martes, 6 de diciembre de 2016

Los Reyes Magos



La historia que sabemos de los Reyes Magos procede del Evangelio de San Mateo. En el Evangelio se habla de unos magos de Oriente que llegaron a Belén guiados por una estrella. Antes de llegar, se detuvieron en la morada de Herodes, a quien preguntaron por el "Rey de los Judíos". El rey dijo a los magos que volvieran con él para darle la ubicación del niño para que así él pudiera ir a adorarle, cuando su verdadera intención era matarlo. Los Reyes Magos encontraron al recién nacido Jesús, a quien le obsequiaron oro, incienso y mirra. Los magos, advertidos en sueños de las intenciones de Herodes, no pasaron por Jerusalén y volvieron a su país.


Con respecto al número de magos, se ha por hecho que eran tres, debido a los tres regalos. Aunque distintas tradiciones señalan que pudieron ser hasta una docena. Los tres Reyes Magos son conocidos como Melchor, un anciano de barba blanca o rubia, Gaspar, como un joven de cabello oscuro, y Baltasar, quien era de raza negra. Melchor obsequió oro, el cual hace alusión al linaje real de Jesús. Gaspar regala incienso, el cual representa su naturaleza divina. Y Baltasar la mirra utilizada en los entierros, que representa su futuro sufrimiento.

Según algunos estudiosos, los Reyes Magos eran originarios de Hamadán, ciudad al sur del mar Caspio, pues ésta tenía fama de ser un importante centro de formación para sacerdotes y astrólogos. Según Cardini, eran adivinos y astrólogos de origen caldeo, del área sirio-mesopotámica, y para Judea, Caldea estaba sin duda al este. Pero la palabra magusáioi, era un término utilizado para designar a los charlatanes que practicaban la ciencia de los Magû, tribu meda seguidora de Zaratustra.

En el siglo III d.C. se les atribuyo la realiza, para opacar su condición de magos, ya que la magia estaba prohibida por la Biblia. En un evangelio apócrifo, se dice: Los reyes magos eran tres: Melkón, el primero, que reinaba sobre los persas; después Gaspar, que reinaba sobre los indios; y el tercero, Baltasar, que tenía en posesión el país de los árabes. En el mosaico bizantino de San Apolinar se representa a los magos con vestimenta persa. El monje Beda el Venerable hacía hincapie en las edades de los Reyes Magos, juventud, madurez y vejez, lo cual se interpretaba en que cualquier etapa de la vida era buena para adorar a Dios. 

Mosaico de Rávena

Sus razas son otro punto importante. En el mosaico de Rávena los tres aparecen blancos, pero en el siglo XV aparece el rey negro. Cada rey representa las tres razas conocidas a finales de la Edad Media: Europa simbolizada en Melchor, Asia en Gaspar y África en Baltasar. Se transmitía que Cristo no distinguía entre razas o edades. 

Reliquias de los Reyes Magos

La escena de la Adoración de los Magos fue una de las más representadas por el arte. En el año 300, la madre del emperador Constantino localizó en Saba los restos de los Reyes Magos y los trasladó a Constantinopla. Después fueron enviadas a Milán. Federico Barbarroja saqueó Milán, llevándose las reliquias a Colonia en 1164, donde se erigió una catedral donde serían depositadas. Una leyenda cuenta que los tres magos fueron martirizados en el año 70 después de convertirse al cristianismo.


La Iglesia fijó su celebración en 6 de enero, denominada Epifanía, que significa manifestación de Dios. Se considera en muchos países el último día de las festividades navideñas. La actual tradición es que los niños reciban regalos por parte de los Reyes Magos. En México, por ejemplo, se acostumbra comer Rosca de Reyes acompañada con chocolate caliente, café o atole. Se introduce en el pan un muñequito de plástico que hace alusión al Niño Dios. La tradición dicta que la persona que lo encuentre debera preparar tamales a los presentes en el día de la Candelaria.


Bibliografía                                                                             Rodríguez, E.. (2016). Navidad a través del tiempo. Diciembre de 2016, de Academia Sitio web: http://www.academia.edu/

Navidad en la Edad Media

Durante la Edad Media, las tradiciones cristianas adquirieron mayor sentido espiritual. Las fiestas navideñas fueron enriquecidas por una gran cantidad de manifestaciones sociales, artísticas y gastronómicas. Entre los siglos IV y VI se estableció el período de Adviento (en latín, adventus, venida), una fase de preparación espiritual para el nacimiento de Jesús, en la que se practicaban oraciones y penitencias. La duración variaba, entre tres y seis semanas. 


Transcurrido el período de Adviento, llegaban las primeras fiestas de la época navideña: Nochebuena y Navidad. Tras el banquete del 24, se acudía a la Iglesia a medianoche para celebrar la Misa del Gallo, la cual se popularizó en toda Europa hasta el siglo VIII d.C. Su nombre se debe a una leyenda acerca de un ave que pasaba la noche en la gruta de la Natividad, siendo la primera en contemplar el nacimiento de Jesús y anunciarlo. El ave anunciaba con su canto el nacimiento del Mesías. En la misa, su canto solía ser imitado por un niño del coro o se traía un ave. 

La Nochebuena no sólo era oración y solemnidad, sino también alegría entre el pueblo, entonando cantos y tocando instrumentos. La festividad alcanzó tal aceptación que incluso se extendió a otras religiones, como la musulmana. Carlomagno escogió el día de Navidad para su coronación, una decisión imitada por otros gobernantes. Guillermo el Conquistador es otro notable ejemplo. Elegían tal día por su simbolismo religioso, pues siendo una época en la que se consideraba que el derecho a gobernar provenía de un mandato divino, era relevante que la coronación fuera en Navidad. 

Coronación de Carlomagno


El belén 
El origen del belén se encuentra en Italia. Cuentan los evangelios que al nacer, Jesús fue recostado en un pesebre. En el siglo VII, el papa Teodoro recibió los restos del pesebre del Niño Jesús, el cual fue colocado en la Basílica de Santa María la Mayor. Desde ese momento, el pesebre se convirtió en un elemento esencial de las festividades navideñas. 


Ya en el siglo X se representaban episodios bíblicos del Nacimiento de Jesús, pero con el tiempo fueron adquiriendo complejidad. En el siglo XII, nació en Toledo el Auto de los Reyes Magos, una obra que incluye tres monólogos de los Reyes Magos en los que se habla de la aparición de la estrella. La obra concluye con la adoración de los Reyes en el portal de Belén. 

Tales representaciones se montaban en diferentes parroquias, con una alegría que en ocasiones daba lugar a abusos, pues algunas solían terminar en mofas. El papa Inocencio III prohibió en 1207 las escenificaciones dentro de los recintos sagrados. A partir de ese momento, los actores fueron sustituidos por figuras que representaran las escenas. Según la tradición, fue Francisco de Asís quien realizó el primer belén en una cueva cercana a Greccio. 

Fue así como, en el siglo XIII, cuando se inició la elaboración de figuras de terracota o cera para los belenes tanto en casas como templos, la tradición se extendió por Europa. Hasta la Baja Edad Media persistió la variante de origen bizantino de la Virgen acompañada por dos comadronas. Después, en el siglo XIV, la Virgen aparece sin comadronas, pues se impone la idea del parto sin dolor. El belén se convirtió en un elemento de predicación, en cuya difusión tomaron parte los Franciscanos y Clarisas. Los belenes debieron nacer en el siglo XV, al menos de la forma en que los conocemos en la actualidad.



Fuentes:
Rodríguez, E.. (2016). Navidad a través del tiempo. Diciembre de 2016, de Academia Sitio web: http://www.academia.edu/

http://www.agenciaelvigia.com.ar/
https://www.aciprensa.com

Origen y fecha de la Navidad


Las fiestas de Navidad son las más populares del calendario cristiano, sin embargo, sus raíces corresponden a tradiciones milenarias. Han sufrido modificaciones al paso del tiempo y, aunque celebran el nacimiento de Jesús de Nazareth, algunos de sus elementos corresponden a tradiciones paganas. 

La palabra "Navidad" proviene de la palabra "Natividad" (nativitas en latín), que significa natalicio. Se celebra el nacimiento de Cristo en 25 de diciembre, a pesar de que en la Biblia no se especifica la fecha exacta de su nacimiento. La fiesta de la Navidad fue reconocida hasta unos 300 años después de la muerte de Jesús, cuando Constantino I permitió que el cristianismo fuera practicado en el Imperio Romano. Con ese traslado de la fiesta cristiana de la Navidad al 25 de diciembre, fecha del "renacimiento" del Sol Invictus, se quería revelar a Cristo como el verdadero Sol Invictus. 

Constantino

En el siglo IV, el llamado Edicto de Milán en el año 313 brindó al cristianismo un estatus de legitimidad junto con el paganismo. Gran parte de los romanos fueron abandonando el politeísmo para adherirse a la nueva religión.
Es en el siglo IV cuando estas festividades adquieren su forma definitiva. Hay un debate entre los historiadores acerca de la fecha fijada. La Navidad se celebra el 25 de diciembre. Algún autor ha argumentado que se ha llegado a la fecha del nacimiento de Jesús partiendo de su muerte. Según una antigua creencia, Jesús habría muerto el 25 de marzo, día elegido por su coincidencia con el equinoccio de primavera, es decir, el mismo día en que, siguiendo una idea muy extendida habría creado el mundo. La encarnación tuvo que realizarse el 25 de marzo y Jesús habría nacido nueve meses más después, el 25 de diciembre. Otros autores llegan a conclusiones diferentes y establecen una relación entre la encarnación y la creación del mundo y en lugar del 25 de marzo proponen el 28 de marzo, es decir, el día cuarto, cuando fue creado el sol. Se propusieron también fechas como el 20 de mayo.

Otra hipótesis tiene que ver con la influencia de las solemnidades paganas en la fijación de la fecha. En los siglos III y IV, la Iglesia se encontraba en competencia con el paganismo, por lo que era de su interés que la doctrina penetrara en la vida y erradicara los cultos antiguos. Según la hipótesis, la elección del 25 de diciembre se realizó en base al solsticio de invierno, hecho celebrado por las religiones antiguas.

Una festividad pagana son las Saturnales, fiestas romanas hechas en honor a Saturno. El período de celebración era del 17 al 23 de diciembre. Los amigos intercambiaban regalos, los esclavos eran servidos por sus amos, se comía y bebía sin mesura. Durante estas fechas, los trabajos en el campo finalizaban y los campesinos recibían su merecido descanso, además, se encomendaba a los dioses por la cosecha y el buen curso de los procesos naturales.

En 274 Aureliano reforzó la posición del Sol instituyendo el culto de Deus Sol Invictus. Para Constantino I el Sol Invicto era su divinidad suprema. En el arte se le representa con la cabeza radiada, siendo identificado con el sol. 

El papa Julio I pidió en 350 que el nacimiento de Jesús fuera celebrado el 25 de diciembre, siendo decretado por el papa Liberio en 354. En el edicto de Tesalónica, en el año 380, Teodosio decreta que el cristianismo será la religión oficial del Imperio.


Existen dudas en cuanto al año. Dionisio el Exiguo señaló el 753, fecha de la fundación de Roma, como el año de nacimiento de Jesús, tomando ese año como el primero de la era cristiana. Los estudios posteriores señalan que el monje Dionisio se equivocó entre 4 y 7 años. Jesús nacería durante el reinado de Herodes el Grande, quien murió en el año 750 de Roma.  Según san Lucas, Jesús contaba con unos treinta años cuando fue bautizado por Juan el Bautista, quien comenzó su ministerio en el año 15 del reinado de Tiberio. Siendo así, el año del nacimiento sería el 4 a.C.



Bibliografía:
Rodríguez, E.. (2016). Navidad a través del tiempo. Diciembre de 2016, de Academia Sitio web: http://www.academia.edu/

viernes, 2 de diciembre de 2016

Enrique VII de Inglaterra, padre de la dinastía Tudor (Parte 2)

Exilio
El cambio de fortuna de Enrique Tudor fue efímero. Después de doce meses de regreso al trono, el rey Enrique VI había sido puesto en prisión. El 4 de mayo de 1471, el bando York obtuvo una victoria decisiva en la batalla de Tewkesbury, y en el curso de la lucha el único hijo y el heredero de Enrique VI fue asesinado. Menos de tres semanas después, el rey Enrique murió en la Torre de Londres (hubo sospechas de asesinato) y el líder York, Eduardo IV, regresó al trono. Jasper Tudor no perdió tiempo en transportar a su sobrino a la seguridad a través del Canal de la Mancha. Afortunadamente, para Enrique, Jasper había un encontrado un protector poderoso para su sobrino: el duque Francisco II de Bretaña.

Enrique Tudor

Enrique Tudor permaneció en el exilio durante catorce años. Durante ese largo período en la corte bretona, debe haber mirado a menudo ansiosamente a través del Canal de la Mancha. Pero Inglaterra bajo Eduardo IV era un lugar muy peligroso para un heredero Lancaster. Después de su regreso al trono en 1471, el rey Eduardo había establecido una fuerte base poder, y con el nacimiento de sus dos hijos varones, la sucesión York parecía asegurada. Cuando Enrique alcanzó los 26 años, debió haberse resignado a una vida de semicautiverio. Entonces todo cambió en unos meses.


Los príncipes de la Torre

En la primavera de 1483, el rey Eduardo IV atrapó un resfriado. Unas semanas más tarde murió, a la edad de 40 años. Al momento de su muerte, su hijo mayor, también llamado Eduardo, tenía sólo 12 años, por lo que el tío de Eduardo, Ricardo de Gloucester, fue proclamado Lord Protector del Reino. El papel de Ricardo era gobernar en nombre del niño rey, Eduardo V, hasta que él fuera lo bastante maduro para asumir el poder en su propio derecho. Pero pocos meses después, Eduardo y su hermano menor Ricardo habían sido encarcelados en la Torre de Londres, para nunca más ser vistos de nuevo. El caso de los dos príncipes de la Torre es uno de los más notorios incidentes de la historia inglesa. En un intento de consolidar su poder, Ricardo se encargó de que se declarase nulo el matrimonio de Eduardo IV y Elizabeth Woodville, con ello, sus hijos eran declarados ilegítimos. Después, él mismo se coronó como rey Ricardo III.


Ricardo III

El reinado de Ricardo III fue uno de los más controvertidos en la historia inglesa. Para los escritores del siglo XVI, como Thomas Moro, William Shakespeare y Richard Crookback, era un villano deforme, perpetrador de hechos sucios y secretos. Historiadores posteriores intentaron rehabilitar su reputación, destacando su popularidad entre la gente del norte de Inglaterra. Pero cualesquiera que fueran las cualidades de Ricardo como gobernante, él tuvo poca oportunidad de mostrarlas. Durante su corto reinado, se enfrentó a la determinada oposición de las más poderosas familias del reino.


Margaret Beaufort

Elizabeth Woodville

Entre los enemigos de Ricardo estaba Elizabeth Woodville, la viuda de Eduardo IV y madre de los príncipes desaparecidos en la Torre. La formidable matriarca fue descrita en su tiempo como la mujer más hermosa de Inglaterra y también se creía que era bruja. Ella se dedicó a vengarse de Ricardo y devolver el poder a su familia. Estaba decidida a lograr sus fines formando una alianza con los Tudor, especialmente con Margaret Beaufort. 

La lucha por el trono
A finales del verano de 1483, Elizabeth y Margaret habían trazado un plan para colocar a sus hijos en el poder. Elizabeth y sus aliados prestarían su apoyo a Enrique Tudor en su intento de obtener la corona inglesa si Enrique prometía casarse con la princesa Elizabeth, hija de Elizabeth Woodville y Eduardo IV. El plan tenía muchas ventajas. Uniendo a los rivales York y Lancaster, Enrique obtendría el máximo apoyo para su campaña y con el matrimonio sería más sólido su derecho al trono. 

El primer intento de invasión tuvo lugar en octubre de 1483. Sus partidarios estaban preparados para un ataque múltiple, con la flota de Enrique desembarcando en la costa de Gales, justo cuando varios levantamientos se pusieron en marcha en varias ciudades inglesas. Sin embargo, sus planes fueron frustrados debido a la escasa comunicación y al terrible clima. El rey Ricardo actuó rápidamente para castigar a los rebeldes y varios de ellos tuvieron que huir para unirse a Enrique en Bretaña. Enrique Tudor llevo a cabo una solemne ceremonia. El día de Navidad de 1483, en la catedral de Rennes, el joven pretendiente al trono se proclamo a sí mismo como rey Enrique VII, aceptando los juramentos de lealtad y prometiendo que se casaría con la princesa Elizabeth tan pronto como consiguiera la corona. Fue el primer acto real de Enrique y un paso importante hacia la unión de las familias rivales que habían luchado por la corona durante treinta años.

Antes de que Enrique pudiera lograr su objetivo, tuvo que lidiar con otra amenaza a su vida. En el verano de 1484, el protector de Enrique, el anciano duque Francisco de Bretaña, cayó gravemente enfermo, dejando su reino en el cuidado de consejeros. Tomando ventaja de la situación, Ricardo III presionó a los consejeros bretones para que le entregaran a Enrique Tudor. La petición fue aprobada, pero, afortunadamente, el obispo Morton de Ely logró transmitirle un mensaje de advertencia. Enrique escapó al noreste de Francia, montando a caballo disfrazado de paje.

Una vez que estuvo a salvo, en París, Enrique reunió a sus leales partidarios, entre ellos John de Vere, conde de Oxford, un comandante experimentado, y varios hombres que más tarde le servirían como ministros. El rey Carlos VIII de Francia, temeroso de las ambiciones de Ricardo, también le ofreció apoyo con un préstamo de 60.000 francos y 1800 mercenarios. Éstos fueron descritos como los hombres revoltosos, pero Enrique agradeció la ayuda. El 1 de agosto de 1485 una pequeña flota de sólo seis naves salió del puerto de Harfleur en el norte de Francia y navegó hacia el Canal de la Mancha rumbo a la costa de Gales.

El viaje de Francia a Gales tomó una semana. Su ejército estaba conformado con alrededor de  500 partidarios ingleses, así como los mercenarios franceses, componiendo un total de poco más de 2.000 hombres. Para añadir a este pequeño ejército, Enrique esperaba obtener el apoyo de los lores galeses, y su principal esperanza estaba con su padrastro, lord Thomas Stanley y su poderoso hermano, William Stanley.


Thomas Stanley


Para añadir a este pequeño ejército, Enrique esperaba obtener el apoyo del señor galés, y su principal esperanza estaba con su padrastro, Lord Thomas Stanley y el poderoso hermano de Thomas, William Stanley. Sin embargo, Enrique era muy consciente de que no se podía confiar en ninguno de estos aliados. Mientras tanto, el rey Ricardo había reunido una fuerza bien disciplinada y estaba esperando a Enrique en Nottingham.


Escena de The White Queen

Justo antes de la puesta del sol el 7 de agosto de 1485, la flota de Tudor llegó a Milford Haven. Tudor saludó la tierra de su nacimiento, arrodillándose humildemente para cantar el salmo: "Judica me, Deus, et discerne causam meam" ("Juzgame, oh Dios, y defiende mi causa") antes de reunir a sus tropas. Su ejército primero marchó hacia el norte a lo largo de la costa de Cardiganshire antes de dar vuelta al interior para cruzar las montañas Cambrian y para seguir el río Severn en Inglaterra. En Tamworth, en Leicestershire, Enrique celebró una reunión secreta con Thomas y William Stanley, pero ninguno de los hermanos se comprometió con su causa. El rey Ricardo había tomado como rehén al hijo de Lord Thomas, como garantía de la lealtad de su padre.

Durante el curso del 21 de agosto, los ejércitos enemigos avanzaron. Sir William Stanley permaneció en una posición de observador neutral, estableciendo su campamento en una colina cercana con una visión clara de ambas fuerzas. No muy lejos, su hermano lord Thomas Stanley también estaba esperando con sus tropas para ver cómo se desarrollaba la lucha. 
En el peligroso juego de la guerra, Thomas Stanley estaba jugando por apuestas muy altas. Si él hacia un movimiento contra el rey Ricardo, la vida de su propio hijo correría en peligro, pero también era acusado por su poderosa esposa de la tarea de defender a su hijastro Enrique. Mientras los hermanos miraban y esperaban para hacer su movimiento, todo estaba preparado para la batalla al día siguiente. 

Batalla de Bosworth Field
Los dos hombres que se preparaban para conducir sus tropas a la batalla eran personajes muy diferentes. A la edad de 32 años, Ricardo era un experimentado general y líder de los hombres. Cuando él tenía sólo 18 años, había desempeñado un papel crucial en las batallas que habían restaurado a su hermano Eduardo en el trono y durante el reinado de Eduardo había demostrado su lealtad y habilidad como comandante militar. En recompensa a su lealtad, fue nombrado gobernador en el norte, convirtiéndose en el noble más poderoso de Inglaterra. Como administrador, había demostrado ser eficiente y justo, y en la ciudad de York era querido. Contrario a los populares mitos que surgieron después, el rey Ricardo sin duda no tenía las deformidades físicas, él era ciertamente experimentado y valiente en batalla. En conclusión, él era un oponente formidable para Enrique.

Las pretensiones de Enrique de liderazgo en batalla eran mucho menos fundadas que las de Ricardo. Durante los años en Francia él había sido entrenado en el arte de la guerra, pero sus habilidades nunca habían sido probadas en batalla. Habiendo pasado toda su edad adulta como exiliado en una corte extranjera, Enrique sólo podía confiar en el apoyo de un pequeño puñado de nobles ingleses, mientras que incluso su reclamo al trono no era del todo convincente.

En número de tropas el rey Ricardo llevaba ventaja: se ha estimado que al inicio de la batalla, Ricardo comandaba alrededor de 8.000 hombres mientras que Enrique tenía 5.000. Todas las esperanzas de Enrique estaban puestas sobre los hombros de dos ambiciosos hermanos que esperaban y observaban en una colina cercana.

A las 6 de la mañana del 22 de agosto, el ejército de Tudor estaba en movimiento, marchando lentamente hacia la colina donde las fuerzas de Ricardo acampaban. El rey esperaba que los hermanos Stanley le ofrecieran su apoyo, pero cuando le indicó que avanzaran, William no respondió, mientras que Thomas se negó rotundamente, dirigiéndose en cambio en dirección de Enrique. Cuando el conde de Northumberland también falló en tomar acción, Ricardo decidió dirigir el cargo él mismo. Cabalgando directo hacia Enrique, Ricardo luchó desafiante, matando al portaestandarte de Tudor y a otro guardia antes de lanzar un ataque contra el propio Enrique.


Lord Stanley dando la corona de Ricardo a Enrique Tudor

Fue un momento crucial en la batalla, cuando la muerte de cualquiera de los dos líderes hubiera decidido el destino del país, pero el destino intervino en la forma de los hombres de lord Thomas Stanley, quienes rodearon al rey y lo forzaron a retirarse. Ricardo murió poco después en el calor de la batalla. Con la muerte de Richardo III, sir William finalmente se unió a la batalla en el bando de Enrique. Conduciendo los restos del ejército de Ricardo hacia el sur. 



Cerca de un montículo de tierra que más tarde se llamaría Crown Hill, los hombres de Enrique aclamaron a su nuevo rey y, según la leyenda, Thomas Stanley colocó la corona de Ricardo en la cabeza de Enrique Tudor. El cuerpo de Ricardo fue simbólicamente humillado, dejado desnudo y llevado lejos tirado a través de la parte trasera de un caballo. Enrique se dirigió a Londres para ser coronado como rey de Inglaterra, primero de la casa Tudor. 


Fuente:
Bingham, Jane: The Tudors, Metro Books, New York.

jueves, 1 de diciembre de 2016

La expulsión de los judíos (1492)



La actividad inquisitorial del Santo Oficio pretendía verificar las acusaciones hechas contra cristianos nuevos, avivándose así, la polémica en torno  a los judeoconversos. La expulsión venía a ser considerada como una medida necesaria para sofocar el criptojudaísmo. Hubo hechos que propiciaron un clima antijudío, dando impulso al posterior edicto de expulsión, como el caso del Santo Niño de la Guardia.

Decreto
Tres grandes religiones convivían en la península iberica: el cristianismo, el judaísmo y el islam. La tolerancia religiosa para los musulmanes no duraría mucho, pero acabó para los judíos el 31 de marzo de 1492, cuando los Reyes Católicos firmaron el edicto de expulsión de los judíos, pudiendo permanecer en el reino con la condición de que renunciaran a su fe. Hasta hace algunos años, los judíos podían regirse por sus propias leyes y conservar sus prácticas religiosas, pero viviendo en barrios separados y portando insignias que los identificaran como tal.

Se ha comentado que el fin de la expulsión consistía en apropiarse de los bienes de los judíos, algo que no tiene sentido, pues a la Corona le convenía más (en el aspecto económico) que los judíos se quedaran en Castilla generando ingresos, a quedarse solamente con los despojos que dejaron tras la expulsión. Los judíos no fueron desterrados antes debido a que, durante la guerra de Granada, aportaron considerables apoyos económicos.


El decreto prohibía que los judíos sacaran oro, plata, moneda acuñada, armas y caballos. Debido a ello, se indicaba que los judíos podían transformar todas sus fortunas en letras de cambio, con ganancia para los banqueros internacionales. Se les dio un plazo de cuatro meses para liquidar sus bienes y abandonar el reino. La única forma de salvarse del exilio era la conversión, pero muchos judíos eran conscientes de que como conversos no estarían a salvo, pues quedarían bajo la jurisdicción de la Inquisición. Personas como Abraham Seneor y su yerno Mayr Malamed, se bautizaron siendo apadrinados por los propios reyes.

Hubo cristianos que se aprovecharon maliciosamente de la liquidación de inmuebles de los judíos. Pero también hubo casos como el del municipio de Vitoria, que recibió el cementerio judío y se comprometió a preservarlo.

Salida
En versión de Azcona, que distorsiona los números a la baja, existían en el momento de la expulsión 216 aljamas, en las que residían entre 14.400 familias como mínimo y 15.300 como máximo, y llega a establecer la población judía en Castilla y León, en suma aproximada de 100.000 habitantes. 

García Cárcel y Moreno Martín, nos proporcionan un resumen de las valoraciones dadas por los propios expulsos, y cronistas: Abraham Zacuto: 200.000 judíos; Ibn Verga, 300.000; Abravanel: 300.000; Aboab: 400.000 y Cardoso: 400.000, pero que otros incluso han llegado a cifras inverosímiles, como los que apuntan 800.000 expulsados. Esta última cifra es aún inferior a la que exageradamente consigna Martín Carramolino en su Historia de Ávila, que hace figurar la desorbitada cifra de “854 957 personas”.  Son más sensatas, aunque no reales, las cifras dadas por Joseph Pérez. Estima que en 1492, debían de existir en España en torno a los 200.000 judíos, de los que asigna a Castilla, 150.000 y 50.000 en la Corona de Aragón, lo que representaba respectivamente, el 4% de la población.  Las últimas cifras que proporciona Luis Suárez ha estimado que de ningún modo sobrepasaron los judíos afectados por el decreto, las 100.000 almas.

En cuanto a la salida de los judíos, los reyes si se preocuparon por conseguir que se llevase a cabo de manera tranquila. La mayoría de los judíos de Castilla se refugiaron en Portugal y otros en Marruecos, mientras que los judíos de Aragón lo hicieron en Navarra, en el África, Italia y en el Imperio Otomano. 

Hubo judíos que no retornaron nunca al reino, en cambio otros volvieron para recibir el sacramento y así poder permanecer en la tierra de sus ancestros. Esta medida no hizo más que empeorar el problema de los conversos, pues con la expulsión aumentó el número de judeoconversos que no deseaban abandonar sus bienes, cristianos nuevos que no se libraron de las sospechas de los cristianos viejos. Muchos de ellos fueron sometidos a abusos y vejaciones. Los expolios cometidos contra los exiliados obligaron a los reyes a implementar medidas de seguridad para las caravanas de judíos, otorgándoles escoltas durante la partida. Son conocidos los casos dados a su paso por la villa de Fresno de los Ajos, lugar de descanso de algunas caravanas de hebreos en marcha hacia Portugal, a los que exigían doce maravedíes por familia y medio real por persona particular, y cuatro reales y medio por persona.

El mismo año de promulgarse el decreto, ya en 10 de noviembre y desde Barcelona, los reyes emiten una carta de amparo a favor de los judíos, que desde Portugal deseasen retornar a los reinos “seyendo primeramente tornados cristianos”, y recibiendo “agua de Spíritu Santo”, en Badajoz, Ciudad Rodrigo o Zamora, según por donde entraren a Castilla. Se determina que, a su bautismo, acuda al obispo o provisor, y el corregidor o alcalde de dichas ciudades, debiendo aportar estos judíos testimonios de haber sido bautizados en dichas localidades o en Portugal. También se acuerda les sean devueltos los bienes que habían vendido al tiempo de su marcha, tornando a los compradores las cuantías que recibieron por tales bienes y los mejoramientos en ellos realizados.

Causas
Como ya se ha mencionado anteriormente, Fernando e Isabel no eran antisemitas. Eran muchos los judíos que ostentaban cargos importantes en la corte. La propia reina recurrió a un médico judío en lo que respecta a sus embarazos. Por eso no es aventurado afirmar que la expulsión no estaba motivada por el racismo. De haber sido el racismo la causa de la expulsión, se habrían tomado acciones en contra de los judeoconversos y musulmanes. 

a) Motivos religiosos: El deseo de los reyes de conseguir la unificación religiosa en sus reinos. Se sabe que la Iglesia celebró al conocer la noticia de la expulsión. La explicación más razonable parece ser la intención de cortar las relaciones entre los cristianos nuevos y los judíos. 

b) Motivos económicos: No se puede negar que los judíos y conversos sobresalían en las finanzas. Abarcaban todo tipo de empresas y negocios. Eran también, prestamistas regios, no solamente a los reyes para sus necesidades privadas, sino para cuestiones del Tesoro Público y de financiación de campañas militares. Pero, como ya se ha mencionado, la expulsión no se produjo por motivos económicos o por codicia de los soberanos. Al contrario, la economía se vio perjudicada. Con la expulsión se redujo la extensa nómina de contribuyentes.

c) Presión popular: Entre las causas se ha considerado la aversión de la población por la comunidad judía. Caro Baraja alude a la existencia de cuatro clases de argumentos o motivaciones antijudías que despertaban hacia los hebreos el odio de los cristianos, a fines de la Edad Media y principios de la Edad Moderna, como eran los de carácter religioso (deicidio), económico (usura), psicológico (inteligencia práctica y soberbia). No puede descartarse la existencia de una presión popular. Anotamos, para dar respuesta, lo que al respecto comenta Caro Baroja: “La iglesia, de una manera u otra, recordaba de continuo el estigma del Deicidio. Lo demás venía como secuela o consecuencia moral”. Y pone un ilustrativo ejemplo: A comienzos del siglo XIV, los judíos de Segovia “pagaban como tributo a sus señores treinta dineros en oro por cabeza, cantidad simbólica que venia a rememorar los treinta dineros que dieron a Judas por Jesucristo”.

d) Usura y envidia: Fueron, en gran parte, la carga emocional en que se alimentó el rencor del cristiano hacia el judío. Las envidias sociales hacia aquellas florecientes comunidades hebreas.  




Bibliografía
Rábade Obrado, María del PILAR. (2004). Cristianos Nuevos. Diciembre de 2016, de SOEEM Sitio web: http://www.medievalistas.es/ 

Belmonte, J. Leseduarte, P.. (2007). La expulsión de los judíos. Bilbao: Ediciones Beta.



Cristianos nuevos

Durante la época de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los «cristianos nuevos» (de origen judío, aunque finalmente se unieron a ellos los de ascendencia musulmana) adquirieron gran importancia, pues en torno a ellos giraron algunas de las más controvertidas acciones políticas, como la expulsión de los judíos o la instauración de la Inquisición. Los judeoconversos suponían un problema que amenazaba con explotar de forma violenta. 


Los judeoconversos se convirtieron frecuentemente en objeto de violentos ataques, que ya habían padecido durante el reinado de Juan II. Esos violentos ataques se vieron propiciados por la propaganda desplegada por los nobles. En ese contexto, muchos cristianos viejos, siempre dispuestos a pensar lo peor de los nuevos, optaron por tomarse la justicia por su mano, atacando a los judeoconversos, sin preocuparse por distinguir entre los que eran cristianos sinceros y los que judaizaban en secreto, provocando matanzas, que habitualmente quedaban impunes.

Existía una gran desconfianza hacia los cristianos nuevos, de los que se prefería pensar lo peor. Además, la hostilidad contra los conversos no sólo tenía motivaciones religiosas, sino también de carácter socioeconómico, y muy posiblemente la importante presencia de judeoconversos en la corte de los Reyes Católicos, no hizo más que aumentar esa hostilidad.

Andrés Cabrera

Entre los servidores de los Reyes Católicos se contaban algunos destacados judeoconversos, como el secretario Fernando Álvarez de Toledo, o Andrés de Cabrera, lo que demuestra que los soberanos no sentían animosidad hacia los cristianos nuevos, que estaban dispuestos a confiar plenamente en ellos. Cuando el noble Nicolás de Popielovo realizó su conocido viaje por tierras de la Península Ibérica, se asombró de las estrechas relaciones que los Reyes Católicos mantenían con judíos y judeoconversos; en opinión del viajero, la soberana trataba a los hebreos de forma maternal, y similar era la relación que la ligaba a los cristianos nuevos. Fernando compartía esa actitud con su esposa, y, de esta forma, judíos y judeoconversos medraban en la corte de los Reyes Católicos, donde siempre eran bien acogidos.

Una hostilidad que se dirigía, igualmente, hacia otros miembros del grupo judeoconverso, que, aunque no tan encumbrados como los anteriores, gozaban también de una posición preeminente, como sucedía con aquéllos que se habían incorporado a la administración concejil. Esa penetración en la administración concejil les permitía participar activamente en la vida política local, algo que se veía facilitado por la frecuencia con que los judeoconversos se insertaron también en la vida eclesiástica local, a través de la obtención de prebendas y beneficios en las iglesias catedrales. 

Finalmente, tampoco se salvaba de la hostilidad de los cristianos viejos la gran masa judeoconversa, compuesta por artesanos o tenderos, con regulares o escasos medios económicos, y por tanto en principio no demasiado dignos de envidia. De modo que la buena armonía entre los Reyes Católicos y los judeoconversos no tardó demasiado en romperse. Aunque era evidente que los soberanos estaban dispuestos a proteger a los cristianos nuevos, también era cierto que no podían hacer oídos sordos al clamor que entre los cristianos viejos se levantaba contra ellos. 

Los inicios de la acción inquisitorial (1478-1492)


En noviembre de 1478, Sixto IV expidió la bula Exigit Sincerae Devotionis, por la que se procedía a la fundación de la Inquisición en España. Sin embargo, la aplicación de la bula estuvo paralizada hasta el 27 de septiembre de 1480, cuando los Reyes Católicos efectuaron el nombramiento de los primeros inquisidores, Miguel de Morillo y Juan de San Martín. El motivo por el que transcurrió más de un año entre la fecha de expedición de la bula pontificia que permitía el establecimiento de la Inquisición y el momento en que esta institución inició su andadura es una incógnita. En ese lapso se desarrolló una importante campaña evangelizadora, posiblemente con la intención de reencauzar la situación sin necesidad de llegar a la extrema medida que suponía el inicio de la actividad inquisitorial. Impulsada por Fray Hernando de Talavera, apoyada igualmente por la Corona, supuso la puesta en marcha de toda una serie de iniciativas, cuyo objetivo era consolidar en la fe a los conversos sinceros y apartar del criptojudaísmo a los insinceros. Pese al importante esfuerzo realizado, la campaña terminó en fracaso, conduciendo directamente al establecimiento del primer tribunal inquisitorial en Sevilla.

Fray Hernando de Talavera

Muchos conversos, cristianos sinceros, debieron de pensar que la Inquisición jamás les causaría ningún problema. Pero se equivocaban, porque los inquisidores tuvieron evidentes problemas a la hora de proceder a la identificación del criptojudaísmo. Muchos judeoconversos eran acusados falsamente como resultado de envidias o rencillas con cristianos viejos.

Monasterios como el de Guadalupe o el de La Sisla (en las proximidades de Toledo) parecían haberse convertido en nidos de judaizantes, que sólo pudieron ser aplastados gracias a la enérgica acción de la Inquisición, que llegó a quemar al prior de La Sisla, Fray García de Zapata. La presencia de criptojudíos entre los monjes Jerónimos suscitó un importante debate, que terminó con la imposición del primer estatuto de limpieza de sangre en una orden religiosa, si bien lo cierto es que transcurrieron varios años desde que se inició su gestación y hasta que fue aprobado por el pontífice Alejandro VI, e incluso después de su aprobación tuvo que enfrentarse a algunas contradicciones, pues eran muchos los que estaban contra él. Después vinieron otros estatutos de limpieza de sangre, siempre con el objetivo de excluir a los cristianos nuevos de determinados colectivos e instituciones, sobre la base de la peligrosidad religiosa que implicaba su presencia en los mismos, por la posibilidad de contagio herético que entrañaba, pues se consideraba que la sangre judía que corría por la venas de los conversos les impulsaba inevitablemente hacia el criptojudaísmo. 

La política de represión del criptojudaísmo no estaba reñida con el engrandecimiento de aquellos conversos que se contaban entre los colaboradores más próximos de los monarcas, que en algunos casos llegaron incluso a la alta nobleza, como Andrés de Cabrera, primer marqués de Moya.


Bibliografía
Rábade Obrado, María del PILAR. (2004). Cristianos Nuevos. Diciembre de 2016, de SOEEM Sitio web: http://www.medievalistas.es/

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