jueves, 1 de diciembre de 2016

Cristianos nuevos

Durante la época de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los «cristianos nuevos» (de origen judío, aunque finalmente se unieron a ellos los de ascendencia musulmana) adquirieron gran importancia, pues en torno a ellos giraron algunas de las más controvertidas acciones políticas, como la expulsión de los judíos o la instauración de la Inquisición. Los judeoconversos suponían un problema que amenazaba con explotar de forma violenta. 


Los judeoconversos se convirtieron frecuentemente en objeto de violentos ataques, que ya habían padecido durante el reinado de Juan II. Esos violentos ataques se vieron propiciados por la propaganda desplegada por los nobles. En ese contexto, muchos cristianos viejos, siempre dispuestos a pensar lo peor de los nuevos, optaron por tomarse la justicia por su mano, atacando a los judeoconversos, sin preocuparse por distinguir entre los que eran cristianos sinceros y los que judaizaban en secreto, provocando matanzas, que habitualmente quedaban impunes.

Existía una gran desconfianza hacia los cristianos nuevos, de los que se prefería pensar lo peor. Además, la hostilidad contra los conversos no sólo tenía motivaciones religiosas, sino también de carácter socioeconómico, y muy posiblemente la importante presencia de judeoconversos en la corte de los Reyes Católicos, no hizo más que aumentar esa hostilidad.

Andrés Cabrera

Entre los servidores de los Reyes Católicos se contaban algunos destacados judeoconversos, como el secretario Fernando Álvarez de Toledo, o Andrés de Cabrera, lo que demuestra que los soberanos no sentían animosidad hacia los cristianos nuevos, que estaban dispuestos a confiar plenamente en ellos. Cuando el noble Nicolás de Popielovo realizó su conocido viaje por tierras de la Península Ibérica, se asombró de las estrechas relaciones que los Reyes Católicos mantenían con judíos y judeoconversos; en opinión del viajero, la soberana trataba a los hebreos de forma maternal, y similar era la relación que la ligaba a los cristianos nuevos. Fernando compartía esa actitud con su esposa, y, de esta forma, judíos y judeoconversos medraban en la corte de los Reyes Católicos, donde siempre eran bien acogidos.

Una hostilidad que se dirigía, igualmente, hacia otros miembros del grupo judeoconverso, que, aunque no tan encumbrados como los anteriores, gozaban también de una posición preeminente, como sucedía con aquéllos que se habían incorporado a la administración concejil. Esa penetración en la administración concejil les permitía participar activamente en la vida política local, algo que se veía facilitado por la frecuencia con que los judeoconversos se insertaron también en la vida eclesiástica local, a través de la obtención de prebendas y beneficios en las iglesias catedrales. 

Finalmente, tampoco se salvaba de la hostilidad de los cristianos viejos la gran masa judeoconversa, compuesta por artesanos o tenderos, con regulares o escasos medios económicos, y por tanto en principio no demasiado dignos de envidia. De modo que la buena armonía entre los Reyes Católicos y los judeoconversos no tardó demasiado en romperse. Aunque era evidente que los soberanos estaban dispuestos a proteger a los cristianos nuevos, también era cierto que no podían hacer oídos sordos al clamor que entre los cristianos viejos se levantaba contra ellos. 

Los inicios de la acción inquisitorial (1478-1492)


En noviembre de 1478, Sixto IV expidió la bula Exigit Sincerae Devotionis, por la que se procedía a la fundación de la Inquisición en España. Sin embargo, la aplicación de la bula estuvo paralizada hasta el 27 de septiembre de 1480, cuando los Reyes Católicos efectuaron el nombramiento de los primeros inquisidores, Miguel de Morillo y Juan de San Martín. El motivo por el que transcurrió más de un año entre la fecha de expedición de la bula pontificia que permitía el establecimiento de la Inquisición y el momento en que esta institución inició su andadura es una incógnita. En ese lapso se desarrolló una importante campaña evangelizadora, posiblemente con la intención de reencauzar la situación sin necesidad de llegar a la extrema medida que suponía el inicio de la actividad inquisitorial. Impulsada por Fray Hernando de Talavera, apoyada igualmente por la Corona, supuso la puesta en marcha de toda una serie de iniciativas, cuyo objetivo era consolidar en la fe a los conversos sinceros y apartar del criptojudaísmo a los insinceros. Pese al importante esfuerzo realizado, la campaña terminó en fracaso, conduciendo directamente al establecimiento del primer tribunal inquisitorial en Sevilla.

Fray Hernando de Talavera

Muchos conversos, cristianos sinceros, debieron de pensar que la Inquisición jamás les causaría ningún problema. Pero se equivocaban, porque los inquisidores tuvieron evidentes problemas a la hora de proceder a la identificación del criptojudaísmo. Muchos judeoconversos eran acusados falsamente como resultado de envidias o rencillas con cristianos viejos.

Monasterios como el de Guadalupe o el de La Sisla (en las proximidades de Toledo) parecían haberse convertido en nidos de judaizantes, que sólo pudieron ser aplastados gracias a la enérgica acción de la Inquisición, que llegó a quemar al prior de La Sisla, Fray García de Zapata. La presencia de criptojudíos entre los monjes Jerónimos suscitó un importante debate, que terminó con la imposición del primer estatuto de limpieza de sangre en una orden religiosa, si bien lo cierto es que transcurrieron varios años desde que se inició su gestación y hasta que fue aprobado por el pontífice Alejandro VI, e incluso después de su aprobación tuvo que enfrentarse a algunas contradicciones, pues eran muchos los que estaban contra él. Después vinieron otros estatutos de limpieza de sangre, siempre con el objetivo de excluir a los cristianos nuevos de determinados colectivos e instituciones, sobre la base de la peligrosidad religiosa que implicaba su presencia en los mismos, por la posibilidad de contagio herético que entrañaba, pues se consideraba que la sangre judía que corría por la venas de los conversos les impulsaba inevitablemente hacia el criptojudaísmo. 

La política de represión del criptojudaísmo no estaba reñida con el engrandecimiento de aquellos conversos que se contaban entre los colaboradores más próximos de los monarcas, que en algunos casos llegaron incluso a la alta nobleza, como Andrés de Cabrera, primer marqués de Moya.


Bibliografía
Rábade Obrado, María del PILAR. (2004). Cristianos Nuevos. Diciembre de 2016, de SOEEM Sitio web: http://www.medievalistas.es/

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