opuesto. Jacobo era medio inglés (a diferencia del emperador); por parte de su madre, era en realidad el heredero varón Tudor más cercano. La princesa María ni siquiera sería cogobernante: simplemente, proporcionaría la misma validez, por su ascendencia real que Isabel de York había proporcionado a Enrique VII. Pero había un problema: la antipatía profundamente arraigada entre las dos naciones arrojaba ciertas dudas sobre la predicción esperanzada del obispo Dunkeld. Los escoceses temían el imperialismo inglés y se aferraban a su antigua relación con Francia como medio para preservar su independencia. Los ingleses, por su parte, sentían disgusto y desdén por los escoceses. 

Las negociaciones no comenzaron formalmente hasta 1524, cuando el rey Jacobo cumplió doce años. A fines de noviembre se declaró una tregua entre Escocia e Inglaterra; ya en diciembre hubo enviados escoceses en la corte inglesa que manifestaron el tierno amor del joven rey por su tío y cómo necesitaba ayuda para salvaguardar su herencia "mediante un apropiado matrimonio". En enero, la reina Margarita Tudor escribía sobre "la perpetua Pax" que ese matrimonio establecería entre los dos países. Pero tal "Pax" no estaba destinada a establecerse. 

No hay razón para dudar de que el compromiso del rey Enrique con el matrimonio imperial hubiera sido absolutamente serio desde el comienzo, a pesar de sus maniobras con los escoceses. En la Navidad de 1524, Louis de Praet, el embajador imperial, al encontrarse con los embajadores escoceses en la corte inglesa, preguntó sin tapujos en qué dejaba eso el tratado imperial. Tanto el rey como el cardenal Wolsey le aseguraron que no tenían ninguna intención de romper la alianza: el juego era simplemente impedir que Jacobo V se casara con una princesa francesa. Y ésa parece que era la verdad. El matrimonio angloescocés se frustró por el deslumbramiento del rey Enrique con la idea de su hija convertida en emperatriz y de un nieto emperador. 

El emperador rompe el compromiso inglés
Sin embargo, ya el compuesto y reservado emperador se había apartado del proyecto inglés. Necesitaba una esposa que contentara a sus Cortes y pacificara a los súbditos españoles; necesitaba una esposa con una gran dote y, además, la necesitaba cuanto antes para empezar a tener hijos. Su candidata era otra prima hermana: Isabel de Portugal, hija de María, hermana de Catalina. Tenía veintitrés años y una espléndida dote de un padre con acceso a la riqueza colonial; su mezcla de sangre portuguesa y española, que prometía unidad ibérica, agradaba a las Cortes. 

Isabel de Portugal 

Carlos V se comprometió oficialmente con Isabel en julio de 1525 después de romper el compromiso inglés en mayo. Se casó con ella al año siguiente. Los hechos era muchísimo menos felices desde el punto de vista del rey Enrique y la reina Catalina.

Henry Fitzroy, duque de Richmond
Años más tarde, Enrique VIII se afanaría en anular su matrimonio con Catalina de Aragón. En la medida en que se permitiera que la princesa María siguiera siendo legítima, su derecho al trono constituiría una amenaza para los hijos del segundo matrimonio: ese era el peligro real.
Henry Fitzroy

Evidentemente, los asesores del rey hicieron algunos torpes esfuerzos relativos a la situación ambivalente de la princesa María. Uno de los más extraordinarios fue la extraña idea faraónica de que los hermanastros —María y Henry Fitzroy— se casaran. Eso era contrario al derecho canónico. Pero el Papa parece haberse inclinado a otorgar una dispensa para tal matrimonio, a condición de que el rey abandonara el proyecto de divorcio: lo que demuestra lo flexibles que podían ser las leyes de parentesco, supuestamente estrictas.

El cardenal Campeggio le mencionó el tema en una carta al secretario del Papa, el 17 de octubre. Wolsey le había dicho que "ellos habían pensando en casarla [a María] con una dispensa de Su Santidad con el hijo natural del rey, si ello podía hacerse". A lo que replicó Campeggio: "También yo pensé en eso al principio" como un medio para asegurar la sucesión. "Pero no creo que este plan sea suficiente para acabar con el principal deseo del rey", agregaba, evaluando con mucho acierto la pasión privada de Enrique VIII.


Posibilidades de matrimonio 

El 23 de mayo de 1533, Thomas Cranmer declaró inválido el matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón. Ese mismo año, Ana Bolena fue coronada reina de Inglaterra. El 7 de septiembre la nueva reina dio a luz a una criatura bella y sana, llamada Isabel.


Enrique VIII y Catalina de Aragón, padres de María Tudor

La antigua reina quedaba apartada y olvidada oficialmente, la princesa mayor ya no era la presunta heredera del padre, una posición que había ocupado desde su nacimiento en 1516. De inmediato, María fue la perdedora por el nacimiento de un bebé sano de la nueva esposa del rey. Si bien la disolución formal del matrimonio de sus padres en Dunstable, en mayo de 1533, había vuelto a María teóricamente ilegítima, hasta ese momento no se había tomado ninguna medida para remarcar el hecho. 

Durante todo ese período, la posibilidad de su matrimonio siguio siendo un factor: María, a los diecisiete años y medio en el verano de 1533, era ya mayor que su madre en la primera de sus bodas. En enero de 1532, por ejemplo, el chambelán del duque de Cleves había hecho una visita exploratoria a la corte inglesa, y al menos Chapuys había pensado que esa boda era una posibilidad. Unos meses más tarde, Chapuys informó de que el nombre de la princesa estaba siendo vinculado una vez más al de su primo hermano, el rey de los escoceses.


La Ley de Sucesión
Esta ley declaraba formalmente la validez del matrimonio del rey Enrique y la reina Ana, y el derecho de su vástago legal a la sucesión. Tampoco ahora se declaraba específicamente a la princesa María ilegítima, aunque los términos de la ley sugerían que ése era el caso. Esa omisión probablemente fuera una precaución de Cromwell, cauteloso debido a la mortalidad infantil o, práctico como siempre, para evitar que se redujeran las perspectivas de María en los grandes mercados matrimoniales, como el de Francia.

Lady Bryan presentándole la princesa Isabel a lady María, serie Los Tudor

La nueva "lady María", que había usado el título de princesa desde que tenía uso de razón, fue humillada. Además, se le exigía que presentara sus respetos a su hermanastra Isabel: oficialmente una princesa real pero para ella no más que la hija de la odiada concubina. La salud de María se resintió. 

Enrique VIII y Jane Seymour se comprometieron secretamente en Hampton Court, en la mañana del 20 de mayo, veinticuatro horas después de la ejecución de Ana Bolena. El 30 de mayo se celebró el matrimonio entre el rey y Jane, rápida y discretamente, en "el gabinete de la reina", en Whitehall. Los futuros hijos de su último matrimonio debían ser, naturalmente, los herederos del reino. La segunda Ley de Sucesión, que reemplazaba la de 1534, no debía ser derogada o alterada.

Esa nueva ley significaba que Isabel era ahora ilegítima, como María. Pero las posiciones relativas de ambas jóvenes en ese punto eran muy diferentes. Con la rehabilitación de María, la cuestión de su matrimonio naturalmente volvía a tener importancia.


Don Luis de Portugal



En mayo de 1537, don Diego Hurtado de Mendoza llegó como enviado especial de Carlos V, encargado de negociar un matrimonio adecuado para María: se sugería a don Luis, heredero del trono de Portugal y hermano de la esposa de Carlos V. Chapuys, al retirarse de la presencia del rey, fue a presentar una cálida carta del emperador dirigida a la reina. Según el embajador, la reina Jane "demostró gran placer, y dijo que siempre haría todo lo posible por ayudar en los asuntos del emperador y en los de la princesa [María]". Luego le comentó a Chapuys que había tratado de persuadir al rey para que abandonara su antigua amistad con Francia y buscara la del emperador. 

La reina Jane murió el 24 de octubre de 1537, sólo doce días después del nacimiento de su hijo. El rey Enrique pasó la Navidad de 1537 en Greenwich "en traje de luto": de hecho, no abandonó el negro hasta el día siguiente a la Candelaria, el 3 de febrero de 1538. Para entonces, las prácticas averiguaciones de Cromwell sobre las princesas de Francia, inmediatamente después de la muerte de la reina Jane, se habían convertido en una caza a escala internacional de una nueva mujer que compartiera la cama matrimonial del rey inglés.

Cristina de Milán


John Hutton, embajador en Holanda, fue uno de aquellos a quienes se encargó que elaboraran una lista. Hutton recomendaba en particular a la duquesa Cristina de Milán, de dieciséis años: "una belleza excelente". Era la sobrina nieta de Catalina de Aragón, pero en dificultades como el grado de parentesco fue en lo último en lo que pensó el rey Enrique cuando oyó hablar de la deliciosa Cristina. 

Pero las negociaciones para la unión del rey con aquella maravilla se prolongaron enloquecedoramente. Lo que se contemplaba ahora era la doble unión del rey con la sobrina del emperador (la duquesa Cristina) y de su hija María con el cuñado del emperador, don Luis de Portugal.

El conde de Devon
Entretanto, el rey de Inglaterra se volvía cada vez más paranoico; dada su preocupación por la continuidad de la dinastía Tudor, no sorprende que diera rienda suelta a su paranoia atacando a sus primos de sangre real que vivían en Inglaterra: la familia Courtenay, encabezada por el marqués de Exeter; los De la Pole, encabezados por lord Montagu.

El conde de Devon


En cuanto a Exeter, Cromwell le aseguraría luego al embajador francés que había planeado casar al joven conde de Devon (su heredero) con María, matar al príncipe Eduardo y "usurpar el trono". Nunca se presentó ninguna prueba de la existencia de aquel plan tan letal y bien pensado.


El duque de Cleves
Los sueños de la adorable Cristina por una parte y la alianza imperial por la otra habían distraído la atención de la posibilidad de que el ducado de Cleves proporcionara la nueva reina. En todo caso, había sido la familia gobernante de Cleves la que había hecho el gesto: en 1530, por ejemplo, el duque Juan III había propuesto un matrimonio entre su hijo y María; en 1532 su chambelán había visitado la corte inglesa. En junio de 1538 se reflotó brevemente la idea de un doble matrimonio, de María con Guillermo y del rey Enrique con alguna parienta no especificada. 


En febrero de 1539, el duque Juan murió, dejando los territorios Cleves-Guelderland, ahora consolidados, a su hijo de veintidós años, Guillermo. Holbein regresó a Inglaterra a fines de agosto; sus obras fueron mostradas al rey, que pasaba el verano en Grafton. A Enrique le gusto lo que vio o, al menos, como su reacción no quedó registrada, no le disgustó. Estuvo conforme con que se arreglaran los detalles de la alianza. 

En la noche del 6 de enero de 1540 se celebró en Greenwich el matrimonio entre Enrique VIII y Ana de Cleves. Pero antes, Enrique había tenido un encuentro desastroso con Ana en Rochester y se mostró decepcionado de su nueva esposa. 


Entretanto, la situación internacional en 1540 no proporcionaba la justificación para el matrimonio que hubiese podido consolar al rey. En cuanto al duque Guillermo de Cleves, sus ojos se habían alejado de la hija del rey, María. Otra princesa era una posibilidad mucho más atractiva como esposa. Juana de Albret, de doce años, hija de Margarita de Angulema en su segundo matrimonio con el rey de Navarra, era no sólo la heredera de ese reino sino también sobrina del rey de Francia. 


El duque Felipe de Baviera


Pero Inglaterra tenía la posibilidad de conseguir un aliado realmente luterano entre los príncipes germanos. Mientras el rey Enrique aguardaba ansiosamente en Greenwich que se calmaran los mares tempestuosos que lo separaban de la reina Ana, su hija María, de veintitrés años, se había encontrado en la inesperada situación de recibir a un pretendiente. El duque Felipe de Baviera, sobrino del elector palatino (el Palatinado era un principado más poderoso que Cleves), se presentó por propia iniciativa a cortejarla. Si bien la pía y católica lady María no le agradaba particularmente la religión luterana de su pretendiente, conversaba graciosamente con él en latín y en alemán por medio de un intérprete. 

María Tudor y Felipe de Baviera, serie Los Tudor


El excitado embajador francés en realidad creía que se habían intercambiado besos en los jardines invernales del abad de Westminster; comento que "ningún señor de este reino se ha atrevido a ir tan lejos" desde la muerte de Exeter, del que se suponía que planeaba casar a María con su hijo; eso ilustraba el peligro de conspiración, imaginaria o no, que implicaba casarse con la hija mayor del rey. Según su costumbre reciente, María dijo que se sometería a los deseos de su padre, cualquiera que fuese la religión de su pretendiente, de modo que, cuando el rey nombró al duque Felipe Caballero de la Jarretera y le presentó obsequios, pareció existir una clara posibilidad de un vínculo luterano con Inglaterra. Era probable que eso causara un gratificante fastidio al emperador, al que tampoco le agradaría que se diera la mano de su prima en tal dirección. 



Thomas Cromwell
La magia que lo había protegido tanto tiempo, la confianza del rey en la capacidad de su servidor, se había debilitado fatalmente por el asunto del matrimonio con Ana de Cleves. Cromwell debía ser sentenciado a muerte en aplicación de la Ley de Proscripción, sin juicio previo. Irónicamente, era el nuevo método de proceder que el propio Cromwell había sugerido usar con Margaret, condesa de Salisbury, que aún seguía languideciendo en la Torre. 


La Ley de Proscripción incluía la acusación de que Cromwell había jurado casarse con la hija del rey, María, en 1538, y usurpar el trono, lo que sin duda debió dejar boquiabierto incluso a los cortesanos más leales.


Últimos años de Enrique VIII
En cuanto a las alianzas extranjeras cimentadas con tratados matrimoniales, en esos tiempos ya era más importante el hecho de que el rey tuviera tres hijos casaderos a los que apostar: lady María, de veintiséis años, cuyas perspectivas siempre mejoraban en ausencia de una reina que pudiera tener otros hijos que la alejaran de la sucesión; lady Isabel, que se acercaba a los nueve, y el príncipe Eduardo, cuya posición como heredero indudablemente legítimo lo hacían maduro para esa clase de negociaciones, a pesar de su tierna edad. 

María Tudor aproximadamente a la edad de 28 años


La salud de lady María se había resentido a causa de sus reveses de fortuna: aunque ahora estaba oficialmente confirmada en la sucesión. Pero sería un error creer que a la "doncella" de veintisiete años era una solterona fea y frustrada: por ejemplo, le gustaba apasionadamente el juego y era aficionada a la ropa y las joyas, así como a la música y la danza.


Thomas Seymour
El rey Enrique VIII murió el 28 de enero de 1547. Thomas Seymour había sido uno de los favoritos del viejo rey, su cuñado, que lo había nombrado lord gran almirante de Inglaterra en 1544. La verdadera debilidad de Seymour eran sus celos enfermizos por su hermano mayor Somerset, distinguido primero por sus victorias militares antes de elevarse a la posición de protector. 


Thomas Seymour


En la campaña de derribo posterior, cuando Seymour cayó en desgracia, también se sugirió que había tratado de casarse sucesivamente con lady María y con lady Isabel antes de poner los ojos en la reina viuda. Pero no hay ninguna evidencia en las actas del Consejo Privado de que Seymour hiciera tal cosa. Lady María señalaría que nunca había hablado con Seymour aunque lo había visto.



Bibliografia                                                                                         Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.


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