domingo, 21 de diciembre de 2014

¿Enrique VIII estaba obsesionado con tener un hijo?



Enrique VIII ha sido catalogado como un monarca ansioso por mantener segura la sucesión. Muchos de sus actos lo demuestran, en cambio otros hacen dudar acerca de esta supuesta obsesión. Cuando Enrique VII comprometió a sus dos hijos con la infanta Catalina de Aragón, lo hacia consciente de que la princesa castellano-aragonesa tenía un impecable linaje real y que provenía de una familia fértil. 
Pero algo que he llegado a pensar, es que Enrique no escogía a sus esposas precisamente por su aptitud para la concepción. 

1. Ana Bolena y Jane Seymour
Yo soy partidaria de la teoría que afirma que Ana nació en 1507. Pero, en este caso, nos vamos a basar en que nació en 1501. Cuando el rey se enamora de Ana, ella tiene veinticinco años, que en la época eran muchos para seguir siendo soltera. Sin embargo, aun se consideraba una edad apta para concebir.


Al momento de la boda, Ana ya tendría más de treinta años, casi la misma edad que tenía Catalina cuando parió a su último hijo. Ya se acercaba a la mediana edad, pero eso no impidió que Enrique la desposara. Por otro, si suponemos que Ana nació en 1507, ella tendría veintinueve años, solo dos años más que Jane Seymour, la mujer que la reemplazo. No podría decirse que Enrique se deshizo de Ana por el fracaso de ella en alumbrar un hijo.



2. Ana de Cleves, la nieta del "Babymaker"
El abuelo paterno de Ana, Juan II de Cleves, era conocido como el "Babymaker", ya que tuvo sesenta y tres hijos ilegítimos, sin contar a los tres que tuvo con su esposa. Si Enrique hubiera estado muy obsesionado con tener un hijo, no se habría librado de una mujer con linaje tan fértil. Como anteriormente mencione, Enrique VII había vivido la Guerra de las Dos Rosas y sabía que en cualquier momento podía surgir un aspirante al trono que se propusiera a echar a los Tudor del trono. No por nada casó a sus hijos con una princesa de sangre real (Catalina tenía una fuerte dosis de sangre Plantagenet, más que los mismos Tudor), para asegurar la posición del heredero. Pero a Enrique no le importo repudiar a dos princesas, aun cuando tenía posibilidades de tener un hijo con Ana de Cleves. 


3. Catalina Howard
Hay un debate acerca de su fecha de nacimiento, pero lo seguro es que no tenía más de veinte años. Era hermosa, joven y procedente de una familia fértil. Pero Enrique ordenó su ejecución, siendo Catalina una mujer aparentemente fecunda. Sin mencionar que los Howard eran una familia fértil. 


4. Catalina Parr
Ella era sin duda la mujer menos indicada para dar a luz un príncipe. Se ha dicho que Enrique contrajo nupcias con una mujer de treinta años porque solo deseaba una compañera para su vejez. Aunque esto huele más bien a resignación, un rey verdaderamente preocupado por la falta de otro hijo hubiera seguido intentando concebir un duque de York. Tenía el ejemplo de su propio suegro, Fernando de Aragón, que a sus cincuenta y siete años tuvo un hijo que murió a las pocas horas. Luis XII, con más de cincuenta años, se casó con la joven hermana de Enrique VIII para intentar concebir un hijo que apartara a su primo Francisco de Angulema del trono francés. 


Como conclusión, pienso que Enrique era más un hombre que anteponía sus propios caprichos. Tras su muerte dejo a tres hijos de distintas madres y creencias religiosas, provocando un ambiente complicado entre la familia real. 

sábado, 13 de diciembre de 2014

Juana de Arco, la doncella de Orleans (parte 3)

El fracasado ataque de París 
Juana se lanzó audazmente al ataque de París, pero la empresa fracasó por la falta de los refuerzos que el rey había prometido enviar y por la ausencia del monarca. La santa recibió una herida en el muslo durante la batalla y, el duque de Alençon tuvo que retirarla casi a rastras. La tregua de invierno que siguió, la pasó Juana en la corte, donde los nobles la miraban con mal disimulado recelo. Cuando recomenzaron las hostilidades, Juana acudió a socorrer la plaza de Compiegne, que resistía a los borgoñones. El 23 de mayo de 1430, entró en la ciudad y ese mismo día organizó un ataque que no tuvo éxito. A causa del pánico, o debido a un error de cálculo del gobernador de la plaza, se levantó demasiado pronto el puente levadizo, y Juana, con algunos de sus hombres, quedaron en el foso a merced del enemigo. 

Captura
Los borgoñeses derribaron del caballo a la doncella entre una furiosa gritería y la llevaron al campamento de Juan de Luxemburgo, pues uno de sus soldados la había hecho prisionera. Desde entonces hasta bien entrado el otoño, la joven estuvo presa en manos del duque de Borgoña. Ni el rey ni los compañeros de la santa hicieron el menor esfuerzo por rescatarla, sino que la abandonaron a su suerte. Pero, si los franceses la olvidaban, los ingleses en cambio se interesaban por ella y la compraron, el 21 de noviembre, por una suma equivalente a 23,000 libras esterlinas, actualmente. Una vez en manos de los ingleses, Juana estaba perdida. Estos no podían condenarla a muerte por haberles derrotado, pero la acusaron de hechicería y de herejía. Como la brujería estaba entonces a la orden del día, la acusación no era extravagante. Además, es cierto que los ingleses y los borgoñeses habían atribuido sus derrotas a conjuros mágicos de la santa doncella.

Proceso
El jucio de Juana en Rouen

Los ingleses la condujeron, dos días antes de Navidad, al castillo de Rouen. Según se dice sin suficiente fundamento, la encerraron, primero, en una jaula de acero, porque había intentado huir dos veces; después la trasladaron a una celda, donde la encadenaron a un poyo de piedra y la vigilaban día y noche.

 El 21 de febrero de 1431, la santa compareció por primera vez ante un tribunal presidido por Pedro Cauchon, obispo de Beauvais, un hombre sin escrúpulos, que esperaba conseguir la sede arquiepiscopal de Rouen con la ayuda de los ingleses. El tribunal, cuidadosamente elegido por Cauchon, estaba compuesto de magistrados, doctores, clérigos y empleados ordinarios. En seis sesiones públicas y nueve sesiones privadas, el tribunal interrogó a la doncella acerca de sus visiones y "voces", de sus vestidos de hombre, de su fe y de sus disposiciones para someterse a la Iglesia. Sola y sin defensa, la santa hizo frente a sus jueces valerosamente y muchas veces los confundió con sus hábiles respuestas y su memoria exactísima. Una vez terminadas las sesiones, se presentó a los jueces y a la Universidad de París un resumen burdo e injusto de las declaraciones de la joven. En base a ello, los jueces determinaron que las revelaciones habían sido diabólicas y la Universidad la acusó en términos violentos.

En la deliberación final el tribunal declaró que, si no se retractaba, debía ser entregada como hereje al brazo secular. La santa se negó a retractarse a pesar de las amenazas de tortura. Pero, cuando se vio frente a una gran multitud en el cementerio de Saint-Ouen, perdió valor e hizo una vaga retractación. Digamos, sin embargo, que no se conservan los términos de su retractación y que se ha discutido mucho sobre el hecho. La joven fue conducida nuevamente a la prisión, pero ese respiro no duró mucho tiempo. 
Ya fuese por voluntad propia, ya por artimañas de los que deseaban su muerte, lo cierto es que Juana volvió a vestirse de hombre, contra la promesa que le habían arrancado sus enemigos. Cuando Cauchon y sus hombres fueron a interrogarla en su celda sobre lo que ellos consideraban como una infidelidad, Juana, que había recobrado todo su valor, declaró nuevamente que Dios la había enviado y que las voces procedían de Dios.

La muerte de una santa


Según se dice, al salir del castillo, Cauchon dijo al Conde de Warwick: "Tened buen ánimo, que pronto acabaremos con ella". El martes 29 de mayo de 1431, los jueces, después de oír el informe de Cauchon, resolvieron entregar a la santa al brazo secular como hereje renegada. Al día siguiente, a las ocho de la mañana, Santa Juana fue conducida a la plaza del mercado de Rouen para ser quemada en vida. Cuando los verdugos encendieron la hoguera, Juana pidió a un fraile dominico que mantuviese una cruz a la altura de sus ojos. Murió rezando. Invocaba al Arcángel San Miguel, al cual siempre le había tenido gran devoción e invocando el nombre de Jesús tres veces, murió. 

La santa no había cumplido todavía los veinte años. Sus cenizas fueron arrojadas al río Sena. Más de uno de los espectadores debió haber hecho eco al comentario amargo de Juan Tressart, uno de los secretarios del rey Enrique: "¡Estamos perdidos! ¡Hemos quemado a una santa!"
Veintitrés años después de la muerte de Santa Juana, su madre y dos de sus hermanos pidieron que se examinase nuevamente el caso, y el Papa Calixto III nombró a una comisión encargada de hacerlo. El 7 de julio de 1456, el veredicto de la comisión rehabilitó plenamente a la santa. Más de cuatro siglos y medio después, el 16 de mayo de 1920, Juana de Arco fue solemnemente canonizada por el Papa Benedicto XV.


Otros datos
•Juana de Arco fue relativamente popular en la Corona de Castilla durante las décadas posteriores a su muerte. Se dice que Isabel la Católica fue una gran admiradora suya y que su empeño por invadir el Reino de Granada, con el que Castilla había convivido más o menos en paz durante más de 200 años, fue un intento por emular a aquélla en su lucha contra los invasores ingleses de su país. 

•Hasta el siglo XV, la dama (llamada también reina o visir) fue una pieza de importancia menor en el juego del ajedrez con unos movimientos similares a los del rey. Ciertos autores han sugerido que los grandes cambios en la movilidad de esta ficha, que hoy es una de las principales del juego, fueron introducidos como homenaje a la que había sido dirigente del ejército francés. 



Bibliografia 
•Mark Twain, Juana de Arco, Palabra, 1995.


http://www.leedor.com
http://www.lanacion.com.ar/

Juana de Arco, la doncella de Orleans (parte 2)

Juana se presenta ante el rey
El 6 de marzo de 1429, los viajeros llegaron a Chinon, donde se hallaba el monarca; pero Juana no consiguió verle sino hasta dos días después. Carlos se había disfrazado para desconcertar a Juana; pero la doncella le reconoció al punto por una señal secreta que le comunicaron las voces y que ella transmitió sólo al rey. Ello bastó para persuadir a Carlos VII del carácter sobrenatural de la misión de la doncella. Juana le pidió un regimiento para ir a salvar Orleáns. El favorito del rey, la Trémouille, y la mayor parte de la corte, que consideraban a Juana como una visionaria o una impostora, se opusieron a su petición. Para zanjar la cuestión, el rey decidió enviar a Juana a Poitiers a que la examinara una comisión de sabios teólogos.

Al cabo de un interrogatorio que duró tres semanas por lo menos, la comisión declaró que no encontraba nada que reprochar a la joven y aconsejó que el rey se valiese, prudentemente, de sus servicios. A todos les sorprendía que ella siempre llamase al rey, delfín; y cuando se le preguntó por qué no le llamaba rey, obtuvieron esta respuesta: “ella respondió que no lo llamaría Rey hasta que no fuese coronado y ungido en Reims, ciudad a la cual pretendía conducirlo.


Juana volvió entonces a Chinon, donde se iniciaron los preparativos para la expedición que ella debía encabezar. El estandarte que se confeccionó especialmente para ella, tenía bordados los nombres de Jesús y de María y una imagen del Padre Eterno, a quien dos ángeles le presentaban de rodilla, una flor de lis. La expedición partió de Blois, el 27 de abril. Santa Juana iba al a cabeza, revestida con una armadura blanca.

El asedio de Orleans


A pesar de algunos contratiempos, el ejército consiguió entrar en Orleáns, el 29 de abril y su presencia obró maravillas. Para el 8 de mayo, ya habían caído los fuertes ingleses que rodeaban la ciudad y, al mismo tiempo, se levantó el sitio. Juana recibió una herida de flecha bajo el hombro. Antes de la campaña, había profetizado todos estos acontecimientos, con las fechas aproximadas. La doncella hubiese querido continuar la guerra, pues las voces le habían asegurado que no viviría mucho tiempo. Pero La Trémouille y el arzobispo de Reims, que consideraban la liberación de Orleáns como obra de la buena suerte, se inclinaban a negociar con los ingleses. 

Sin embargo, se permitió a Juana emprender una campaña en el Loira con el duque de Alençon. La Campaña del Loira fue la primera operación ofensiva francesa en más de una generación. Con el ejército francés comandado por Juana, consistió en la liberación del sitio de Orleáns y en la recaptura de varios puentes sobre el río que estaban en poder del enemigo desde hacía mucho tiempo, fracturando del territorio francés en dos partes (norte y sur) e imposibilitando a los franceses para trasladar tropas y suministros de una orilla a la otra.

La entrada de Juana a Orleans

La campaña fue muy breve y dio el triunfo aplastante sobre las tropas de Sir John Fastolf, en Patay. Santa Juana trató de coronar inmediatamente al delfín. El camino a Reims estaba prácticamente conquistado y el último obstáculo desapareció con la inesperada capitulación de Troyes. María de Avignon “la gasque d’Avignon”, fue una mujer que hizo ciertas predicciones a inicios de siglo, causando una gran conmoción. Esta se dirigió al rey de Francia anunciándole que a su reino le venían encima grandes calamidades por sufrir. Ella dijo que algún día vendría una joven maga que tomaría el ejército y salvaría Francia. Una leyenda se puso de moda posteriormente cuando Juana fue conocida en Francia, la cual contaba que el mago Merlín profetizó en el siglo VI que Francia sería salvada por una doncella virgen que vendría de un bosque de hadas.

Juana de Arco en la coronacion de Carlos VII en Reims

Los nobles franceses opusieron cierta resistencia; sin embargo, acabaron por seguir a la santa a Reims, donde, el 17 de julio de 1429, Carlos VII fue solemnemente coronado. No fue la ceremonia más espléndida del momento, ya que las circunstancias de la guerra lo impedían, pero el ritual se llevó a cabo de todos modos.
 Durante la ceremonia, Juana permaneció de pie con su estandarte, junto al rey. Con la coronación de Carlos VII terminó la misión que las voces habían confiado a la santa y también su carrera de triunfos militares.

El principio del fin
En dos días se plantaron en Saint Denis (justo delante de la capital de Francia) con un batallón. Desde allí querían lanzar los ataques contra las puertas de la fortificación parisina. Pero tuvieron que esperar a la llegada del rey para un ataque contundente y definitivo, que se hizo efectivo en Saint Denis el 7 de septiembre. Así pues, al día siguiente se decidió atacar por la puerta de Saint-Honoré, que quedaba al noroeste de la ciudad. La ofensiva resultó un fracaso dada la resistencia borgoñona combinada con la ya anticipada tendencia también pro-borgoñona de sus habitantes. Además, Juana fue herida por una flecha en un muslo. 

Esto aceleró la decisión de que el rey estaba destinado a tomar: la retirada (efectiva el 10 de septiembre). Esta decisión era totalmente la contraria de la que habría querido Juana, que como en las otras batallas había demostrado coraje y valentía.

A partir de aquel momento, el rey Carlos tomó plenamente el control de la situación en el seno de su ejército y su corte, pasando a ser la figura más influyente en las decisiones del mismo; ignorando las voces de Juana que hasta ahora había tenido en cuenta. Así pues, detuvo la campaña militar, lo que supuso un factor de tensión con la propia Juana. Con aquella parada el rey francés no expresaba la intención de abandonar definitivamente la lucha, sino que simplemente optaba por pensar y defender la opción de conquistarla mediante la paz, tratados y otras oportunidades en un futuro. 

Carlos podía pensar que Juana ya no le era necesaria. Ella había prometido coronarlo en Reims y así había sido. Su objetivo era el de rehacer la armonía entre la nobleza de Francia y llegar a la paz definitiva con los borgoñones. Para hacer esto, debía humillar a los borgoñones con victorias militares.  


Bibliografia 
•Mark Twain, Juana de Arco, Palabra, 1995.


http://www.leedor.com
http://www.lanacion.com.ar/

jueves, 11 de diciembre de 2014

Los chismes en la corte



En la actualidad, las celebridades tienen la desventaja de no tener vida privada. Son perseguidos por paparazzis o entrevistados por revistas. Cualquier desliz en su vida privada se hace público por culpa de los medios de comunicación. En el siglo XV, XVI o XVII, la realeza sufría algo parecido a lo que ocurre con las celebridades actuales. Un monarca castellano del siglo XV, Enrique IV, fue llamado "el Impotente", ya que tardó siete años en preñar a su esposa (y todavía quedó marcado como un cuernudo). Juana I de Castilla, tristemente conocida como "la Loca" debido a sus supuestos desvaríos. Otro caso fue Carlos II de España, a quien llamaban "el Hechizado", pues se atribuía su lamentable estado físico a alguna influencia diabólica. Una conocida del siglo XVI fue María Tudor, a quien apodaron "Bloody Mary" por las persecuciones durante su reinado. 

En tiempos de los Tudor, los chismes contribuyeron a la difamación de muchas personas. El caso más notable es el de Ana Bolena, cuyos cargos se basaban en habladurías sin ningún fundamento, por ejemplo, como el testimonio de lady Rochford acerca de la cercanía entre Ana y su hermano o la carta de Bridget Wingfield. Otra reina consorte de Enrique VIII, Catalina Howard, también se vio perjudicada por la habladurías que imperaban en torno a su nombre (aunque tal vez estas hayan sido verdad). Todo comenzó cuando el hermano de Mary Lassells sugirió a Mary que buscara un puesto en la casa de la reina Catalina Howard. Su hermana se negó, dando como razón el comportamiento inadecuado de Catalina. De esta forma, el hermano de Mary se lo comunicó a Cranmer, quien a su vez se encargó de informárselo al rey. 

La nobleza tampoco se libraba de los cotilleos. La tirante relación entre el tercer duque de Norfolk y su esposa Elizabeth fue motivo de escándalo en su tiempo, pues al duque se le acusaba de golpear brutalmente a su mujer. En la corte de Enrique VIII, los extranjeros tomaban gran parte en esas murmuraciones. El embajador Chapuys, por ejemplo, era quien daba informes a su señor del sufrimiento de Catalina de Aragón y su hija. Había otros como Nicholas Sander, quienes aportaban testimonios denigrantes.


Ricardo III

Otro personaje víctima de la calumnia (aunque de esto tampoco podemos estar seguros) fue Ricardo III. William Shakespeare nos presentó la versión de un rey cojo y jorobado que asesina a sus dos sobrinos. Su obra literaria tuvo una fuerte influencia en la imagen del último monarca York. Sin embargo, hubo otro hombre (Tomás Moro) que inculpó a Ricardo del asesinato antes que Shakespeare. 

Por otro lado, en nuestros tiempos es imposible contener la oleada de chismes. En aquella época, hablar mal de un soberano podía ser peligroso, en especial cuando se sugería su impotencia, como ocurría con Enrique VIII. 

lunes, 8 de diciembre de 2014

Elizabeth I de Inglaterra (Parte 4)

Pretendientes
La joven Elizabeth era hermosa, inteligente y encantadora. Era cortejada por pretendientes que la consideraban la dama mas elegible de Europa. En enero de 1559, el embajador español informó a la reina acerca de las esperanzas del rey Felipe II, a lo que Elizabeth respondió con típicas evasivas. Por otro lado, ella proclamaba su decisión de seguir siendo una reina virgen, mientras que también alegaba en contra de casarse con el esposo de su medio hermana. Ella se comprometió a presentar el asunto ante el Parlamento, asegurando a Felipe que si tomaba la decisión de casarse, ella lo preferiría por encima de todos los demás. Elizabeth era una política consumada y se dio cuenta de que no sería prudente rechazar uno de los hombres más poderosos de Europa con prisas poco favorecedoras.


Felipe de España

Felipe no fue el único pretendiente alentado por Elizabeth aquel invierno. En febrero, un embajador de la corte del emperador del Sacro Imperio, Fernando I, llegó a Inglaterra. Su propósito era informarse acerca de las perspectivas de matrimonio para los dos hijos del emperador, los archiduques Fernando y Carlos. Elizabeth desestimó al excesivamente piadoso Fernando como "sirve sólo para orar", pero expresó su interés por Carlos, insistiendo, sin embargo, en verlo con sus propios ojos.

La reina le pregunto al embajador si la cabeza de Carlos era demasiado grande para su cuerpo, mientras que el embajador se negó a aceptar una visita humillante "de prueba". 


Eric XIV of Sweden.jpg
Eric de Suecia

En abril, el príncipe Eric de Suecia se unió a las filas de pretendientes de la reina. Él había perseguido a Elizabeth durante el reinado de Marìa y ahora había redoblado sus esfuerzos, bañando a la reina con regalos de pieles, tapices y cartas apasionadas. Elizabeth quedó prendada de los de retratos del príncipe, pero ella rechazó su propuesta, pues ella tendría que vivir en Suecia como esposa. Dentro de una corte llena de embajadores extranjeros, algunos ingleses esperanzados hicieron un intento de cortejo con la reina. Elizabeth nunca tuvo interés romántico en alguno, sin embargo, disfrutaba las atenciones de sus pretendientes. Pero, en realidad, sólo había un noble inglés que podría reclamar el corazón de Elizabeth, y su nombre era Robert Dudley.

Robin y Bess

Robert y Elizabeth, escena de La Reina Virgen


Elizabeth había conocido a su "dulce Robin" (como ella lo llamaba) desde que tenía 8 años de edad y lo consideraba como a uno de sus más viejos y queridos amigos. Se había criado en la corte y fue una elección natural para el selecto grupo de los niños de la aristocracia que compartieron sus lecciones con Elizabeth y Edward. Como hijo del poderoso duque de Northumberland, pertenecía a una de las familias principales de Inglaterra, pero la realidad era que los Dudley habían tenido una historia accidentada, con dos ejecutados por traición en dos generaciones (Edmund Dudley y John Dudley). El propio Robert Dudley ha sido condenado a muerte, pero fue indultado con la ayuda del rey Felipe de España. Elizabeth solía burlarse de su amigo, quien provenía de una familia de traidores. En el joven Robert Dudley, Elizabeth encontró un compañero de espíritu. Inteligente, encantador, guapo, un excelente jinete y deportista. Una de sus primeras decisiones como reina fue elegir a Dudley como jefe de la caballería, un posición que involucró la coordinación de eventos reales y cabalgar a su lado en las procesiones. Pero Dudley no solo se dejaba ver a un lado de la reina en los los eventos públicos. Dentro de la corte tenia más acceso a Elizabeth que cualquiera de sus concejales y los rumores sobre la relación íntima eran comunes.

Robert Dudley


Entre sus compañeros, Dudley fue mirado con gran desconfianza y William Cecil fue especialmente temeroso de su influencia sobre la reina. Sin embargo, había un obstáculo importante en el camino de la relación de Dudley con Elizabeth. Estaba casado con una dama llamada Amy Robsart. Aunque su esposa tuviera "una enfermedad en uno de sus pechos", su existencia, viviendo tranquilamente en el país, impidió que el romance real progresara. 

El caso de Amy Robsart

Robert Dudley y su esposa, Amy

En 1560, sin embargo, la situación de Dudley cambió cuando su esposa fue descubierta sin vida en la base de una escalera de Cumnor Place. Murió un domingo, que era día de la feria en Abingdon. Se dice que Amy dio permiso a todos sus servidores para visitar la feria, que incluso se enfadó con algunos que querían permanecer en la casa. 

En el momento de la tragedia, su esposo estaba en la corte con la reina, y de inmediato envió a Sir Thomas Blount para que investigara. Dudley se apresuró a investigar sobre la muerte de su esposa. Se emitió un veredicto de muerte accidental. 

El cuerpo de Amy fue transportado a Oxford y se le dio un entierro suntuoso en St. MarySu marido no asistió, ya que era la costumbre de la época. La corte era un hervidero de rumores acerca de que Amy había sido eliminada por su marido para allanar el camino para sus ambiciones. Pero Robert Dudley no era tan ingenuo como para pensar en orquestar la muerte de su esposa y poder casarse con la reina. Era lo suficientemente experimentado como para saber que cualquier escándalo en torno a él arruinaría sus planes de matrimonio con Elizabeth.   

También estaba la sugerencia de que la pobre Amy se hubiese suicidado. Esta puede ser una teoría mas creíble, pues según los informes, la esposa de Dudley sufría de depresión. El solo hecho de que echara de la casa a toda la servidumbre es bastante sospechoso. Tal vez quisiera lograr darse muerte sin el riesgo de que algún criado entorpeciera su intento de suicidio. 

La reina contrae viruela
El 10 de octubre de 1562, a los veintinueve años, Elizabeth fue conducida a Hampton Court, víctima de una fiebre violenta. Pronto se dieron cuenta de que la reina tenía viruela. Se creía que moriría en ese ataque de viruela, afortunadamente, la reina se recuperó, pero su rostro quedo marcado por cicatrices. De haber muerto, la sucesión hubiera sido una cuestión terrible, ya que la soberana no tenía hijos. La heredera más probable era María de Escocia, una mujer católica a quien los ingleses protestantes miraban con recelo.

La práctica de Elizabeth de enyesar su rostro con maquillaje se remonta a su temprana edad media. La viruela le había dejado con las mejillas llenas de cicatrices de forma permanente y -se informó- en parte calva. Después de su recuperación, ella adoptó una nueva forma de presentarse ante el mundo. En lugar del estilo natural de sus veinte años, ella ahora llevaba mucho maquillaje y una serie de elaboradas pelucas y postizos.

El atuendo de la reina



Guardarropa
La reina Isabel es famosa por su magnífico guardarropa. Se dice que ella poseía 3.000 vestidos, aunque muchos de ellos eran regalos que nunca fueron usados. A medida que envejecía, sus trajes se hicieron cada vez más espectaculares. Sus collares y gorgueras almidonadas crecieron, e incluso en la vejez, disfrutó con vestidos muy escotados. Los vestidos de Isabel fueron hechos con los materiales más finos (seda, terciopelo, tafetán, o de tela de oro) y eran cubiertos con piedras preciosas, perlas y bordados de oro y plata. 

Debajo de sus prendas, ella llevaba una camisa de lino fino para proteger sus vestidos (que nunca podrían ser lavados) de la transpiración. La reina también era atada con un corsé de hueso de ballena, y llevaba una enagua rígida conocida como miriñaque, haciendo que caminar y sentarse fuera desafío. Las medias de Isabel eran de seda (la mayor parte de sus súbditos tenían medias de lana) y su zapatero real le hacía un nuevo par de zapatos cada semana. Un francés reportó sobre "una cadena de rubíes y perlas alrededor de su cuello" y sus brazaletes de perlas, "seis o siete filas de ellos". Ella exigía estilo a sus cortesanos, pero éstos no podían eclipsar a la reina. 


Maquillaje
Las damas isabelinas comúnmente se aplicaban un "blanqueamiento" de loción para la cara y los pechos. Este compuesto se hace a menudo de albayalde, una mezcla de vinagre y el plomo blanco, que tuvo el indeseable efecto secundario de la intoxicación. Otras lociones que blanquean se hicieron a partir de cáscara de huevo en polvo, semillas de amapola y bórax. Los labios y las mejillas enrojecidas usando colorantes naturales como la rubia, la cochinilla y el ocre, pero bermellón (sulfuro de mercurio) era la opción más popular para las damas de la corte. Las mujeres insertaban gotas de belladona en los ojos para hacerlos brillantes y esbozaban sus párpados con antimonio en polvo.



Las cejas fueron arrancadas para formar un arco alto y también se arrancaban el pelo para crear una frente alta. Las pelucas y postizos eran rizados y conformados en estilos elaborados y adornados con perlas y otras joyas. Las pelucas fueron hechas de cabello humano, y las chicas eran advertidas sobre cubrir su cabello al caminar por la ciudad en la noche.




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